Sobre ser el enemigo
Nunca, ni tan siquieta mentalmente, se me ha ocurrido llevar cuenta de mis posibles enemigos. No hay necesidad, pues sean los que sean no suelen dar demasiadas señales de hostilidad y la convivencia con ellos, hasta el momento, está resultando de lo más pacífica. Mucho menos, por tanto, he pensado en elaborar otra lista, si cabe, mucho más insidiosa: la de que quienes me consideran su enemigo. En los tiempos que corren, además de la propia maldad que el mismo hecho de hacer ese listado ya comportaría, me parece poco menos que imposible llevar inventario de quienes, en inabarcable anonimato, te consideran su enemigo. La mayoría de las veces, eso es lo peor, sin saber siquiera que existes.Igual soy yo, que ya me estoy volviendo algo paranoico de llevar esta vida dedicada al estudio y casi por completo desligada de eso que llaman realidad (y que en el fondo es la televisión). El caso es que de un tiempo a esta parte detecto que son proscritas como hostiles, por determinados sectores, ciertas actitudes que yo practico. No veo por qué no practicarlas si me va bien con ellas (y decir esto es ya convertirme supuestamente en cínico, con lo que los enemigos del cinismo ya me considerarán su enemigo, en fin, así está la cosa). Pongamos como ejemplo que soy partidario de un estado aconfesional, incluso laico, donde el estudio de la religión católica sea una opción ofertable en los planes educativos para aquellos que la soliciten, pero en ningún caso obligatoria. El tema ya tiene ciertas contradicciones en las que no vamos a entrar, pero bueno. El caso es que, afirmándome en esa postura no haría sino participar en una tradición que, en la escuela española, a pesar de sus idas y vueltas, ya viene de antiguo. Pues bien, la sensación que tengo es que hoy en día me basta con decir esto para convertirme, automáticamente ante ciertas miradas, en un enemigo acérrimo de la Iglesia católica; y manifestar simplemente mi opinión en ese terreno sería poco menos que esgrimir, a sus ojos, mi visceral odio hacia el catolicismo y sus católicos. Habrá quien diga que exagero, pero me consta que estas cosas pasan.
Lo cierto es que uno no emprende por norma la agotadora tarea de odiar todo aquello de lo que no participa. En el ejemplo concreto que acabo de poner, sin ir más lejos, diré que nunca he sentido odio alguno hacia la Iglesia, ni hacia el catolicismo, ni hacia los católicos, ni casi hacia nada. Uno no debería ni molestarse en aclarar estas cosas pero, como digo, de un tiempo a esta parte, siempre tengo la sensación de tener que pedir perdón por ofensas que no cometo.
Habrá también quienes digan que ya con ese comentario me estoy definiendo ideológicamente, y que dichas actitudes se dan en ambos bandos. Cierto. Lo malo es que no quiero pertenecer a ningún bando, y no por pereza ni desidia, sino porque me da algo de repelús tener que aferrarme constantemente a la fuerza del grupo, a la ley de la tribu, para sobrevivir más de lo necesario. Únicamente, aparte de mí -que tengo tanto derecho como cualquiera a hacerlo-, me incluirán en un bando quienes ya de antemano necesiten convertirme en su enemigo para insultar sin tapujos desde el otro. Y eso es lo que, a mi modesto entender, resulta francamente molesto. ¡Quién pudiera dejar de ser objeto del esquematismo en estos tiempos!
Ayer, con motivo de esa manifestación en contra de la LOE (ley, por cierto, muy desgraciada a mi modo de ver), observé un hecho curioso en un informativo nada sospechoso de peloteo con el actual Gobierno. Un reportero se acercaba a pedir opinión a unos señores que habían acudido a Madrid para participar en la manifestación, justo antes nos habían explicado que una de las canciones que sonarían durante la marcha sería el inefable Borriquito como tú, del también inefable Peret. Mientras el reportero se acercaba, uno de estos señores, con una españolísima pinta de secundario en un tebeo de Mortadelo, vociferaba indescodificables gritos en contra de no sé quién de cuyo nombre no quiero acordarme, y ni siquiera hacía caso al reportero que, hábilmente y en la línea editorial de la cadena, dedicaba su trabajo a darnos una imagen triunfante de la manifestación. Y se supone que los borriquitos eran otros... ¡tururú!.
El hecho me hizo pensar. Hace mucho que no salgo a manifestarme por nada debido a que las ocasiones de hacerlo se multiplican como la maledicencia y he notado que el insulto brota casi espontáneamente, lo cual me da pánico. Hace mucho que no acabo de entender por qué discrepar es automáticamente pasar a ser el enemigo para algunos. Ayer me quedé pensando si eso que ahora con tanta recurrencia se ha dado en llamar crispación no es simplemente un forma de convertir al otro en enemigo sin saber siquiera quién es. Pensaba si quienes esgrimen cuando les conviene el derecho a la libertad de expresión se plantean alguna vez que, paralela a éste, nos topamos con una responsabilidad problemática, que no es la de repetir machaconamente y hasta la saciedad el propio discurso, sino la de escuchar al otro para poder calibrar después el alcance de lo que se dice. En resumidas cuentas, me quedé pensando si la enemistad no es en el fondo una forma burda de la sordera.


4 Comments:
Me parece que es inevitable tener enemigos. Entendiendo por enemigos gente contraria a tu parecer o gente dispuesta a vencerte en alguna determinada actividad. No hace falta irse a concepciones más épico-dramáticas del término enemigo. Me refiero simplemente a la idea de "contrario" y a la de "contrincante", en situaciones específicas. En este aspecto, yo no puedo más que desear que mis enemigos siempre estén a la altura de las circunstancias, es decir, que sean tanto más dignos, quisquillosos, complejos,... como digna, quisquillosa, compleja,... sea la polémica, la competición o la empresa en la que haya que embarcarse (a veces se mide la calidad de uno por la calidad de sus enemigos). Además, a veces es de toda utilidad contar con enemigos, con contrarios. Y no puedo más que desear que mis enemigos sean escrupulosos en el cumplimiento de "las reglas de juego", que muestren sus cartas al empezar y que la batalla sea honesta y esté, siempre que se pueda, sujeta a la observancia de un código pactado. Y efectivamente, aquí incluiríamos el saber escuchar al otro.
Ése es mi deseo.
A los enemigos hay que tenerlos cerca, o al menos eso dicen. Yo creo que de hecho se debe a la seguridad que nos da conocer los límites, configurar lo opuesto y contar con los ases en la manga necesarios.
Últimamente no escuchamos nada, la comunicación se ha vuelto unilateral y los psicólogos se forran con ello (y los de "Club de la Comedia" también).
Ahora me ha venido a la mente el entrañable momento en el que un tío mío, algo senil ya, me citó el testamento de Franco (y después me llamó "rojilla", juas): "Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera por tales".
Ahí queda otra forma de ver la enemistad (juas).
Nuestros enemigos, al igual,que nuestros amigos, nos definen en cierto modo. Unos desde el cariño,otros desde el odio, están revestidos de emociones, cada uno con su peculiar traje. Tener enemigos demuestra parte de esa emotividad, podría decirse que demuestran que tenemos algo tan humano como es la inquina, la envidia, en definitiva, esa amalgama de sombras que a veces nos perfilan mejor el rostro.
Otra cosa es hacer una lista y proponerse comprar un fusil para ir tachándolos.
Respecto a la LOE poco puedo decir, pero ante cualquier agrupación de más de 10 individuos, siempre siento desconfianza y miedo ( corear una misma consigna anula la nuestra propia ).
Nunca os digo lo mucho que me gustan vuestros comentarios. En este caso los siento muy por encima de mi propia entrada. Gracias, gracias, y mil veces gracias.
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