Sobre Match Point, de Woody Allen
Reconozco que soy de esos que, cuando van a ver una película de Woody Allen, tienden a decepcionarse un poco (sin demasías) cuando no actúa el propio Woody Allen. No sé, ese personaje neurótico, que siempre es el mismo en realidad, es uno de los motivos por los que suelo acudir puntualmente a ver sus películas. Supongo que es uno de los motivos también por los que a mucha gente no le gustan, pues es tan personal que la antipatía por la persona se acaba materializando en cierto rechazo visceral hacia el personaje. Vida de Woody Allen al margen, lo cierto es que para mí la llegada anual de su última obra a la cartelera granadina supone un pequeño acontecimiento que sobrepasa lo cinematográfico.Y lo sobrepasa no sólo porque suele venir en épocas que, como ésta, pueblan los cines de títulos que me apetece ver (maravillosa sensación, por cierto), sino también porque hay algo en el cine de Woody Allen que acaba por hacerse, a base de insistencia, extrañamente familiar. Uno va a ver sus películas como va a visitar a un pariente lejano. Rodar tanto tiene esas cosas, a veces te lo encuentras más animado, otras menos, pero el abuelo Woody suele casi siempre asegurarnos un buen rato. Ayer estuve viendo su última película, Match Point, y debo admitir que, pese a mi apriorística desconfianza hacia las pélículas en las que no aparece el Woody Allen actor, como decía al principio, la historia consiguió que tampoco me preocupara demasiado de echarlo de menos. Match Point está muy libre del pelirrojo ese de las gafas y su pequeña tiranía. De hecho, Match Point, en bastantes momentos, consigue estar bastante alejada de Woody Allen. Esa fue al menos mi impresión, y a pesar de lo que pueda parecer, fue una impresión bastante grata.
Una pelota de tenis que da en lo alto de la red, rebota, se debate unas décimas de segundo, y luego puede caer en el lado del contrario para hacerte ganar el partido, o en tu propio lado, dándote en ese caso un buen disgusto. En el tenis de mesa, cuando se da este hecho, el jugador que se ha visto favorecido por el azar pide perdón al contrario. Lejos del deporte, sin embargo, la vida no parece ser tan civilizada. Así nos lo muestra Woody Allen en una película que no destriparé aquí. Por eso en este punto me paro en seco, ahora que lo pienso.
Sí diré que a mí me gusta porque el tema del azar siempre acepta nuevas lecturas. Me gusta porque esa jungla humana que es Londres aparece vista con amor (yo también se lo profeso, sospecho, aunque aún no conozca esa ciudad), me gusta porque Scarlett Johansson me gusta, valga la redundancia. Y me gusta porque es otoño, porque Granada sigue oliendo a castañas asadas y una sala de cine (en este caso lamentable, de eso habría que hablar) sigue siendo una opción maravillosa en cualquier momento, pero más en esta época.


4 Comments:
Tengo que verla, tengo que verla, ¿seré una woodyniana y no lo sé aún?
Ya te dije que Londres te iba a gustar, quizá esté en tu esencia y no lo sepas :P
Hay muy buen cine por ahí, me acaban de recomendar "El jardinero fiel" también... Ya era hora de poder decir eso.
No, no lo sé, pero lo sospecho. Besines.
Gran peliculón.
Allen hace aquí un cine estrictamente moral (retomando el fértil rumbo de "Delitos y faltas"), y eso es algo que agradecemos los que estábamos ya al margen de sus últimas comedias reiterativas y sin gracia alguna.
Pero yo siempre reivindicaré a Woody Alen como un gran humorista. La obra suya que más me gusta no es una película, sino su recopilación de textos humorísticos "Cuentos sin pluma", donde no existe una sóla página que no estimule mi diafragma.
Bueno, yo también me apunto a eso de reivindicar a Woody Allen como un gran humorista (no un gran humorista: sencillamente uno de los mejores). Y al margen de eso, como un gran director de cine. Es lo bueno que tiene. Habbrá que leer "Cuentos sin pluma".
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