miércoles, noviembre 16, 2005

Sobre un pasaje de El lobo estepario , de Hermann Hesse

Entre mis pasiones más confesables, sin duda, se cuenta El lobo estepario, de Hermann Hesse. La primera vez que lo leí era adolescente, y lo hice movido por el consejo de alguien que me aseguraba que había que leerlo porque era una paranoia de libro en el que los personajes se drogaban. Sin otras indicaciones que esas, no tardé en ir a buscarlo a una biblioteca, sospechando que tal vez la novela de Hermann Hesse iba a suponer mi iniciación en el mundo de la lectura adulta, y que me otorgaría cierta distinción el mero hecho de mencionar por ahí que lo había leído. No podía ser más tonto. Lógicamente, nada más empezar a leerlo, el libro se convirtió en un suplicio para mí. Me aburrió, me desesperó, me hizo plantearme por primera vez muy seriamente la posibilidad de dejar una lectura a medias (por aquel entonces aquello era algo casi traumático, qué cosas) y, por supuesto, no entendí nada y de nada me enteré. Huelga decir que enseguida empecé a alardear de haberlo leído, cómo no. El caso es que este primer encuentro con El lobo estepario no acabó, por suerte, marcándome para siempre. Hoy hasta lo recuerdo con cierta ternura, nunca con nostalgia.
Creo que fue esa especie de culpabilidad que me generaba mi actitud adolescentemente intelectualoide la que me llevó, algunos años después, a leer la novela de nuevo. Entonces sí que me fascinó. Supongo que porque me dí cuenta -lo sigo sintiendo así, de hecho- de que era una narración que uno nunca puede abarcar del todo. Es más bien la narración la que lo abarca a uno que, cuando se quiere dar cuenta, ya se ha rendido a sus fríos encantos. Yo siempre me siento vencido por El lobo estepario, pero no me disgusta en absoluto ese hecho. Supongo que es ese el halo que tienen las que uno considera grandes obras, que más que una lectura al uso, exigen que uno las convierta en una experiencia. Por eso sospecho que, en cualquier momento de mi vida, la novela de Hesse siempre sabrá explicarme una parte de lo que soy (de lo que somos). Siempre querré envejecer teniéndola cerca. Y conste que eso no se lo digo a todo el mundo, ni lo digo de todas las novelas.
Es mucho lo que podría decir acerca de El lobo estepario, pero siempre me resulta más gratificante pensar que quien me lee se va a hacer el regalo de leerla, si no lo ha hecho ya, para después hacerla suya o incluso odiarla. Creo sinceramente que tanto si se llega a una conclusión como a otra, la experiencia merece la pena ser llevada a cabo al menos una vez en la vida. Solamente escribo sobre ella porque estos días me ronda la cabeza cierto pasaje de la novela en el que Harry Haller, el protagonista, vuelve de una exposición (creo que era una exposición) y, mientras medita si suicidarse o continuar, entra en un bar para, mientras se toma una copa, acabar observando cómo quienes le rodean son tan esteparios como él. Tipos silenciosos que apenas se saludan con un ademán y de cuya historia no sabemos nada.
A mí este pasaje me liberó de cierta agotadora tiranía que también arrastraba desde mi adolescencia: la de valorar los libros en función del grado de identificación con los personajes. Lo digo porque, a pesar de que mentiría si no admitiese que me siento calado hasta los huesos cada vez que leo El lobo estepario, son muy pocas las cosas que siento que me unen a su protagonista Harry Haller. Nunca tiendo a sentir demasiada empatía con él, no necesito ser él cuando lo leo, y él no es yo. Y eso me libera.
Como creo que mi antología perfecta (de eso hablaré en otra ocasión) no sería un compendio de obras sino de instantes, siempre me ha gustado pensar que uno puede ser cualquiera de esos otros lobos esteparios que miran a Harry Haller desde otra parte de la barra del bar. Creo que de alguna forma siempre me he acercado así a la ficción, con la distancia del bebedor acodado en la barra cuya mirada furtiva abarca más de lo que parece, pero no llega del todo a tocar en lo más hondo. Ni lo necesita, porque tiene a su favor el presente, la contundencia del instante.
Es así como pasan siempre por mí las hermosas palabras de Hermine:
"-Por lo general, los animales son tristes -continuó. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenías, lobo estepario, cuando te vi por primera vez."
Es posible que, algún día, también aprenda a reir.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Este libro(junto a alguno de Italo Calvino y la relectura de La insoportable levedad del ser) está en mi lista de pendientes, así que poco puedo decir. Sólo por lo citado merece la pena leerlo(sobre todo porque en Demian ya intuí lo buen escritor que era). Y así será.

17 noviembre, 2005 09:31  
Anonymous Anónimo said...

Lamneto pertenecer aún a tu primera etapa, a aquellos que se dieron de brucces contra una lectura agotadora, densa y hastiante, y que ya se ha leido tres veces las veintitantas páginas de la introducción.
Cuando ningún otro libro esté en mis manos, acometeré de nuevo la tarea ( esta vez desde las Anotaciones por supuesto ).

17 noviembre, 2005 12:27  
Anonymous Anónimo said...

Montaigne no sabía de tu blog... estoy por chivarme al planet Granada de que andas por aquí :P
Yo tambien pertenezco al grupo de tu primera etapa, pero he de decir, que la insoportable levedad del ser, sin en cambio, desde el primer momento que la leí, me encató y mucho, y ahora años despues... no soy capaz de releerla. Tal vez porque pienso que su recuerdo puede perder ese halo mágico con que lo guardo, y también, porque me quedan muuuchos libros por leer y no me gusta tener que repetir...
Un beso, y me alegra mucho volver a saber de tí :)

17 noviembre, 2005 20:38  
Blogger No_surprises said...

"-Por lo general, los animales son tristes -continuó. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenías, lobo estepario, cuando te vi por primera vez."

SOY UNA LOBA ESTEPARIA

12 febrero, 2006 12:54  

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