domingo, noviembre 06, 2005

Sobre fútbol, miradas, intensidades y rectángulos

Resulta curioso pensar que los dos espectáculos de masas más populares durante el ya extinto siglo XX en Europa, a mi entender el fútbol y el cine, tengan ambos una duración media comprendida entre los noventa minutos y las dos horas. Eso ya nos da una pista de que ambos comparten, cuanto menos, un cierto gusto por la puesta en escena, una no siempre explícita recurrencia a la ficción. Es más, si bien es cierto que esa atroz costumbre de medir el tiempo no afecta tanto a la literatura, pienso sinceramente que estos tres maravillosos juegos, fútbol, cine y literatura, si pueden hermanarse en algo, desde luego pueden hacerlo por el hecho de ser los tres una limpia cuestión de miradas, intensidades, y rectángulos.
No tiene demasiado sentido un libro sin lectores, y sin embargo la tristeza que provoca ese hecho se puede quedar en nada si la comparamos con la íntima soledad de una sala de cine, que en el caso de un estadio vacío ya no sería ni tan siquiera eso, íntima. Ninguno de los tres elementos significan gran cosa si una mirada no se dirige jamás hacia ellos, creo yo. Desde la individualidad del lector, hasta la siempre sospechosa y masificada hinchada del estadio, pasando por la coincidencia cómplice del público de una película, todas las miradas se dirigen -¡hay que ver lo que es la casualidad!- hacia un elemento que las iguala, por muy distinto que sea su objeto: simplemente y llanamente un rectángulo.
Rectángulo de amistoso papel, en el caso de la página de un libro. Rectángulo coqueto, que sólo deja espacio para la oscuridad, aparte de él, en una pantalla de cine. Y rectángulo que diferencia entre colores, camisetas, números, pero no entre miradas, en el caso del terreno de juego. Y todo esto me hace sospechar que hay algo tiránico en el placer, algo excluyente, algo que pone límites con la sola intención de dejar fuera todo lo que no acontece en el orgásmico delirio del instante. Es lo que llamamos intensidad, porque en los casos a los que venimos aludiendo, cada rectángulo es un espacio en el que se pone en escena, es decir, se limita, el objeto de las miradas. Y para que dicho objeto sea complaciente, la ley básica es simple: no hay placer sin intensidad.
Es lo que diferencia la ficción de aquello que no lo es. Fuera de ella los tiempos muertos no sólo son probables, sino inevitables. En la rutina diaria las horas se acumulan con frecuencia sin otra pretensión, o eso falazmente nos parece, que la de acumularse precisamente sin más. La ficción nos salva de esos tiempos muertos simplemente porque los exlcuye. Son cosas muy distintas un endecasílabo certero, un plano memorable o un balón batiéndose en el fondo de una red. Pero el caso es que, al menos yo, experimento una sacudida similar con cada una de las tres cosas. Una sacudida que es puro presente, que tiene límites y se va para no volver. La rutina siempre tiene algo de incertidumbre gris. Pero por suerte aún nos queda el instante incalculable del placer.

5 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Esa pareja bien avenida de cine y fútbol a mí más bien me sugiere la flojera de la Europa del siglo XX: sólo se presta atención durante un espacio corto de tiempo, más bien un conjunto de instantes intensos. Nadie ve todos los fotogramas en el cine (se suele mirar la calva del de delante) y nadie tampoco ve todos los planos (se suele mirar a las gradas, a la compañía, al índice de líquido en el vaso...).
Es por ello que creo, efectivamente, en la intensidad placentera, o en el placer intenso... Todo en uno pero siempre en pequeñas dosis.
Consideras las miradas como elemento sine qua non , mas yo no sé hasta que punto el libro, el partido o la película dependen de esa mirada... Cierto es que los actualizan, los hacen al mundo, pero es que eso me ha recordado, en una cadena de pensamientos algo rara (en mí es lógica), a una amiga que una vez me dijo:"Bauizaré a mis hijos para que existan a ojos de Dios". Y me ha recorrido un escalofrío, compréndeme.
Pero, con todo, el rectángulo se torna básico, imprescindible y glorioso: nunca una forma geométrica resultó tan necesariamente idolatrable. Y los momentos de ficción lo completan, llenando los espacios tan ambiguos de la inevitable rutina con sus límites, precisos como los contornos de las flores.

05 noviembre, 2005 20:13  
Anonymous Anónimo said...

P.D.: Esa pareja tan bien avenida de cine y fútbol encuentra su cenit en que normalmente se asocian. ¿Quien no piensa en una peli de acción cutre mientras está viendo el partido del sábado en el Canal Sur? Eso me permite definirlos como asociación: el público desea emociones fuertes breves pero intensas. Y ahí las tienen.
El cine sobre fútbol ya es otra historia (muy mala, por cierto): me quedo con "Quiero ser como Beckham" y "Campeones". Sólo con eso (y ninguno responde al parámetro de homenaje deportivo).

P.D.2: Esta noche toca Rambo III

05 noviembre, 2005 20:27  
Blogger Montaigne granadino said...

Me gusta lo que dices, pero ten en cuenta que el de delante en el cine no siempre está calvo. Un pelo a lo afro, por ejemplo, resulta mucho más conflictivo.

06 noviembre, 2005 14:30  
Anonymous Anónimo said...

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06 noviembre, 2005 14:56  
Anonymous Anónimo said...

El "fenómeno" de una película o un libro puede tener un marco topográfico rectangular... en el caso del futbol, a menos que te refieras al rectángulo de la pantalla televisiva, no es así: el balón "escapa" del rectángulo verde no sólo cuando sale de banda o a córner, sino también en las parábolas de mucha altura como en el saque de puerta.

Es curioso lo que me ocurre con el futbol: me encanta jugarlo pero me aburre tremendamente verlo, sentado ahí en mi casa o donde fuere... cosa que, sin embargo, no me pasa con el sexo.

07 noviembre, 2005 18:50  

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