lunes, noviembre 07, 2005

Sobre las buenas maneras

Leía el otro día en el 20 minutos que los conductores de la Rober, la empresa que gestiona el transporte urbano de Granada, van a recibir un cursillo de autocontrol y buenas maneras para mejorar el servicio a los usuarios, que somos muchos y gustamos de hacinarnos en las paradas llenos de prisas, citas y horarios. A priori, uno no pensaría que la ciudad por la que he estado todo el día deambulando hoy precisa de esas cosas. El frío que ya se deja notar en las calles -y que por cierto le sienta estupendamente- confiere a Granada cierto aire refinado, cierta belleza que la hace parecer civilizada. Y no es que no lo sea, que lo es. Es sólo que a veces se empeña en no parecerlo. La cara amable que ofrecen estas calles, seamos francos, no siempre concuerda con la que ofrecen sus ciudadanos.
Un día cualquiera podría empezar, pongamos, por ejemplo, en la línea 8. Recuerdo haber visto en ella esta mañana a una señora que ha saludado al conductor, cosa atípica por estos lares. Como se ha sentado enfrente de mí me ha dado por fijarme en ella. También su sonrisa era algo atípica por infrecuente. No es que aquí el careto nos llegue siempre al suelo, pero el contraste con la amalgama de caras más bien poco dispuestas al saludo era desde luego bastante notable. Sé que los usuarios de la línea 8 me comprenden.
Dicho esto, no dejaré de mencionar que comer en el Realejo un día cualquiera es todo un lujo apenas perceptible por sus afortunados vecinos. Para llegar a eso, es probable que uno antes haya tenido que enfrentarse a funcionarios malhumorados, a expendedores de tickets de la cafetería de una facultad de cuyo nombre no quiero acordarme, pero cuya fama -no precisamente de simpáticos- empieza a ser demasiado preocupante para todos. Continúo. Uno tiene la suerte a veces de comer en el Realejo: hermoso barrio, hermoso restaurante, y hermosa compañía. Y cómo no, camarero con pinta de pocos amigos.
Si no fuera porque uno ya tiene experiencia en ese modo de ser, la impresión que se llevaría no sería precisamente grata. Siempre puede haber cosas peores, y una de ellas la he vivido de cerca hoy. El café Alameda, sito en la Plaza de la Mariana, es uno de esos sitios que parecen uno de tantos y sin embago no lo son. No tiene nada de particular, es frecuentado por guiris y por lo tanto ligeramente más caro de lo habitual. Puedo entenderlo de los guiris, pero me causaba cierta tristeza estar allí esta tarde compartiendo delicioso café y mejor tertulia con otras personas que viven, como yo, en Granada. Digo lo de la tristeza porque he comprobado, sorprendido, que nadie sabía que estábamos en un café cuya vida cuenta ya más años que la suma de, al menos, la edad de tres personas de las que nos encontrábamos allí, si no más. Poca gente sabe que sobrevivió a un incendio y sigue en pie, que en sus buenos tiempos hubo en él un tablao flamenco (el actual, por desgracia, es un local pequeño que no llama excesivamente la atención), que era frecuentado por García Lorca, por Falla, por Gregorio Martínez Sierra. Que por él pasaron Ortega y Gasset, Pedro Salinas o Juan Ramón Jiménez (la nómina de nombres ilustres puede ser inexacta, pero sobre todo incompleta, pues cito de memoria). Poca gente sabe que en él se gestó la revista Gallo.
Y en realidad no tendrían por qué saberlo. Eso tiene solución. Lo más triste es encontrar allí la figura solitaria de un camarero que se empeña en hacerte sentir vulgar en un sitio que no lo es. Mi tristeza iba en aumento al darme cuenta que uno se puede tomar un café en el Alameda como se lo tomaría en el Bar Manolo (siempre sin ánimo de ofender, en caso de que la casualidad quiera, que querrá, que algún bar se llame así). Consumir y largarse cuanto antes, para no molestar, eso es todo. Nada de propinas, y nada de despedirse del camarero. Ocupar un rato un sitio especial y no compartir cierta amabilidad cómplice tal vez a algunos les parezca normal. Yo lo encuentro bastante burdo.
No me refiero a la sonrisa postiza que busca el dinero del cliente. No me refiero a la agotadora y tal vez imposible tarea de quedar siempre bien. Me refiero al placer del tiempo, por breve que sea, compartido. A los conductores del autobús me encantaría darle los buenos días todas las mañanas, y que eso no llamara la atención por extraño. A los que regentan acogedoras cantinas en el Realejo me encantaría que supiesen que el rato que permanezco en sus locales no es para mí un trámite, sino un coqueto placer, y que eso no llamara la atención por extraño. A la lánguida distancia que transmite un café en el Alameda me encantaría ponerle la calidez de la tertulia en lugar de un azucarillo servido con desgana, y que eso no llamara la atención por extraño. A todos, me gustaría recordarles -y que me lo recordaran- que en el fondo todo se reduce a una elemental, dicharachera, básica, e inteligente ley de convivencia: se recibe a medida de lo que se da. ¿Verdad que nadie se muere por dar los buenos días?

5 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Secundo la (e)moción. Totalmente de acuerdo, siempre hay que estar a favor de la educación y en lucha por la alegría. Sin exagerar.

Noto yo que, generalizando, en el sector de la hostelería, los más jóvenes suelen ser más amables o amigables, señal de que la "batalla contra la vulgaridad" no está ni mucho menos perdida.

Esto va dedicado a las camareras que te dicen "guapo" con una sonrisa reciente exclusiva para ti (ignorando que algunos podemos confundir, a veces, la amabilidad con la atracción).

08 noviembre, 2005 09:38  
Anonymous Anónimo said...

Apoyo la moción igualmente: un tripartito en defensa de la lucha por la alegría civilizada y la convivencia agradable.
Cuando ves que en otras ciudades las leyes no escritas de educación social y respeto se suelen cumplir (véase León), intentas comprender por qué en la tuya todo el mundo tiende a la indeferencia o incluso al desprecio (cuantos roberianos se expresan por medios de bufidos ininteligibles, parecidos a onomatopeyas, cuando les preguntas algo...)

Al respecto me sucedió algo curioso el otro día en la cafetería olímpica: le solicité ciertos favores a uno de los camareros (era joven, sólo diré eso, no especificaré más datos) y, cuando me los concedió solícito, le respondí con un "Gracias, primor" que me salió del alma (sita en la punta del zapato). Y lo extraño fue que se extrañara, que creyera que yo era de alguna secta de captación o algo así.
Es triste, es triste... (perdona, he convertido tu blog en un sumidero de historias descorazonadoras).
Pongamos que hablamos de Granada...

08 noviembre, 2005 10:51  
Anonymous Anónimo said...

Efectivamente, me llamo Manolo y tengo un bar (a medias con mi cuñado).

¿Qué pasa?

Lo siento pero sí me has ofendido... bueno, un poquito sólo, tampoco vamos a exagerar... pero es que ya está uno harto de los típicos chistes fáciles...y además esta vez tengo motivos para una réplica y dejarte planchao.

Y es que, sabe que mi bar mantiene esa esencia de los "caféses" literarios, sí señor, con ese mismo vaho castizo en los cristales y con todo ese humo lechoso que envuelve metáforas. Sabe que si ayer existían cafés donde paraban Ortega, Valle Inclán o Fernán Gómez... hoy mi local es cenáculo de gente como (para que te hagas una idea de quién soy yo realmente): Gustavo Bueno, Javier Krahe o el propio Fernán Gómez. Este último, por cierto, nunca se ha quejado de la simpatía de nuestros camareros.

Bueno, la verdad es que ya se me ha pasado el enfado y en el fondo quiero agradecerte que me hayas dado pie a escribir esta perorata. Pásate cuando quieras y echamos unos capuchinos. Agur.

08 noviembre, 2005 13:42  
Blogger Montaigne granadino said...

Bueno Manolo, supe que eras tú desde el ¿qué pasa?
Siento haberte ofendido, más que nada porque tu mensaje me ha hecho reir una barbaridad.
A ver, a ver si te estiras con lo de los capuchinos, que no pretenderás que, encima de ofenderte, tenga que pagar yo. ¡Faltaría más!

08 noviembre, 2005 13:51  
Anonymous Anónimo said...

Soy usuaria del ocho, y yo sí saludo a los conductores. Pero eso da igual cuando no es devuelto, o cuando una vieja te empuja para conseguir un sitio que debe arrebatar a una juventud sin alma. En general es una ciudad con pocos modales y muy mal caracter, y nadie puede negarlo.

11 noviembre, 2005 19:46  

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