viernes, diciembre 23, 2005

Sobre la Navidad de 2005 en Granada


Mientras en la calle los días se hacen densos y la ciudad adquiere la belleza cálida de un alumbrado navideño me retienen en casa, como casi siempre, los libros. Voy de un Cid medieval a otro francés, y de ahí a otro modernista tratando de sacar algo en claro mientras sólo pienso -y eso que este trabajo es grato- en abandonar y abandonarme. Abandonar los libros, los artículos, la letra impresa. Y abandonarme a las letras brillantes de los escaparates y las calles. No por casualidad creo que hoy recuerdo cierto poema de Joan Margarit que concluye diciendo que esto será París y yo Verlaine, quizá para atestiguar como nunca que ni esto es una cosa ni yo soy la otra. Y que quizá hoy no habría necesidad de que lo fuésemos si simplemente tuviera algo de tiempo para pasar a formar parte de lo más inmediato: una ciudad y unos días de fiesta.
Debe ser este encierro en parte obligado en parte involuntario lo que me encabrona, supongo, porque lo cierto es que estos días, con más frecuencia que otras veces, siento unos deseos, una necesidad casi, irreprimibles de taparme los oídos. No para no escuchar el alboroto callejero que no puedo disfrutar todavía, no para ignorar los petardos o los villancicos, o el ruido de las máquinas registradoras de los grandes almacenes, sino más bien para dejar de oir una vez más la machacona excusa de que la Navidad es un invento de unos grandes almacenes, o que es una época hipócrita en la que los buenos sentimientos no se ven corroborados luego durante el resto del año, y toda esa retahíla de moralina de bar que sin duda a nadie le es ajena en estos días.
Bien es cierto -y lo sé por experiencia propia como por experiencia sé también que puede ser preciosa- que esta fiesta puede ser triste, pero de ahí a ser hipócrita va un mundo. Lo digo más que nada porque se me ocurren pocas cosas más mezquinas, más absurdas, que mezclar la bondad o la maldad del ser humano con una fiesta. La Navidad, como todas las fiestas, tiene que ver con el paso del tiempo. Y como todas tiene su ornato, su manifestación externa. De modo que póngase quien quiera un gorrito de Papá Noel y celébrelo como le venga en gana, que este escribiente al menos no ha de mezclar la culpa con las merinas.
Y es que hay algo noble en eso de tomar conciencia de que un año se acaba y estamos aquí para contarlo. Algo que merece, en mi humilde opinión, toda la exuberancia que uno pueda permitirse. Frótense las manos los comerciantes, si quieren, que tengo el defectillo de considerar el hecho de regalarle a las personas que quiero cualquier cosilla un acto de lo más civilizado. Frótense las manos también quienes nunca están dispuestos al placer. Tienen motivos para darme un tirón de orejas.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

I wanna wish you a Merry Christmas from the bottom of my heart...
Yo le he comprado hoy mismo un regalo a mi hermana que le va a encantar: me da igual que sea un hecho consumista, sólo quiero verle la cara de felicidad al abrirlo ^_^
Disfrutemos, pequeños hedonistas del mundo, de lo que la Navidad nos ofrece (que no es poco) ;-)

23 diciembre, 2005 22:10  
Anonymous Anónimo said...

Feliz Navidad.

23 diciembre, 2005 22:14  

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