Sobre la lentitud
A veces me acusan de ser lento y joven. No les falta razón a quienes me recuerdan con frecuencia esa doble condición, o eso al menos me gustaría. Por ejemplo, ahora mismo he tenido que hacer una excepción para actualizar este blog y dejar lo que en realidad tenía previsto. Por ejemplo, también, dentro de un rato podría ponerme a estudiar inglés y francés, pues la prisa apremia (gran contradicción, además, pues la prisa se da de bruces con el estudio de una lengua extanjera), o simplemente podría escuchar lo que tenga que contarme la Reina de las Hadas, ver cómo una hermosa tarde de un viernes de diciembre que no se volverá a repetir pasa como un caracol ante mis ojos. Probablemente me decante por la prisa, por lo que debo y no por lo que quiero. ¿Verdad que todo esto no es sólo algo que me pase a mí?Una buena amiga, cada vez que menciono La lentitud, me apostilla la conversación advirtiéndome que no es la mejor novela de Milan Kundera. Y efectivamente yo tampoco creo que lo sea. Lo que sí creo es que es una gran idea de Kundera, una yuxtaposición magnífica de historias: un motorista que se aleja a toda velocidad de un castillo en el que ha pasado el fin de semana con su mujer, que deja atrás esa experiencia sumada con celeridad; y un cortejo del siglo XVIII que, entornando los ojos, se aleja también, pero en un coche de caballos, durante una mañana posterior a un encuentro amoroso clandestino. Uno suma la experiencia y rápidamente pasa página; otro se recrea en el recuerdo de lo que acaba de vivir, en la consciencia del placer que ha tenido, que acaba reconvirtiéndose en un nuevo tipo de placer.
Me inquieta la amable voracidad de los que siempre piden más y más rápido, me inquietan los que constatemente me recuerdan mis deberes de persona joven, porque quizá ya están temiendo demasiado dejar de serlo. Me inquietan aquellos que no se conmueven con el tic tac de las agujas de un reloj. Y me inquietan los que a veces huyen para no pararse a pensar de qué están huyendo. No prefiero la calma de los libros, de las buenas conversaciones, o de la música en un salón a oscuras porque me gusten más, sino por infrecuentes.
Por eso ahora podría alejarme rápidamente hacia lo que tengo que hacer, y seguramente lo haga, porque uno se rinde diariamente, porque uno hace siglos que tenía una derrota esperándolo como herencia. Y por eso ahora me gustaría hacer lo que quiero hacer. Es decir, afirmarme en que soy joven... y lento.
Porque la velocidad se ha convertido en un factor externo, en algo que ya nos viene impuesto, sólo quiero ser veloz para evitarla. Y porque la lentitud no se elogia, sino que ella misma es un elogio, quiero ser lento para disfrutarla. ¿Cómo podría explicarlo? Me gustaría ir acabando ya este artículo, apagar el ordenador, y empezar a caminar hacia algún sitio que no tenga que explicar. Y una vez allí, apagar las luces y dejar entrar la luz. El ruido, la velocidad, la juventud incluso, por un momento, se los vamos a dejar a los demás.


3 Comments:
Pues otra vez Dylan, diciendo: "me costó muchos años llegar a ser joven". Como diciendo: "así que ahora no me fastidiéis con bobadas y estereotipos".
"Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!..."
Yo también querría hacer eso de apagarlo todo y echar a andar sin motivo aparente y sin explicaciones necesarias (memoria colectiva de Forrest Gump) pero: a)no tengo valor suficiente y b)últimamente tengo que dar demasiadas explicaciones. Como si lo que yo hago fuera tan importante...
Dejemos a los caracoles tomar el solecico en el balcón ;-)
La velocidad es una condición de nuestros mecanismos modernos, y como buenos robots no estrellamos con ella. Lamentablemente la lentitud sólo me llena de vez en cuando y la mayoría de las veces la confundo con aburrimiento.
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