miércoles, noviembre 02, 2005

Sobre el día de Difuntos en Granada

Supongo que se espera que uno empiece lanzando una diatriba contra la invasión del Halloween yankee y las costumbres más bien poco imaginativas (¿?) de los joveznos que con tanto entusiasmo lo practican, seguida de una encendida defensa del Don Juan, tan español y tan trágicamente olvidado. Pero he aquí que no soy demasiado chovinista -más bien nada- y el día cuyo fin ya presiento lo he pasado en la apacible compañía del legado de otros difuntos que, a falta de recuerdos, miradas, gestos, etc, nos dejaron un mundo que agradezco, porque no es el mío. Mientras media Granada hace cola en el aparcamiento del cementerio y la otra media se repone de una resaca que le supongo gloriosa después de una no menos gloriosa y enmascarada noche de farra (esta es una ciudad dividida por dos generaciones, como mínimo), en la soledad de mi casa, varios -variosísimos diría yo- siglos después sigo pendiente de si Roldán hace sonar el Olifante a su paso por Roncesvalles. El final del prefecto de la marca de Bretaña es conocido, y apropiado para un día que va acompañado del sintagma "de Difuntos", y por eso no me entretengo más en este asunto.
El caso es que hace ya bastante tiempo que este día me deja algo perplejo, en todos los sentidos en los que es posible celebrarlo. Demasiado tiempo libre sólo conduce a la calle, y eso me ha llevado a vivir en estos días algunos revivals de bares de otras veces, de conversaciones que no he decidido aún si echo de menos. Contemplo cómo la envidiable adolescencia (la que dura hasta los 30) se pone la careta y se lanza a las calles para no mostrar la cara, maquillajes que me recuerdan la sonrisa del payaso triste si no fuera porque, obstinadamente, se aferran a la práctica de la alegría franca en no pocos casos. Eso me rompe todos los pronósticos, pues uno quisiera elegantemente pensar, como Larra, que "el mundo todo es máscaras" y "todo el año es Carnaval". Pero hay algo irreprochablemente honesto en esas caras que se ocultan, algo que sólo vive en el presente, algo que no está hecho para la hipocresía.
Otros acuden con la excusa de recordar a sus muertos, lo cual es cuento viejo. Hace bastante que no logro quitarme de encima cierta culpabilidad por no visitar a los míos en el cementerio. Habrá que arreglarlo. El caso es que aunque no los visite los honro cada día con la tristeza que me produce saber que el mundo de momento sigue girando conmigo, pero sin ellos. Los honro con las palabras que a diario sé que les hubiera dicho, que les hubiera oído. Y aún tengo la suerte de tocar algunas de sus cosas. En fin, que no sé si en el fondo este día no es una paradoja, si no está pensado para olvidar a los muertos y recordar, por el contrario, simplemente la muerte. Es deprimente pensar que se necesita un día para la memoria, en esto y en todo. En este caso, una lápida, unas flores que dan escalofríos me parecen suficiente espectáculo, suficiente dosis de barroco para recordarnos nuestro destino final e inapelable. Mejor portarse bien, parece que nos dirán siempre ciertas cosas.
Y con la distancia que me otorga estar medio ajeno a todo, enfrascado en la comprensión de ciertos medievales, textuales asuntos, llego a la conclusión de que unos se ponen una máscara con la inconsciente pretensión de prolongar el presente eternamente, mientras que otros llevan unas flores a sus seres queridos para, eternamente, negarlo. Para unos no hay casi pasado, y no existe el futuro. Para otros, sin embargo, todo se mide en relación con lo que ya pasó, y el futuro para el que se preparan ya es una heladora certeza. Unos prolongan una risa perpetua, otros perpetuamente pretenderían llorar. Unos se ponen una máscara; otros, tal vez, también. Todos se aferran a la seguridad del grupo, de la ausencia mínima de distinción.
Tal vez, como mis medievales, siento hoy más que nunca que es un círculo el tiempo. Tal vez me mueve la repetición. No es nuevo para mí el olor de las castañas asadas en las calles de Granada (las castañas son un invierno adelantado al otoño), no lo es el sabor del té, ni las conversaciones con un viejo amigo. Ya conozco este dolor, este tiempo que no es ni frío ni calor, y hay perfiles que he logrado casi aprenderme de memoria. Antes ya viví esta ansiedad, y me sentí afortunado como me he sentido hoy. Todo eso es una rueda que conozco.
Y precisamente por eso, porque no tengo demasiadas ganas de fiesta hoy, ni de ponerme una careta, ni mis conquistas se cuentan por miles, ni mi vida es extraordinaria, no puedo decir "muy largo me lo fiáis". Ni ganas. Pero tampoco he comprado flores, y ciertas repeticiones todavía me gustan mucho, y las que no me gustan al menos me recuerdan que estoy vivo. Así que me aferro a otra repetición, a esa que he oído en casa tantas veces, saludablemente y sin ánimo de insultar, "que nos esperen allí mucho tiempo".

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

El eterno retorno nietzscheano es un maldito yugo que se aferra a nuestros cuellos justo en días como éste... Yo lo vivo de forma diferente a ti, claro, pero el halo apático y trágico de Noviembre asoma en los corazones de todo ser humano que respire (yo lo tengo marcado desde el nacimiento). No llevo flores, no voy a ver lápidas, simplemente me dedico a sobrellevar este día como buenamente puedo (quizás tocando un broche que me quedé cuando murió mi abuela, o la manta que me hizo para el frío ése que me raja las manos en Granada), sin dejar de pensar que todo hoy, absolutamente todo, está vivo.
Que nos esperen mucho tiempo, pero que lo hagan con buena cara. No quiero más decepciones ni más desazón, que bastante tengo con las mías.
Por cierto, las máscaras hallowenianas son un símbolo carnavalesco de lo que somos: no me avergüenza decir que yo las uso para sobrevivir de forma poética, aunque también me despojo de todo lo que conlleva cuando merece la pena. Y eso son ocasiones que se cuentan con los dedos.

01 noviembre, 2005 21:01  

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