Sobre Rafael Álvarez, El Brujo
Lleva uno tiempo viendo películas que lo resguardan del frío del invierno en una sala pequeña, películas que transmiten la calidez de un bar pequeño de la América Profunda (o así la llaman), que casi nunca acaba por resultar cálido. Y sí, pienso por ejemplo en Una historia de violencia, de David Cronenberg. Albolote ayer, en un domingo por la tarde prenavideño, tenía algo de eso. Una cafetería llena de miradas que ni eran enemigas ni acababan de ser amables. Obviamente, no éramos de allí, españolísima y rural expresión con la que estoy más familiarizado de lo que quisiera. Al menos nuestra presencia parecía divertirle a un tipo que estaba sentado solo en una mesa, con los ojos medio cerrados, y sin duda alguna, por su aspecto, debía de ser el presidente del club de fans de El Arrebato, o algo así. Las luces de las calles, que tanto me gustan, eran ya como el prólogo a lo que se iba a ver en el teatro: descansa un poco, chico, se va a apagar la luz y tienes un par de horas para la ensoñación, y cuando salgas estas luces seguirán encendidas, el sueño continuará durante los próximos días.Y he aquí que algo después El Brujo ya lleva un rato contándote cuentos como sólo saben hacerlo los maestros, y que no necesita tener las manos en los bolsillos mientras habla, ni caer en los topicazos acerca de la manida "crisis de los treinta" para hacernos reir con un monólogo, porque la belleza que él practica es vieja. Y honda. Nos recuerda que Don Quijote está hecho a imagen y semenjanza de Amadís de Gaula, y éste de Lancelot, y éste de Orlando, y así continuamente. Si eso es así -dice El Brujo- yo soy Don Quijote. Nos recuerda que esto es teatro, y que por tanto necesita una espada, pero no una espada metafórica, sino de las de verdad, de las que cortan; y coge un pergamino enrollado en el suelo y acomete contra unas pieles de vino invisibles, pero que sangran porque lo dice él. Y ya tiene una espada, de las de verdad. Y uno lo mira con la boca abierta, tras haberse reído lo suyo antes, para emocionarse con la valentía escénica de este hombre, que no es de las valentías metafóricas, sino de las de verdad.
Porque hay a quien no le gusta el teatro y esgrime -con toda la razón- que no se lo cree. Pero ver al Brujo es ver otra cosa. El Brujo hace malabares con las palabras, materia prima y casi única del espectáculo. A veces da la impresión de que sólo le falta coger cuatro o cinco y empezar a jugar con ellas con las manos como si fueran naranjas, o pelotas de tenis. Y casi puedes verlas, las escenifica, las vende como si fueran verdad. Gran negociante debe ser este, por tanto, que hace que uno se vaya con la impresión de haber salido ganando con el trato, pues cinco lerus a cambio de tan buen rato se antojan demasiado pocos. Él, sin embargo, supongo que no sólo se mete en el bolsillo ese dinero, sino también al público.
Lo ví algo menos contenido que otras veces, quizá cansado por una larga serie de actuaciones y viajes, pero espléndido como sólo él sabe serlo. Ironiza sobre El Quijote y sobre el Centenario, sobre la pesadez que puede conllevar el acto mismo de leer una obra tan densa. Pero se nota que lo ama tanto, que conoce tan bien esos textos del ignominiosamente llamado Siglo de Oro español, que ha acabado por parecerse a ellos porque la natura es tal que en ella cada cosa engendra su semejante. A mí me resulta fácil imaginarme ese bellísimo rostro en un grabado ilustrando un manual escolar de literatura española. Aquí tenéis a Rafael Álvarez, conocido como El Brujo, autor del Lazarillo de Tormes.
Y es que al salir del teatro había quien decía que realmente es un Brujo. Yo venero ese mundo que sucede en interiores. Yo dejo que mi memoria exagere y recuerde los días en los que mi abuela me contaba historias por estas mismas fechas al calor de una lumbre. Y sí, es un brujo, pues casi consiguió que saliese del teatro con el olor del humo en la ropa. Pero no un humo metafórico, sino de los de verdad.


5 Comments:
Siempre me han hablado bien del Brujo, de su buen hacer en un escenario y de todo lo que él representa. No creo que se le den premios y reconocimientos por gusto o compromiso, algo de genialidad tien que haber también.
Yo le veo porte de Don Quijote, de héroe de aventuras, de corsario valeroso... (Quizá, en el fondo, lo sea).
La memoria siempre exagera, sobre todo en lo referido a la niñez, y es grato que así sea porque nos permite fantasear con lo que hemos perdido... No es una buena época, no lo es. Pero siempre nos queda el consuelo de los momentos atesorados.
Qué grande. Dijo cosas que no se olvidan. Cosas que si no las dijera él (y de aquella manera) me habría sido imposible escucharlas.
Lo de la espada, "pero una espada de verdad" (con sonrisa pillína y como murmurando entre dientes..."porque, jeje, voy a destrozar estos pellejos de verdad") fue muy hermoso.
He dedicado mi duermevela a revivir la obra. No he tenido suficiente de ese Quijote "de verdad" ni de ese Rafaé disfrazado.
Realmente fue una preciosidad, una noche para deambular luego por el pensamiento y, como él mismo decía, la palabra.
Este texto es muy chandlin... o chalen... o champin... bueno, ya me entendéis... ;-)
Chádequin, o chádiquin... sí que te entiendo. Pero ten cuidado con el Champín, sobre todo por estas fechas. Él payaso ese de la etiqueta sin duda tiene malas intenciones.
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