domingo, mayo 06, 2007

Sobre una mañana de domingo (o algo sobre música)

Para Violante, por unanimidad ;-)
Acabo de cumplir años. Gracias a todos, guapos. Hoy hace una preciosa mañana de domingo y mi no muy bien cuidado corazón se distrae meditando huidas imposibles (¿o no tan imposibles?) hacia otras ciudades, otras calles, otra vida... cicatrizar sin más, y no morir en el intento. Pero a pesar de todo la gratitud siempre es practicable. Ayer recibí como regalo El mito de Sísifo, de Albert Camus, cuyas primeras palabras contienen una observación tan sencilla, tan obvia, como deslumbrante: "No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después. Se trata de juegos; primero hay que responder."
Yo hoy ni siquiera tengo que esforzarme mucho, pues en lugar de responder recibo una respuesta. Mis amigos me regalan varios discos que ya me veo escuchando impacientemente, cada cual con más placer. Entre ellos, un viejo amigo me regala el tercer disco de The Velvet Underground (de idéntico título), de 1969. Me lo define como un disco de sonido "tranquilo y neoyorquino", algo a lo que nunca me resistiría. Por supuesto que no voy a cometer la injusticia de comparar regalos, pues todos me gustan muchísimo, pero sé que me comprenderán si digo que éste me resulta especial por diversos motivos: porque me lo ha regalado un amigo del colegio que me dio una gran alegría viniendo a celebrar mi cumple, porque el tío se había quedado con un comentario medio distraído que le hice una vez acerca de mis gustos musicales y se acordaba de que me va la Velvet, y eso es todo un detalle, porque no lo tenía y, porque, caray, es un discazo.
En el famoso disco con la portada del plátano diseñada por Andy Warhol (como es sabido, también productor del mismo) se encuentra la preciosa "Sunday morning", que ayer también apareció en las conversaciones entre trago y trago. Mientras escribo también transcurre una mañana de domingo. He puesto un ramo de flores en el salón y he dejado que la imprescindible voz de Lou Reed cante la maravillosa "Pale blue eyes" ("Sometimes I feel so happy / sometimes I feel so sad"...), algo más de cinco minutos y medio en los que nada hay que lamentar, en los que todo sucede, fluye, es dado. Pasa la contenida "Jesus" y me emociono después con aquello de "Wine in the morning / and some breakfast at night / well I'm beginning to see the light"...
Andaba yo muy metido en polémicas últimamente y la entrada de hoy me ha salido más parecida a la página de ese diario íntimo que nunca he escrito. Porque sí, porque me apetecía. Hay quienes saben que en determinados momentos sólo existe un problema realmente serio: ¿le mojaban los Kinks la oreja a los Beatles?

viernes, abril 27, 2007

Sobre 300, de Zack Snyder (o cómo quedarse pasmado)

Prácticamente me habían abandonado las ganas de volver a escribir en este blog cuando de pronto me da por pensar en cosas sencillitas, como la amistad. La amistad, sí, esa cosa que suelo cultivar cada vez que puedo, por ejemplo, en los bares. Y es sabido, ay, que en ese juego de azares de los afectos cuesta lo suyo mantener un día sí y otro también las simpatías de aquellos a los que uno quiere, y muy poco prender la mecha. Para eso último casi que ya tengo este blog. Pues bien: mecha al canto. Pese al entusiasmo más o menos general que detecto a mi alrededor, el jarro de agua fría que me supuso ver 300 tardaré mucho en olvidarlo. Tanto que hasta me he decidido a escribir para ver si me libero de cierto regusto -más que amargo, amarguísimo- que me dejó la peliculita de marras de una puñetera vez. Es una paradoja de psiquiatra la mía, puesto que de todo lo que he visto últimamente, pienso que es la adaptación del cómic de Frank Miller lo que más méritos ha acumulado en mi revuelto cerebro para ser olvidado. Pero para eso también se puede escribir, ¿no?.
Lo primero, mi experiencia al ver la película está afortunadamente muy mediatizada: me encontraba yo en Madrid, pasando la semana con mis trabajillos, una última tarde de lunes tras haber terminado lo que tenía que hacer, pensando excusas para volver pronto a la capital, donde si uno quiere no se aburre, y en esto que salgo por la boca de Metro de Tirso de Molina sin ningún plan cuando paso junto a la puerta de los Cines Ideal, cuya cartelera ya había explotado todo lo que había podido y más en días previos, y veo que la única copia en versión original de todo el país la exhiben precisamente allí. Perfecto, ¿por qué no? Cuando vi los trailers ya me habían dejado un tufillo que no me gustaba demasiado, pero hay que viajar antes de opinar, dicen, y al fin y al cabo soy feliz yendo al cine a cientos de kilómetros de mi casa, y solo, que así de snob, superpedante y lleno de poses, acaba por ser uno. Total, compro la entrada, pero aún quedaban dos horas.
En esto que vuelvo al Hostal a tumbarme en la cama y caigo en la cuenta de que el martes es justamente el día que cierra el Museo Reina Sofía. Mal asunto, porque el martes por la tarde volvía a Granada y tenía bastante interés por volver a ver el Guernica. Echando hostias cojo el Metro, pago mis 6 eurazos a toda velocidad, puesto que no me parece tener tiempo suficiente para tratar de colarle a la empleada de la taquilla que soy estudiante o menor de edad, cada vez me parezco más a lo que soy, me temo, y encima la parada de Atocha junto al Museo en obras, para tardar más y darle un brillo repentino, como de amor verdadero o de aventura contrarreloj, a mi rapidísima incursión. Veo el cuadro apenas tres minutos, suficiente para confirmar que es tan espléndido como lo recordaba, pero muy corto, cortísimo, para poder quedarse allí pensando en algo más o menos coherente. Vuelvo sudando a mares a través de ese adelantado e indiscretísimo verano madrileño hasta el cine. Total, ya llego cinco minutos tarde, pero ha sido una proeza llegar, así que me premio con unas palomitas, por aquello del cine espectáculo. Mi deslucido y sudado cuerpo se ve de pronto ante un festín de músculos que en mi fuero interno me hacen sentir levemente humillado (levemente siempre es un eufemismo, claro), pues además de no ser precisamente un Adonis, uno había llegado al cine hecho un auténtico despojo.
Menos mal que compré un botellín de agua, vuelvo a convertirme en un ser debidamente hidratado, con mi típica composición de casi el 80 % de agua, o lo suficientemente hidratado al menos como para recuperaz la lucidez mínima que no tuve ante el Guernica. Había oído hablar del tono fascistoide de la película. Pues bien, no comparto esas críticas en absoluto. Igual es que estoy fatal, que todo puede ser, pero también hay suavidad en lo de "fascistoide"´. A 300 le cabe el mérito de haberme mostrado en mi vida, al menos, la diferencia visual entre lo fascistoide y lo directamente fascista. Una película excesiva, dicen, así que yo tampoco, ¡ay Espartanos nacidos para la gloria!, estoy por suavizarme demasiado.
Del antifascismo al fascismo en menos de media hora (concretamente en lo que va de Atocha a Tirso de Molina), demasiado para mi maltrecho y acomplejado cuerpo. 300 me ha deprimido con el paso de los días, porque veo hasta qué punto la espectacularidad anula nuestra percepción de ciertos fenómenos. Y en esta enfermiza deriva de llevar la contraria en la que me he metido, ¡ay otra vez Espartanos cenando in Hell!, oigo que si es que es que está basada en un cómic, que si sólo por su poderío estético ya merece la pena, que si la historia dice esto o lo otro... Calma, corazón. Calma y ve por partes, anda.
Vivimos en un mundo que produce imágines de manera tan vertiginosa que, como no hace mucho le oí decir a José Saramago, nuestra experiencia es ya más una experiencia de las imágenes de las cosas que una experiencia de las cosas mismas. De modo que esta exaltación de la imagen la ha llevado a una suerte de endiosamiento tal que parece que cualquiera de ellas que surja con cierta vocación estética, como es el caso de las imágenes de cine, por sí misma nos pone ante la contemplación abstracta, ingrávidamente suspendida fuera de toda conexión externa, de una suerte de belleza intemporal, desprovista de toda ideología. No sé si una imagen vale más que mil palabras, pero al menos contiene tanto como una palabra. De manera que el argumento que pasa por la "cautivadora" estética de la película, con ese tono sepia y demás, parece que ya de por sí la salva de sí misma, y de toda conexión con cualquier tipo de ideología. Es más, pese a ser 300 una de las películas que con más rotundidad, y creo que también convicción, juega con determinados conceptos (el honor, la guerra, la virilidad, el sacrificio, etc.), navegando un poco por internet he detectado una cierta tendencia a considerarla una película estéticamente llamativa pero vacía de contenido o todo lo más frívola e intranscente.
El hecho es que parecemos olvidar con demasiada frecuencia que las ideologías totalitarias nunca le han hecho ascos al poderío estético de las imágenes, sino todo lo contrario: lo han cultivado hasta extremos delirantes. Y en el caso concreto de 300 creo que estamos ante un caso de película más que comprometida con una ideología, la del ultraconservadurismo yankee y su consabido belicismo, y el potencial estético de la película también juega sus bazas en ese sentido. De ahí la continua exaltación del físico perfecto, del atleta como perfecta máquina de guerra, la invasión de la sangre, los tonos rojizos, la sospechosa forma de los malvados persas, así como la deformidad de algunos malos malosos, entre mil detalles de ese corte. Baste observar esos títulos de crédito finales, con música estridente, y motivos militares trazados con rasgos sencillos, muy lineales, pero agresivos, donde predomina la superposición de los colores rojo y negro. No sé lo que les habrá recordado a los demás, pero a mí todo eso no me parece precisamente inspirado en la tripleta dórico, jónico y corintio, sino en algo mucho más reciente, y cuya sola mención me da pavor.
Por otra parte, debo decir que yo no he leído el cómic de Frank Miller, pero movido por la curiosidad tuve la oportunidad de echarle un vistazo en la FNAC de la calle Preciados y me pareció que bastaba con hojear un poco para darse cuenta de que ideológicamente no es nada ambiguo, como tampoco lo es la estética por la que opta. Y conste que yo no digo que el tipo no sea un genio, puesto que gentes mucho más puestas que yo en el tema así lo consideran, pero eso no quita que lo que me muestra me dé bastante grima. Observé que el guión de la película alternaba entre unos descaradamente divertidos guiños al público gay (antológico aquello de "no es la fuerza de mi látigo lo que teme mi pueblo", que si no recuerdo mal así lo subtitulaban) y una serie de motivos que se repetían a la manera de una ópera. Entre estos últimos la continua definición de los personajes como espartanos o persas, con una especie de esencialismo inherente a una u otra condición, y otro no tan comentado, pero que me llamó mucho más la atención: el personaje cuya voz en off cuenta la historia repite cada cierto tiempo un obsesivo leit motiv ("marchamos, marchamos"... we march, we march...); pues bien, no pude evitar acordarme de que una vez oí por la radio un reportaje sobre la música neonazi y había una canción cuyo estribillo repetía prácticamente lo mismo, con voz agresiva acompañada de una música que no distaba tanto de la que se oye en los créditos finales. Se da el caso de que cada vez creo menos en la casualidad de las afinidades electivas.
En cuanto al argumento que pasa por defender que lo que nos cuenta la película es un episodio histórico, basta recordar que tanto el creador del cómic como el director han declarado abiertamente que su propósito no era recrear con fidelidad el episodio de las Termópilas, pero eso no me importa demasiado, de no habernóslo advertido ellos mismos, la propia desmesura de lo que se plantea ya se hubiera encargado de hacerlo. Sí me importa mucho más aquello que nunca se dice y que casi siempre suele estar detrás de casi cualquier argumento que se basa en el verismo histórico. Pongamos por caso la costumbre espartana con la que arranca la película, consistente en deshacerse de los débiles desde el nacimiento y dejar sobrevivir sólo a los más fuertes. Nadie puede negar que se trata de una costumbre confirmada por la historia, al fin y al cabo. Ahora bien, lo que me ha movido a escribir esta entrada son dos preguntas cuya respuesta no me atrevo a aventurar por miedo a lo que intuyo que hay detrás: ¿por qué precisamente, entre milenios y milenios de historia, fijarnos de pronto en eso? Y lo que me deja con la sensación de estar interrogando a aquellos que me hayan seguido hasta aquí desde el borde de un abismo, la más insidiosa y preocupante de las preguntas... ¿por qué precisamente ahora?

domingo, enero 21, 2007

Sobre una meme que me mandó hacer Violante


1. ¿Qué hiciste en 2006 que no habías hecho antes?
Cambiar de planes.
2. ¿Tienes algún propósito para el nuevo año?
Demasiados buenos propósitos, demasiadas malas intenciones.
3. ¿Alguien cercano tuvo hijos?
Mi hermana, y el regalo se llama Celia.
4. ¿Alguien cercano murió?
No, y toco madera.
5. ¿Qué países visitaste?
Inglaterra y el Reino de Violante, si es que no son la misma cosa.
6. ¿Qué te gustaría hacer en 2007 que no hiciste este año?
Armarme de valor.
7. ¿Qué día fue memorable y por qué?¿Memorable positiva o negativamente?
El día en que nació mi sobrina fue memorable positivamente. Aparte de eso, demasiados días memorables, tanto positivos como negativos, para una sola persona. Se impone sobrevivir.
8. ¿Mayor logro?
Conseguirlo al fin.
9. ¿Mayor fracaso?
Perderlo de inmediato.
10. ¿Sufriste enfermedades y lesiones?
Estoy en ello.
11. ¿Qué fue lo mejor que compraste?
Algún billete de avión, de autobús...unos mazapanes toledanos de la hostia.
12. ¿El comportamiento de quién mereció un premio?
Por supuesto, de Violante. A los demás se lo he dicho en privado, que sé que les gusta más.
13. ¿El comportamiento de quién te deprimió?
No estoy de humor para eso.
14. ¿En qué gastaste la mayor parte del dinero?
En maravillosas cosas inútiles.
15. ¿Qué te excita?
Qué puede ser quién.
16. ¿Qué canción te recordará siempre 2006?
¡Uf! "Ocho y medio", de Nacho Vegas. Ya no hay remedio.
17. En comparación con el año pasado eres:
¿Más feliz o más triste?
Más tragicómico.
¿Más delgado o más gordo?
Más gordo (cagüentó).
¿Más rico o más pobre?
Menos de clase media.
20. ¿Qué querrías haber hecho más?
Trabajar menos.
21.¿Qué querrías haber hecho menos?
Esperar más.
22. ¿Cómo estás pasando las navidades?
No tiene mucho sentido a estas alturas: perdón por el retraso.
23. ¿Te enamoraste en 2006?
¡Ays!
24.¿Cuántas chicas de una noche?
Diez mil... ¿cuela?
25. ¿Programa de televisión favorito?
No nos pongamos tan vulgares.
26. ¿Odias a alguien que no odiabas antes?
Soy demasiado perezoso.
27. ¿Cuál fue el mejor libro que leíste?
Probablemente Sin destino, de Imre Kerstesz... ¿por qué me resulta tan molesta esta pregunta?
28. ¿Cuál fue tu mayor descubrimiento musical?
¡Atiza! ¡He descubierto a The Kinks!
29. ¿Qué querías y tuviste?
Todo lo que no hice méritos para merecer.
30. ¿Cuál fue tu película favorita del año?
Una sola no puedo: Desayuno en Plutón, Infiltrados, Brokeback Mountain, La noche de los girasoles... y me dejo un buen puñado.
31. ¿Qué hiciste en tu cumpleaños y cuántos años tienes?
Hice las maletas, y tengo 27.
32. ¿Qué cosa habría hecho tu año mucho más satisfactorio?
La palabra .
33. ¿Cómo describirías tu forma de vestir en el 2006?
Pongo más esmero en mi forma de desvestir, que es más indescriptible.
34. ¿Qué te mantiene cuerdo?
Los amigos, las ideas, la música, los libros, los laberintos en los que hay que meterse para distraer el miedo...
35. ¿Qué famoso disfrutaste más?
Esta pregunta es coña, ¿no?
36. ¿A quién echas de menos?
¡Ays!
37. ¿Quién fue la mejor persona que has conocido este año?
Sospecho que personalidades pseudoanónimas que me cruzo casi todos los días. Intento cultivar un patrimonio de buenas personas a mi alrededor. En eso tengo suerte.
38. Di una lección aprendida en 2006:
Que no se me da bien aprender lecciones, que prefiero los destellos. Y que a algunas personas nos gusta la música casi tanto como a ti, Violantilla.
Un abrazo

sábado, diciembre 23, 2006

Sobre inherencias, crisis, ojos verdes y decadencias de Occidente

Aún no hace dos semanas desde que he regresado de Salamanca de cierto Congreso en el que se ha debatido, a veces acaloradamente, acerca de -llamémoslo de alguna manera- los presupuestos históricos mediante los cuales nos acercamos al estudio de la literatura. Era una discusión/trampa, pues ya el tema del Congreso llevaba implícito un condicionante que se daba por hecho: "La fractura historiográfica: las investigaciones de Edad Media y Renacimiento desde el Tercer Milenio". No tuve mala suerte, fui razonablemente ignorado, tuve la oportunidad de conocer a una presidenta de mesa que fumaba con una inteligencia indisimulada, y asistí a una sesión en la que el supuesto de la tal "fractura" fue lo único en quedar realmente fracturado, que no la idea de historia misma. Cosas relativamente aburridas que aún debo guardar en la maleta, junto a los folletos turísticos y las tarjetas de los restaurantes. El caso es que yo siempre digo que el trabajo de un medievalista es uno de los trabajos más irónicos que puedan darse: el de glosador de glosas. Y como nada hay en mis medievales desvelos predispuesto para el azar, me daba cuenta de que ese Congreso era un eslabón más en la cadena de interrogantes. Ya dejo el tema salmantino, para no ponerme pesado con el mismo, pero no sin antes recordar cierta frase que escuché en una de las intervenciones, algo así como: "El humor y la curiosidad, dos cualidades inherentes al hombre occidental"...
Fue entonces cuando comprendí que mi viaje, al menos el anímico, a esa ciudad ya se había iniciado unas semanas antes en Granada, cuando acudí al teatro a ver la adaptación teatral de una novela polémica, Plataforma, de Michel Houellebecq. ¿Qué decir? Desde luego que Juan Echanove es un actor impresionante, y que la obra me dio miedo. Miedo del malo. Digamos que el trabajo de Houellebecq me pareció tan redundante como el de un entomólogo que disecciona disecciones de insectos. Es capaz de destripar con una precisión apabullante todo tipo de miserias humanas, de poner la mierda encima de la mesa e incluso de lanzártela a la cara, pero... ¿y luego qué? Pues que el público salía más o menos encantado por esa "provocación por aburrimiento" (así, literalmente, se vendía la obra), u horrorizado por ciertas alusiones no precisamente sutiles al tema de las religiones. Yo era más bién de los segundos, pero lo que me daba miedo de Plataforma no era su oportunista provocación religiosa, que al fin y al cabo en la obra la llevaba a cabo un personaje que se definía abiertamente como racista. A este ingenuo escribidor, lo que le daba miedo, era la continua apelación al hombre occidental, la construcción, más bien la necesidad de destrucción del mismo que se deja ver hacia el final, de un peligroso arquetipo. ¿Estoy necesariamente instalado en el nihilismo por ser un hombre occidental? ¿no me queda otra que esperar la decadencia y con ella el advenimiento de un nuevo arquetipo? ¿existe realmente una "fractura" que traiga consigo la panacea universal? ¿me salvarán la curiosidad y el humor que se me suponen inherentes? Demasiadas preguntas que me temo no llevan a ninguna parte. O sí, me llevan al menos a detectar un viejo esquema ideológico basado en la dicotomía decadencia/renacer. Un chollo para legitimar ideológicamente todo tipo de atrocidades. Evito ejemplos obvios que mis amigos sabrán encontrar sin demasiado esfuerzo si se molestan en pensar un poquito.
A veces es bueno aligerar el peso de las ideas. Tan sólo un día antes de ver Plataforma me descubro a mí mismo, que no soy precismente un apasionado de la copla, embelesado al escuchar Ojos verdes en un concierto de Pasión Vega. Desde entonces mi corazón ha envejecido un poco más de lo esperado, y no es una metáfora. El hombre occidental que llevo dentro anda más preocupado por descubrirse, en una falta absoluta de originalidad, un poco más humano y un poco menos occidental. A veces es necesario fijarse en la otra parte de un sintagma. Contradicciones, contradicciones...

lunes, noviembre 06, 2006

Sobre la monotonía de la lluvia (en los cristales)

La verdad es que en mi vida de estudiante universitario jamás imaginé que llegaría a ver el mundo, no ya desde el otro lado del cristal, sino frente al mismo. Fui en alguna ocasión alumno en el aula donde ahora trato de no aburrir a mis pacientes -y propios- alumnos; por entonces la cristalera que la cierra quedaba a mis espaldas, y salvo que volviese la cabeza disimuladamente vivía poniéndole rostro al bostezo ante mis (nunca tan comprendidos como ahora, por cierto) profesores, pero volviéndoselo al mismo tiempo a aquellos que, felices, pasaban de largo por la calle visible tras la cristalera, rumbo a casa, o rumbo a cualquier parte. Ahora esta misma cristalera dota de un brillo que no es tan literario como literal a mis alumnos, les confiere aura, y yo, al fin de cara a la cristalera, me esfuerzo por disimular la curiosidad que a cada instante me suscita el paso relampagueante de cientos de joveznos dirigiéndose a destinos más oportunos que el que uno tontamente se esfuerza en ofrecerles.
Tal vez pensaba en esto esta mañana mientras leía en la sección de Cartas al Director de El País una breve pero enjundiosa polémica acerca de la conveniencia de implatar o no la asistencia obligatoria como modo de combatir el absentismo universitario. Por supuesto no he resistido la tentación de hablar del tema con mi clase, un tanto contrariada si tenemos en cuenta que hoy tocaba empezar a hablar del Cantar de Mio Cid. Los símbolos casi siempre se construyen sobre los vacíos; ese era en realidad el pretexto secreto de la clase, la suposición que trataba una vez más de demostrarme en las palabras de los otros. El peligro es que si uno menciona los vacíos, estos pueden irrumpir de pronto. Lo digo porque el tema del absentismo universitario, del que, cruzo los dedos, todavía no soy víctima, a la mayoría de mis alumnos, plin.
En el periódico alguien apela a la responsabilidad adulta del alumno universitario. En mi pequeña experiencia alguien no puede evitar convertirse en un niño por momentos. Ese alguien, por supuesto, soy yo, aquel al que mis alumnos llaman -para mi extrañeza- "profesor". Yo les cuento que Menéndez Pidal dijo esto o lo otro, que Colin Smith le replicó que si tal, que merece la pena detenerse en no sé qué pasaje. Me entusiasmo, unos se aburren, otros me siguen, la mayoría son tenaces... ellos creen que yo les enseño algo, yo aprendo a ver cómo el compañero se enamora de la compañera a golpe de cantar de gesta, observo el brillo que aparece cuando se enciende la luz de la curiosidad, me conmueve el gesto del que trata de reprimir un bostezo, el asentimiento cómplice del que siempre está de acuerdo aunque nunca lo diga. Y, para qué negarlo, resultó que la universidad era tan sólo una excusa, porque el regalo es poder verme sin tener que ser yo.
Mientras mi pequeña cuadrilla de inquietos indiferentes atravisesa la hora y media que estipula la organización docente observo al otro lado de la cristalera que Granada se resiste a entrar del todo en el otoño. El aire tiene un indefinido color de asfalto y pienso, mientras les hablo de otra cosa, que ahora me gustaría más que nunca aquello que escribió Machado: "Monotonía de lluvia tras los cristales". Me cuesta distinguir quien es en realidad el colegial cuando miro a mis alumnos: ellos solemnemente indiferentes ante el tema algo pueril del absentismo, yo despreocupadamente interesado en recordárselo. A pesar de esta frontera musical, pues es una cuestión de tono, siguen ahí. Esperan que les hable del mundo "serio" de la literatura medieval mientras observo infantilmente (esto es, sin que nadie lo sepa) el mundo menos serio que pasa por detrás de las cristaleras.
No me han calado; alguien sonríe. Sé que estoy de paso en esta situación, pero por algún motivo no puedo decir que me esté aburriendo, todo lo contrario. Descubrimos que el Cid no es suficiente para llenar los vacíos. Hay que seguir pensando, hay que darle más vueltas todavía. Hay que buscarles las cosquillas a los conceptos, estar atento a las ideas, porque son como las carcajadas, que saltan de pronto de entre la multitud y uno se pregunta quién ha sido. Alguien vuelve a sonreir, tal vez porque empieza a detectar lo pueril de mi entusiasmo adulto. No está mal -me digo para mis adentros- en tiempos en los que la lluvia ha dejado de ser monótona para ser como siempre: insinuante, extraña. No está pero que nada mal.

domingo, octubre 15, 2006

Sobre El laberinto del fauno, de Guillermo del Toro (o sobre la violencia en el cine)

Si no fuera porque existe la contradicción me temo que no podría escribir esta entrada que, dicho sea de paso, no va a contribuir precisamente a que me quieran más, pues me consta que algunas de las personas que me leen son seguidoras del cine de Guillermo del Toro, como lo son también algunos de mis amigos que jamás se han pasado por aquí. En realidad debo admitir que yo no había visto antes -al menos que recuerde- ninguna película de este director mejicano del que me hablaban siempre maravillas, aunque desde que empezó a promocionarse El laberinto del fauno sentía cierto cosquilleo por ver en pantalla una idea que me parecía arriesgada, y que tenía todas las papeletas para resultar hermosa. A su manera lo es. Me planté en el cine casi el mismo día del estreno como quien no quiere la cosa y ahora me doy cuenta de que quizá no iba preparado para lo que se me iba a venir encima. ¿Cómo explicarlo? Tras la película salí de la sala turbado, en buena parte debido al increíble despliegue visual, a la enorme capacidad fabuladora de la que hace gala del Toro, cuyo talento plástico me parece elogiable, y del que probablemente hablaría maravillas si sólo me propusiera hablar de la estética barroca de la película. Pero mucho me temo que mi turbación también tenía un componente de muy distinto signo que últimamente he observado que se repite, ay, con más frecuencia de la que yo quisiera en una sala de cine.
Digámoslo sin rodeos: El laberinto del fauno me parece una película que abusa del sadismo. Debe ser que me hago mayor, o que nunca se me ha dado bien ser joven, pero lo cierto es que para ciertas cosas debo admitir que me falta estómago. En más de una ocasión, hablando precisamente de cine con amigos, he manifestado que desde que he aprendido a detectar la frivolización con el tema de la violencia se me hace más difícil de tragar la recurrencia gratuita a la misma. Normalmente uno escucha la réplica de que la violencia es inherente a la naturaleza humana, y que no uno no puede hacer como que no existe. Ni yo lo pretendo. Si bien no me gusta volver la cara ante el tema de la violencia, cada vez me parece más justificado volverla cuando el sadismo -por lo que veo definitivamente incorporado como reclamo comercial- entra en escena. No entraré en detalles acerca de la tan traída y llevada inherencia de la naturaleza humana, que al fin y al cabo es la más artificial, saqueada e inconsciente de las naturalezas.
Es curioso pero justo antes de El laberinto del fauno volví a ver en DVD -esta vez en versión original- Una historia de violencia, de David Cronenberg. Esta película, en cuestión, contiene perlas tan cursilonas para el espectador como la de tener que tragarse el primer plano de un rostro estampado contra el suelo por un tiro. Se trata del rostro de un asesino brutal igualmente asesinado con brutalidad. La imagen no es en absoluto agradable, pero a este primer plano le suceden en la película una serie de elogios hacia el tipo que se ha deshecho así del asesino, un aparentemente inofensivo regente de la cafetería de un pueblo perdido de costumbres honradas al que, machaconamente, llamarán "héroe". A mí me gusta esa manera de poner las cosas en su sitio, puesto que al margen del discurso que poco a poco se va tejiendo en torno al héroe, Cronenberg no deja de mostrarnos la crudeza de la violencia que se genera al margen de toda esa retórica, o que incluso es legitimado por ésta. Y sí, pienso que el heroismo es retórica, y la violencia, violencia. Sin más.
Se da el caso de que algunos de mis directores favoritos, caso de Scorsese, nunca han rehuído el tema de la violencia, y que no soy una persona precisamente proclive a la noñería cinematográfica. Ahora bien, cuando una mutilación de lo más explícita provoca carcajadas simplemente por el hecho de que "está muy bien rodada" (argumento al que parece reducirse con frecuencia creciente la valoración cinematográfica), entonces es que probablemente hay algo en lo que hemos dejado de pensar. Me interesa la violencia en el cine fundamentalmente porque me produce la sensación ventajosa de intuir sus horrores al tiempo de saber que, por el momento, se queda en la pantalla.
Con esto me refiero, claro está, a la violencia física, porque la otra, la verbal, la que actúa de manera inconsciente, la que en El laberinto del fauno aboga por la necesidad de no derramar la sangre de los inocentes a cambio de derramar la propia y la ajena a mansalva... ésa a veces uno se la lleva puesta de manera cómplice y no se da ni cuenta. No sé cómo aceptar ciertas cosas sin la contradicción. Entiendo que la película resulte hermosa a pesar de la simplificación de los personajes, divididos sin más en muy buenos y muy malos, a pesar de esa continua sobreactuación de Sergi López. Entiendo que ese fauno toca las fibras de la fantasía y por sí solo podría encadilarnos. Entiendo que la fantasía no es nada inocente cuando apela precisamente a la inocencia. Ahora bien, cuando ante una mutilación que nada aporta al desarrollo de la historia media sala se despolla prefiero no preguntar dónde está la gracia, no vaya a ser que alguien me diga que no lo sabe.

miércoles, septiembre 20, 2006

Sobre los libros

A casa suelen llegarme muchos libros. Vienen desde París, Londres, Madrid, Turín, Barcelona, Michigan, Toledo, Nueva York, Buenos Aires... Se quedan a vivir en unas estanterías cada vez más sobrecargadas pero no están demasiado tiempo quietos, pues me gusta recordar lo que dejó escrito Susan Sontag: "En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte", y por eso me animo a tocarlos mucho, a llevarlos de un sitio a otro y buscarlos dondequiera que se encuentren cuando viajo, como se busca la compañía en un bar (incluso cuando la compañía se queda en casa yo siempre llevo el deber de un amante en el corazón). Sé que los guardo pensando en alguien que aún no alcanzo a saber quién será, y sé también que no soy yo aquél al que se quedan esperando cuando les otorgo la quietud. Yo sólo soy el hacedor del polvo y la humedad -sin dobles sentidos- que los asedia. Por ahora permanecen conmigo aunque vengan de lejos y por eso, algunos, suelen prolongarse sobre los destinos más variopintos: unas veces su suerte se hace pública en el aula tristona de algún congreso, otras sus efectos van a confundirse con el humo denso de las cafeterías y, las más, acaban animando una conversación en algún sitio bonito, con buena comida y mejor bebida. El último, por ejemplo, fue una segunda degustación de Chesterton. La primera de ellas me llevó varios meses, muchos ratos perdidos, y casi mil páginas en total. En la segunda los libros ni siquiera estuvieron físicamente presentes, y me supo igual de bien que la primera -o incluso mejor- acompañada de un suculento pincho de cordero. Y es que los libros no se quedan en el punto y final, sino que van a terminarse en las conversaciones que nos animan, que ésas son el cuento de nunca acabar. Por eso recomiendo, a ser posible, buscarse un restaurante no muy caro pero apetecible (que los hay), preferiblemente con manteles de cuadros, pues éstos, además de invitar a la familiaridad, suelen dar alegría, y emplazado preferentemente en un entorno urbano, rodeado de idiomas varios, para ponerle fin a una lectura que no nos haya dejado indiferentes. No existe mejor guinda. Tampoco mejor pastel. O casi.

martes, septiembre 05, 2006

Sobre la mentira de la panadería

Los motivos que tengo para escribir este blog y contribuir así tontamente a la avalancha de bitácoras que circulan por la red sin rumbo fijo siempre han sido estrictamente personales: me gusta escribir. Añadamos además que escribir forma parte de mi trabajo, y que este formato -infrecuente para mí- me gusta especialmente. El hecho de que sólo lea este espacio un pequeño grupo de amigos de manera ocasional nunca me ha desanimado, más bien al revés, pues escribo como quien prepara una cena para alguien que aprecia: con toda la dedicación del mundo. Por eso creo que es la primera vez que realmente escribo lamentando no tener más lectores, pues el tema me causa una especie de dolorcillo machacón que tal vez sólo encuentre remedio en la necesidad de difundirse. Y me explico.
El sábado por la mañana estaba en casa estudiando cuando mi madre llegó de la panadería con dos noticias bastante inquietantes. La primera de ellas era que el día de antes, en mi barrio, dos magrebíes habían degollado a un hombre en plena calle, en una zona muy conocida del barrio. La segunda hacía alusión a una pareja que había entrado en un bazar chino en una céntrica zona de Granada, donde la chica había sido apresada y amordazada en un almacén destinado al tráfico de órganos. Es evidente que no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que ninguna de las dos noticias estaba en absoluto libre de cierto tufillo racista, así que con la mosca detrás de la oreja me puse a buscar enseguida en las ediciones digitales de los periódicos para ver qué había sucedido realmente. Como ya habrán supuesto los lectores no encontré ni rastro de ninguna de las dos noticias, lo cual no significa que no encontrase nada.
Tristemente pude comprobar que en el mismo lugar donde se suponía que un hombre había sido degollado sí que había ocurrido un asesinato, pero no ése. Era el asesinato de Lourdes Rodríguez en un nuevo caso de violencia de género. De la misma manera, la historia del bazar chino, como pude comprobar, no era sino la versión granadina de una leyenda urbana al parecer muy difundida en este país.
En los últimos días se han sucedido los actos de protesta por el asesinato de Lourdes Rodríguez, que además de legítimos, son necesarios. Ahora bien, los vecinos del Zaidín sabemos que la reacción inmediata a lo ocurrido no fue tan digna. Llevo unos días con cierto pesar preguntándome quién y cómo le dio la vuelta a un caso de violencia de género hasta convertirlo en un asesinato en el que los asesinos eran, cómo no, un par de magrebíes. Hay algo horrendo detrás de todo eso que me temo que dejará su poso cuando las protestas cívicas por la muerte de Lourdes cesen, porque sin el miedo a los que llamamos otros no se explica que prolifere un bulo tan disparatado como injusto. Algo huele a racismo en este barrio. José Luis Murillo era taxista y al parecer hacía tiempo que no ejercía porque sufría una depresión. Que la salida a una depresión fuese el maletín con la escopeta que empleó para matar a Lourdes es un problema que debería hacernos pensar mucho acerca de los modelos de familia, supongo que católica y de las de toda la vida, que somos capaces de generar amparados en la autoridad patriarcal.
Todo el mundo parece haber olvidado ya el rumor malintencionado que mi madre se trajo de la panadería. Yo sigo pensando estos días acerca de la incapacidad para asumir nuestros propios horrores trasladándolos a los otros. En mi barrio hay muchas personas que bien pueden proceder del Magreb, y durante unas horas todas ellas fueron puestas bajo una sospecha sin sentido, cuando en realidad el problema de verdad tiene mucho más que ver con la materia en la que la mayor parte de nosotros hemos sido formados.
Cuando traté de explicarle a mi familia que me preocupaba el problema racista que había detectado en la reacción a un caso de violencia de género nadie pareció darle demasiada importancia. Cuando expliqué que lo del bazar chino era en realidad un cuento chino pareció que estaba contando un chiste de lo más gracioso, y hubo incluso quien me aseguró que conocía por el amigo de un amigo a la chica secuestrada. Más allá de la gracia que involuntariamente pude causar queda una desconfianza que, si bien no es del todo inconsciente, sí que exhibe una indulgencia alarmante a la hora de afrontar sus propios peligros.
Fíjense si no en la ilustración que acompaña a esta entrada, que he recogido en Google tras teclear la palabra "difamación". Unos labios pintados de rojo, claramente de mujer, "difaman" ante un oído azul, color distintivo de lo masculino. El dibujo lo he sacado de un artículo que habla desde el punto de vista católico acerca de la difamación sin caer en la cuenta de que ya desde el lapsus de colocar ese dibujo hay una difamación sexista en sí misma. Ni el dibujo es, por tanto, inocente, ni yo lo he sido al elegirlo. Tampoco lo era cuando intentaba este fin de semana llamar la atención sobre un problema que me produce mucha tristeza y que a veces nos hace mirar para otro lado. He pasado un fin de semana entre hamletiano y confuso tratando de explicarme, y todo para llegar finalmente a la evidente conclusión de que el disparate cala mucho más profundo que el sentido común. Creo que ya no debería insistir más, creo que yo también debería poner fin al monólogo. Así pues, "sean todos mis pecados recordados".

lunes, agosto 28, 2006

Sobre el comienzo de la temporada de fútbol 2006/2007 (o tan sólo lo probable)

Cuando el pasado sábado me dirigía a echar esa quiniela -la primera de esta temporada- en la que tantas esperanzas tengo puestas, la noticia futbolística era la lección de fútbol que la noche anterior le había dado el Sevilla al Barça en Mónaco ganándole la Supercopa de Europa con tres contundentes goles. Todavía se notaba que en verano la ciudad funciona a medio gas y las playas a pleno pulmón, pues en la administración de lotería, en la que en periodo laboral suelo hacer cola, sólo me encontré a dos tipos. Uno de ellos era el dueño, y el otro más que un cliente propiamente dicho, parecía un maltratado culé que pasaba por allí y se quejaba de paso por la intensidad con la que había jugado el Sevilla la noche anterior. "Seguro que contra otros no juegan así, contra el Barça es que parece que les va la vida", decía, y su comentario me pareció una divertida paradoja, porque uno puede quejarse de algo así sin el más mínimo problema y sin llamar en absoluto la atención si está en un bar, pero en una administración de lotería, donde sólo se acude para confiar en la incertidumbre del azar, quejarse de que los planes no salen como estaban previstos no deja de ser algo pintoresco. Pues el fútbol es un juego, y en el juego -si es limpio- más que la certeza rige tan sólo lo probable.
El pobre hombre se había llevado un chasco porque el Sevilla no había ejercido su papel de víctima. Como si la intensidad competitiva -por otra parte habitual en el Sevilla- no fuera otra cosa que un accidente de mal gusto, una anomalía ideada para contravenir los planes de la normalidad, que al parecer sólo podían culminar con la victoria del Barcelona. Como si, en definitivas cuentas, el partido de Mónaco no fuese la disputa de -ni más no menos- un título europeo, sino una especie de homenaje veraniego, debido y obligado, al buen juego del Barcelona. Y es que, si algo echa de menos durante el verano un futbolero, no es otra cosa que la falta de sentido común que suele acompañar a la temporada futbolística. Porque pocas cosas se tejen tan apegadas a la lógica y al mismo tiempo a los razonamientos más excéntricos como la valoración de las victorias y las derrotas. Diríase a veces que el disparate lógico es la norma del futbolero, pero para muestra un botón.
Ya esa misma noche, José María del Nido, presidente del Sevilla Club de Fútbol (y abogado del ínclito Cachuli) hacía una peculiar valoración de la victoria ante los micrófonos de la prensa deportiva: que la victoria sobre el Barcelona no hacía otra cosa sino mostrar que el Sevilla era el mejor club de Europa, latiguillo que todavía a estas alturas de resaca debe andar repitiendo sin cesar. En principio parece algo lógico pensar que si los dos campeones de las competiciones europeas de la anterior campaña se enfrentan, el que gana es el mejor. Sólo que para llegar a esa conclusión hay que obviar por completo una serie de hechos que son de cajón y que cualquier futbolero con dos dedos de frente conoce a la perfección: el más clamoroso de ellos es que la Copa de la Uefa la juegan los equipos que quedan clasificados a partir de la quinta posición en el Campeonato Nacional de Liga y la Liga de Campeones la juegan justamente los que han quedado clasificados por encima de ellos. Eso no quita mérito al Campeón de la Uefa, por supuesto, pero sirve también para entender que la Supercopa, pese a ser un título importantísimo, divertido e intenso (como todos los que se juegan a partido único), no deja de ser un título menor europeo cuyo mayor valor reside probablemente en los méritos que se han hecho antes para poder jugarlo. Seguramente el señor del Nido cambiaría sin pestañear diez Supercopas a cambio de lucir en las vitrinas de su club una sola Copa de Europa, y desde luego no cambiaría la mismísima Copa de la Uefa por la victoria en la Supercopa. Son ese tipo de piruetas demagógicas las que hacen que en el silencio de la derrota del Barcelona haya una dignidad de la que los ruidosos discursos de del Nido no pueden presumir. El azar es un golpe que no entiende de campeones, me temo. Dicho esto, da gusto ver cómo el pez chico se merendó -sin más- al grande. Al margen de los discursos de los mandamases lo que queda es el buen rato que el Sevilla nos hizo pasar a los que lo vimos. Algún buen amigo mío, sevillista de los de toda la vida, se quejaría con justicia si no alabase los méritos de su equipo. ¡Bravo por el Sevilla!
Hará un año, Miguel Ángel, futbolista que lo fuera del Málaga, fichaba por el Betis, equipo que en la campaña anterior a la llegada de Miguel Ángel no sólo había triunfado en la Copa del Rey, sino que había acabado clasificándose en cuarto lugar en la Liga y jugando, por tanto, la Liga de Campeones. Recuerdo una entrevista en la que Miguel Ángel mostraba su entusiasmo por su nuevo club con el siguiente silogismo: "si estamos hablando de la mejor Liga del mundo, y el Betis ha quedado cuarto, entonces he fichado por el cuarto mejor equipo del mundo". Me asombró tanto la sencillez y contundencia impecable de su lógica como lo disparatado de la afirmación. Lo cierto es que al final el pobre Miguel Ángel acabó perdiéndose la temporada por una lesión grave, que el cuarto mejor equipo del mundo casi se va a la segunda división con un presidente fantasma, y que la mejor liga del mundo la ganó un todopoderoso Barcelona con una facilidad pasmosa, demostrando una gran diferencia de nivel entre él y todos los demás equipos.
Es un tópico afirmar que el fútbol no entiende de lógica. Yo creo que sus protagonistas, al menos técnicamente, la utilizan con maestría. Otra cosa es que una lógica impecable deba al mismo tiempo sustentarse en clamorosos silencios para ser posible. Pues para lógica, la de la triquiñuela.
Mi equipo, el Real Madrid, hizo ayer un partido espantoso en el que empató a cero con el Villarreal, y jugando en casa. Hoy leo en la prensa que los jugadores extraen una conclusión alocadamente optimista: destacan la solidez defensiva, lo difícil que es hacerles un gol. Una vez más, impecable. Pero yo, por mi parte, ya voy a empezar a meditar sobre la quiniela de la próxima jornada. Allí donde la lógica no llega es tan sólo probable que sí lo haga el azar.

viernes, agosto 25, 2006

Sobre abrir los ojos

Si en mi anterior entrada comenzaba recordando una amistosa (y deliciosa) conversación con un amigo, hoy me viene a la cabeza que debe hacer una semana que tuve otra -en absoluto amistosa- con un viejo conocido. Alguien había sacado el tema de Fidel Castro, personaje que me resulta bastante antipático, y la cosa acabó derivando hacia los derroteros del compromiso y el abrir los ojos a la realidad. Lejos de querer elaborar una tesis sobre la complejísima realidad de América Latina, esta mañana escucho en la radio a unos jóvenes hablando simple y llanamente sobre sus gustos musicales. Inmediatamente se forman dos bloques de opinión: los que opinan que la música es sencillamente algo con lo que relajarse y pasarlo bien olvidándose de los problemas y los que creen que la música debe contener un mensaje, porque -dice una de las contertulias más o menos- es una tontería "decir cuánto te quiero, porque hay que abrir los ojos a la realidad que nos rodea".
Si no recuerdo mal, los últimos discos que he escuchado deben ser uno de Pasión Vega (¡la Voz!) y un recopilatorio de canciones de Billie Holliday. Según esa peculiar lógica que convierte el deleite estético -algo por otra parte tan necesario como mal visto- en un cerrar los ojos a la realidad debo ser un tipo de lo más tibio, cuando en el fondo, acusar a alguien de falta de compromiso por sus gustos estéticos es sencillamente caer indirectamente en uno de los tópicos más manidos de esa ideología burguesa a la que precisamente dicen oponerse esos dedos acusadores: el de la perfecta inutilidad del arte, el de su constitución como lujo, como objeto a lo sumo superfluo. El silogismo por el que se llega ahí no deja de ser de lo más simple: si la música moralmente aceptable es la que tiene un mensaje social y Pasión Vega canta una copla con mensaje amoroso, entonces la música de Pasión Vega no es moralmente aceptable (o es moralmente tibia).
Entre las varias maneras que hay de desmontar este argumento yo prefiero aquella que pone el acento en lo moral. Lo que con frecuencia se olvida es que una postura moral no tiene nada que ver con una postura moralista. La postura moralista acaba y empieza, por lo general, en la exposición de la propia moral convertida en dogma. Una postura moral se puede permitir el lujo incluso de no hablar de moral, lo cual no significa que se prescinda de ella. Un chico al que respeto me reprendió una vez por haber leído a Céline -del que alguna vez he escrito en este blog- por el filonazismo de éste. Él confesaba orgulloso no haberlo leído, e incluso se basaba en su impoluta condición moral a la hora de afirmar que no debía leerse, que no debía estudiarse. De alguna manera, el dogma no admite la contradicción, pero la duda razonable, sí. El moralista sólo reconoce el horror en los otros, pero jamás se plantea que pueda sucederle a él mismo. Por otra parte, sería un error de primero de filología pensar que la lectura de un autor filonazi convierte al lector automáticamente en un apólogo del nazismo, como si no existiera la distancia crítica, es decir, moral. Personalmente prefiero, por ejemplo, un libro que hable con estatura moral del gusto de su autor por la pesca, que otro que hable de la moralidad de la pesca misma.
Mi viejo conocido me reprochaba el otro día vivir de espaldas a la realidad y muy bien pudo ampararse en mis costumbres para sostener su visión. Hace años que dejé de escuchar los viejos grupos con mensaje social que nos unieron durante la adolescencia, y aunque menos, también hace tiempo ya que abandoné mi voluntariado en la prisión (donde daba clases de lengua), precisamente para dedicarme a la investigación literaria. Dejé una ONG y empecé a interesarme mucho más en serio por las correrías del Arcipreste. Dejé de hablar de moral ante los demás para reparar en que lo mío era hablarle a mis alumnos moralmente (como moralmente, creo, siempre intenté tener en cuenta a mis alumnos en la cárcel). No soy ejemplo, no hago nada que me convierta en el paladín de la justicia universal porque, entre otras cosas, hace tiempo que me interesa mucho más la justicia inmediata.
Uno de los chicos de la tertulia radiofónica afirmaba que el pirateo de música se debe, entre otras cosas, a que "a la gente le cuesta escuchar un disco entero, es mejor tener tu propio greatest hits". Lo cierto es que de pronto me he visto reconocido en esta ingenuidad. Hace poco que me regalaron el magnífico Dark side of the moon, de Pink Floyd, que supuso una buena cura de humildad ante mis tontorrones (ahora también empiezan a ser antiguos) prejuicios contra el rock sinfónico. Yo todavía escucho un disco entero con placer, agradezco su variedad, la impaciencia continua a la que me somete, y gracias a este regalo un prejuicio ha caído y un nuevo deleite atesoro ahora. Mi mundo, por tanto, se ha ampliado, y siento que eso me hace más permeable, más rico, menos dogmático. Ha caído una muralla, pero en su lugar ahora hay un parque donde los niños se balancean y corren. Cuando hablo sobre la actual situación de Cuba siento que me pierdo, que no sé nada sobre el tema, que soy un impostor, puesto que mi deseo de una solución justa y razonablemente pacífica es mucho más fuerte que mi capacidad de análisis para un tema que me supera. Formarse una opinión inmediata de las cosas es un ejercicio tan disparatado como agotador. En cambio, cuando hablo de música con Violante, que se lo ha escuchado todo, soy un adolescente que toma notas a escondidas. Hay conversaciones sobre temas serios que, además de no aportarme demasiado, han acabado con un buen tirón de orejas por mi falta de estatura moral, y conversaciones sobre temas la mar de frívolos para los serios de las que he deducido fácilmente la necesidad de aceptar, respetar, y hasta disfrutar la diferencia. Y, ¡diantres!, esto último no es nada desdeñable para moverse tanto en los terrenos serios, como en los tibios, como en los legítimamente distendidos.
Digamos que si me he decidido a escribir esto no es para loarme ni proponerme como modelo de nada. Sé que mi posición tiene puntos criticables y a menudo pienso en ellos, les doy constantes vueltas porque es mi responsabilidad. Pero eso sí, frivolidad de frivolidades, la verdad es que La Polla Records nunca me gustó, a pesar de sus buenas intenciones. En cambio, cada vez que en la oscuridad de mi cuarto suena la alcoholizada voz de Billie Holliday hay un chispazo, un estremecimiento que me hace -¡oh tibio entre los tibios!- tener los ojos más que abiertos: es la maltratada conciencia de tener la suerte de estar justo ahí.