Sobre la risa innecesaria
Miro casi con alivio hacia el fin de este domingo que se esfuma, confiando en que tal vez con él se vaya un fin de semana horribilis caracterizado por las prisas, el estrés, los plazos, la ausencia, la apatía... y para colmo un fastidioso dolor de espalda que me tiene todo el tiempo encorvado y me hace adoptar cierta postura humillante ante el ordenador. Eso en la parte mala.En la buena, también se va ya un fin de semana que me deja el sabor inconfundible de las buenas lecturas, y de la golosina que suponen los deuvedés. Nada importa. Ni las páginas llenas de evocación nostálgica de Memorias de África, de Isak Dinesen, ni la soberbia interpretación de Jack Lemmon en Días de vino y rosas (sí, yo también hubiera llegado hasta ahí por amor, creo) parecen tener demasiado peso en este día en que la resaca del partido de ayer en el Bernabeu parece querer ocuparlo todo.
Mi equipo, el Real Madrid, fue convenientemente vapuleado por un FC Barcelona extraordinario del que todo lo que puedo decir es que, de no ser ayer su rival el que era, me hubiera hecho disfrutar del placer de ver un partido de fútbol como ya casi ningún equipo sabe hacerlo. Debe haber algo de justicia extrapolable en la victoria del Barça cuando todo el mundo anda hoy hablando del triunfo de la belleza frente a la apatía. No les quito la razón a los que dicen eso.
Durante algunos años, siendo todavía niño, los lunes se encargaba de amargármelos un equipo de fútbol entrenado por Johan Cruyff al que se dio, con razón, en llamar Dream Team. Por aquel entonces resultaba muy difícil regresar al colegio después de cada exhibición dominical del Barça, mientras que el Madrid se convertía, semana a semana, en el equipo rico que casi siempre ha sido, y en el conjunto apático capaz de hacer un fútbol brillante sólo a veces (por suerte, muchas veces). Los lunes eran difíciles no tanto por lo que se dejaba atrás como por lo que esperaba entre el aburrimiento de las aulas: la eterna disputa del campeón que no tiene demasiada piedad con el mediocre, ni aún en el tono rebajado de las conversaciones.
Mañana no me esperan los de siempre para recordarme el tema. Ya no me entristece ver en un terreno de juego el triunfo del que, simplemente, ha jugado mejor. Lo que sí me inquieta -sin excesos- es el derroche de energía que pude observar a mi alrededor mientras veía el partido en un pub del que recuerdo momentos bastante mejores.
Que pocas cosas hay más inteligentes que la risa es algo que se ha dicho hasta la saciedad, porque es verdad. Ayer me preguntaba dónde van a parar los espejismos de la risa. Y de dónde, también, viene ese impulso innecesario de simular la carcajada. Quienes gusten de asistir a los bares durante los partidos de fútbol habrán observado que existe una cierta tendencia mecánica a reirle las gracias precisamente a los que no la tienen, como si reir cualquier ocurrencia fuera una tarea estrictamente obligatoria. Dudo mucho que haya algún resquicio de inteligencia en ese acto, en esa entronización del bobo.
He visto a gente, que sé que en otras circunstancias no lo harían, reir la primera ocurrencia racista y sin gracia del tonto de turno. Es algo que ocurre con frecuencia y que sigo sin poder explicarme. He visto al más ignorante opinar agotadoramente de todo y sin criterio y, lo que es peor, al más listo asentir con la cabeza ante lo que decía. He visto al más tímido llamar la atención a la desesperada, y a la guapa de la fiesta fingir un interés a todas luces inexistente por el fútbol para contentar al no tan guapo. He visto cosas que hemos visto todos. Y nunca -ni siquiera ante la contundente derrota- estuve con la cara larga. Me gusta el fútbol porque es una manifestación más de la alegría, pero a veces pienso en aquellos lunes tan temidos del colegio. La risa entonces tenía ese cierto componente de crueldad que caracteriza a la infancia (que raramente se reía con alguien y sí muy a menudo de alguien). Es posible que con los años nos volvamos más listos, e incluso más sinceros. Pero desde luego también algo menos francos, y mucho más absurdos.


3 Comments:
Los recuerdos de la infancia son crueles y traidores a veces... Yo recuerdo esa época como un conjunto de momentos felices, de horas con mi padre y Pepe Domingo Castaño hablando de lo bueno que era el Dream Team del hombre-chupachups, de la Copa de Europa que no llegaba pero que se intuía...
No era muy consciente del fútbol en sí mismo, sólo me dedicaba a atesorar los momentos de esquizofrenia delirante que padecían mis seres queridos ante los goles culés, y a contagiarme de la alegría. Algo tan sencillo como eso ^_^
Quizá el fútbol, como exponente de las pulsiones más irracionales del hombre occidental, saque lo "peor" del ser humano, y haga que se le rían las gracias a todo (incluso a Ladrón de Guevara, juas).
Pero eso es parte del juego y no creo que desaparezca aunque queramos.
Supongo que ese tipo de risa es solo un método para intentar ser aceptado socialmente. En mi caso lo que más me jode es, justamente después de esa risita (o risotada), aquel pensamiento de "...pero menudo gilipollas estoy hecho...".
hola pue yo pienso que el estar en un partido de futbol como su madre lo trajo al mundo pues meparece de lo mas normal poreso viva el nudismo en los estadios firma el segurata
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