Sobre una mañana de domingo (o algo sobre música)
"Es este un libro de buena fe, lector. De entrada te advierto que con él no me he propuesto otro fin que el doméstico y privado. En él no he tenido en cuenta ni el servicio a ti, ni mi gloria. No son capaces mis fuerzas de tales designios [...]. Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro: no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues." (Michel de Montaigne)
Prácticamente me habían abandonado las ganas de volver a escribir en este blog cuando de pronto me da por pensar en cosas sencillitas, como la amistad. La amistad, sí, esa cosa que suelo cultivar cada vez que puedo, por ejemplo, en los bares. Y es sabido, ay, que en ese juego de azares de los afectos cuesta lo suyo mantener un día sí y otro también las simpatías de aquellos a los que uno quiere, y muy poco prender la mecha. Para eso último casi que ya tengo este blog. Pues bien: mecha al canto. Pese al entusiasmo más o menos general que detecto a mi alrededor, el jarro de agua fría que me supuso ver 300 tardaré mucho en olvidarlo. Tanto que hasta me he decidido a escribir para ver si me libero de cierto regusto -más que amargo, amarguísimo- que me dejó la peliculita de marras de una puñetera vez. Es una paradoja de psiquiatra la mía, puesto que de todo lo que he visto últimamente, pienso que es la adaptación del cómic de Frank Miller lo que más méritos ha acumulado en mi revuelto cerebro para ser olvidado. Pero para eso también se puede escribir, ¿no?.
Aún no hace dos semanas desde que he regresado de Salamanca de cierto Congreso en el que se ha debatido, a veces acaloradamente, acerca de -llamémoslo de alguna manera- los presupuestos históricos mediante los cuales nos acercamos al estudio de la literatura. Era una discusión/trampa, pues ya el tema del Congreso llevaba implícito un condicionante que se daba por hecho: "La fractura historiográfica: las investigaciones de Edad Media y Renacimiento desde el Tercer Milenio". No tuve mala suerte, fui razonablemente ignorado, tuve la oportunidad de conocer a una presidenta de mesa que fumaba con una inteligencia indisimulada, y asistí a una sesión en la que el supuesto de la tal "fractura" fue lo único en quedar realmente fracturado, que no la idea de historia misma. Cosas relativamente aburridas que aún debo guardar en la maleta, junto a los folletos turísticos y las tarjetas de los restaurantes. El caso es que yo siempre digo que el trabajo de un medievalista es uno de los trabajos más irónicos que puedan darse: el de glosador de glosas. Y como nada hay en mis medievales desvelos predispuesto para el azar, me daba cuenta de que ese Congreso era un eslabón más en la cadena de interrogantes. Ya dejo el tema salmantino, para no ponerme pesado con el mismo, pero no sin antes recordar cierta frase que escuché en una de las intervenciones, algo así como: "El humor y la curiosidad, dos cualidades inherentes al hombre occidental"...
La verdad es que en mi vida de estudiante universitario jamás imaginé que llegaría a ver el mundo, no ya desde el otro lado del cristal, sino frente al mismo. Fui en alguna ocasión alumno en el aula donde ahora trato de no aburrir a mis pacientes -y propios- alumnos; por entonces la cristalera que la cierra quedaba a mis espaldas, y salvo que volviese la cabeza disimuladamente vivía poniéndole rostro al bostezo ante mis (nunca tan comprendidos como ahora, por cierto) profesores, pero volviéndoselo al mismo tiempo a aquellos que, felices, pasaban de largo por la calle visible tras la cristalera, rumbo a casa, o rumbo a cualquier parte. Ahora esta misma cristalera dota de un brillo que no es tan literario como literal a mis alumnos, les confiere aura, y yo, al fin de cara a la cristalera, me esfuerzo por disimular la curiosidad que a cada instante me suscita el paso relampagueante de cientos de joveznos dirigiéndose a destinos más oportunos que el que uno tontamente se esfuerza en ofrecerles.
Si no fuera porque existe la contradicción me temo que no podría escribir esta entrada que, dicho sea de paso, no va a contribuir precisamente a que me quieran más, pues me consta que algunas de las personas que me leen son seguidoras del cine de Guillermo del Toro, como lo son también algunos de mis amigos que jamás se han pasado por aquí. En realidad debo admitir que yo no había visto antes -al menos que recuerde- ninguna película de este director mejicano del que me hablaban siempre maravillas, aunque desde que empezó a promocionarse El laberinto del fauno sentía cierto cosquilleo por ver en pantalla una idea que me parecía arriesgada, y que tenía todas las papeletas para resultar hermosa. A su manera lo es. Me planté en el cine casi el mismo día del estreno como quien no quiere la cosa y ahora me doy cuenta de que quizá no iba preparado para lo que se me iba a venir encima. ¿Cómo explicarlo? Tras la película salí de la sala turbado, en buena parte debido al increíble despliegue visual, a la enorme capacidad fabuladora de la que hace gala del Toro, cuyo talento plástico me parece elogiable, y del que probablemente hablaría maravillas si sólo me propusiera hablar de la estética barroca de la película. Pero mucho me temo que mi turbación también tenía un componente de muy distinto signo que últimamente he observado que se repite, ay, con más frecuencia de la que yo quisiera en una sala de cine.
A casa suelen llegarme muchos libros. Vienen desde París, Londres, Madrid, Turín, Barcelona, Michigan, Toledo, Nueva York, Buenos Aires... Se quedan a vivir en unas estanterías cada vez más sobrecargadas pero no están demasiado tiempo quietos, pues me gusta recordar lo que dejó escrito Susan Sontag: "En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte", y por eso me animo a tocarlos mucho, a llevarlos de un sitio a otro y buscarlos dondequiera que se encuentren cuando viajo, como se busca la compañía en un bar (incluso cuando la compañía se queda en casa yo siempre llevo el deber de un amante en el corazón). Sé que los guardo pensando en alguien que aún no alcanzo a saber quién será, y sé también que no soy yo aquél al que se quedan esperando cuando les otorgo la quietud. Yo sólo soy el hacedor del polvo y la humedad -sin dobles sentidos- que los asedia. Por ahora permanecen conmigo aunque vengan de lejos y por eso, algunos, suelen prolongarse sobre los destinos más variopintos: unas veces su suerte se hace pública en el aula tristona de algún congreso, otras sus efectos van a confundirse con el humo denso de las cafeterías y, las más, acaban animando una conversación en algún sitio bonito, con buena comida y mejor bebida. El último, por ejemplo, fue una segunda degustación de Chesterton. La primera de ellas me llevó varios meses, muchos ratos perdidos, y casi mil páginas en total. En la segunda los libros ni siquiera estuvieron físicamente presentes, y me supo igual de bien que la primera -o incluso mejor- acompañada de un suculento pincho de cordero. Y es que los libros no se quedan en el punto y final, sino que van a terminarse en las conversaciones que nos animan, que ésas son el cuento de nunca acabar. Por eso recomiendo, a ser posible, buscarse un restaurante no muy caro pero apetecible (que los hay), preferiblemente con manteles de cuadros, pues éstos, además de invitar a la familiaridad, suelen dar alegría, y emplazado preferentemente en un entorno urbano, rodeado de idiomas varios, para ponerle fin a una lectura que no nos haya dejado indiferentes. No existe mejor guinda. Tampoco mejor pastel. O casi.
Los motivos que tengo para escribir este blog y contribuir así tontamente a la avalancha de bitácoras que circulan por la red sin rumbo fijo siempre han sido estrictamente personales: me gusta escribir. Añadamos además que escribir forma parte de mi trabajo, y que este formato -infrecuente para mí- me gusta especialmente. El hecho de que sólo lea este espacio un pequeño grupo de amigos de manera ocasional nunca me ha desanimado, más bien al revés, pues escribo como quien prepara una cena para alguien que aprecia: con toda la dedicación del mundo. Por eso creo que es la primera vez que realmente escribo lamentando no tener más lectores, pues el tema me causa una especie de dolorcillo machacón que tal vez sólo encuentre remedio en la necesidad de difundirse. Y me explico.
Cuando el pasado sábado me dirigía a echar esa quiniela -la primera de esta temporada- en la que tantas esperanzas tengo puestas, la noticia futbolística era la lección de fútbol que la noche anterior le había dado el Sevilla al Barça en Mónaco ganándole la Supercopa de Europa con tres contundentes goles. Todavía se notaba que en verano la ciudad funciona a medio gas y las playas a pleno pulmón, pues en la administración de lotería, en la que en periodo laboral suelo hacer cola, sólo me encontré a dos tipos. Uno de ellos era el dueño, y el otro más que un cliente propiamente dicho, parecía un maltratado culé que pasaba por allí y se quejaba de paso por la intensidad con la que había jugado el Sevilla la noche anterior. "Seguro que contra otros no juegan así, contra el Barça es que parece que les va la vida", decía, y su comentario me pareció una divertida paradoja, porque uno puede quejarse de algo así sin el más mínimo problema y sin llamar en absoluto la atención si está en un bar, pero en una administración de lotería, donde sólo se acude para confiar en la incertidumbre del azar, quejarse de que los planes no salen como estaban previstos no deja de ser algo pintoresco. Pues el fútbol es un juego, y en el juego -si es limpio- más que la certeza rige tan sólo lo probable.
Si en mi anterior entrada comenzaba recordando una amistosa (y deliciosa) conversación con un amigo, hoy me viene a la cabeza que debe hacer una semana que tuve otra -en absoluto amistosa- con un viejo conocido. Alguien había sacado el tema de Fidel Castro, personaje que me resulta bastante antipático, y la cosa acabó derivando hacia los derroteros del compromiso y el abrir los ojos a la realidad. Lejos de querer elaborar una tesis sobre la complejísima realidad de América Latina, esta mañana escucho en la radio a unos jóvenes hablando simple y llanamente sobre sus gustos musicales. Inmediatamente se forman dos bloques de opinión: los que opinan que la música es sencillamente algo con lo que relajarse y pasarlo bien olvidándose de los problemas y los que creen que la música debe contener un mensaje, porque -dice una de las contertulias más o menos- es una tontería "decir cuánto te quiero, porque hay que abrir los ojos a la realidad que nos rodea".