sábado, noviembre 26, 2005

Sobre George Best (o la redención)

Vuelvo a escribir tras unos días en los que me han reclamado más las aulas, las calles, los alumnos, la odiosa conciencia de que el tiempo pasa, las espectativas... que el teclado del ordenador. No tocaría hablar de fútbol hoy, supongo, si no fuera porque la actualidad tiende a poner las cosas en su sitio y esto se veía venir desde hace tiempo. Ayer al fin ocurrió. Ayer murió George Best, quiero decir.
Hay dos jugadores que no conocí en su época de esplendor y de los que me ha bastado "tirar de hemeroteca", como se dice ahora, para darme cuenta de que no eran como los demás, de que realmente tenían algo especial. Uno de ellos es Garrincha (del que habrá que hablar otro día), el otro, George Best. Ambos me llegan ahora con la estela de los poetas malditos del fútbol. Ambos tenían un regate imparable, una fama de conquistadores insaciables, y una tendencia hacia el hedonismo llevado hasta sus últimas consecuencias, que son las del drama personal, las de la tragedia casi. Una dualidad, en definitiva, que hace que recuerde una vez más las páginas de El lobo estepario, venerados hasta extremos peligrosos por su genialidad futbolística y su descaro ante la vida, pero devoradores de sí mismos a la postre. Garrincha murió pobre, feo como siempre había sido, y alcoholizado. Best se nos fue ayer quizá no tan pobre, con el deterioro físico que de alguna manera todavía recordaba al hombre bello que había sido, y con un hígado prestado, pues el suyo se lo tuvieron que transplantar debido a sus problemas con el alcohol. Sigan descansando en paz, sin él, las defensas de todos los equipos.
Como digo, George Best es uno de esos casos que representan, en el terreno del fútbol, la dualidad de los malditos. Un grandioso partido en la Copa de Europa le valió el apodo de el quinto beatle, tanto por su aspecto como por su apego a una época algo loca que hasta entonces había estado desvinculada casi por completo del fútbol. Una -no sé si llamar grandiosa también- desmedida afición al alcohol le valió igualmente ser descrito por una de sus ex-mujeres como "el más grande pedazo de mierda que pudiera imaginarse". Y es que, para bien o para mal, Best fue probablemente el primer futbolista que se convirtió en algo más que un futbolista. Sus salidas de tono ante la prensa son antológicas: "He gastado mucho dinero en borracheras, mujeres y coches. El resto lo he derrochado", dijo una vez; o "dicen que me he acostado con siete Miss Mundos. No es cierto, sólo fueron tres"; o incluso "podría ir a Alcohólicos Anónimos, pero será difícil lo de ser anónimo". Son sólo tres muestras de la afilada lengua de Best que los muy futboleros sin duda conocerán, y que servirán para que los que no lo sean se hagan una idea de la tendencia de Best a buscarse problemas. De su veterano compañero en el Manchester United, Sir Bobby Charlton, todo un prototipo de gentleman aún hoy para los ingleses (Best era norirlandés, de Belfast), no se le ocurrió otra cosa que decir: "envié a mi hijo a una de sus escuelas de fútbol, y volvió calvo". Todo un personaje este Best.
Amo el fútbol y siempre tuve alguna simpatía por el Manchester United. Tuve un profesor de inglés que tuvo la suerte de ver jugar a Best durante sus tres años de gloria y apogeo en el United, antes de arrastrarse por equipos de cuarta fila. Me contaba que llegó a marcar seis goles en un solo partido, que el estadio entero enmudecía cuando Bestie cogía la pelota a la espera de las diabluras que se le ocurrían casi siempre. Supongo que ha tenido la desgraciada suerte de morir sin redimirse por sus muchos -y algunos envidiables- pecados. Ni falta que le hacía, supongo. Gozó en vida del ruido frenético de los placeres y del silencio reverencial del público. El drama que le adivino quizá fue sólo el precio que un lobo estepario sabe que tiene que pagar. Un estepario casi siempre lo paga.

domingo, noviembre 20, 2005

Sobre la risa innecesaria

Miro casi con alivio hacia el fin de este domingo que se esfuma, confiando en que tal vez con él se vaya un fin de semana horribilis caracterizado por las prisas, el estrés, los plazos, la ausencia, la apatía... y para colmo un fastidioso dolor de espalda que me tiene todo el tiempo encorvado y me hace adoptar cierta postura humillante ante el ordenador. Eso en la parte mala.
En la buena, también se va ya un fin de semana que me deja el sabor inconfundible de las buenas lecturas, y de la golosina que suponen los deuvedés. Nada importa. Ni las páginas llenas de evocación nostálgica de Memorias de África, de Isak Dinesen, ni la soberbia interpretación de Jack Lemmon en Días de vino y rosas (sí, yo también hubiera llegado hasta ahí por amor, creo) parecen tener demasiado peso en este día en que la resaca del partido de ayer en el Bernabeu parece querer ocuparlo todo.
Mi equipo, el Real Madrid, fue convenientemente vapuleado por un FC Barcelona extraordinario del que todo lo que puedo decir es que, de no ser ayer su rival el que era, me hubiera hecho disfrutar del placer de ver un partido de fútbol como ya casi ningún equipo sabe hacerlo. Debe haber algo de justicia extrapolable en la victoria del Barça cuando todo el mundo anda hoy hablando del triunfo de la belleza frente a la apatía. No les quito la razón a los que dicen eso.
Durante algunos años, siendo todavía niño, los lunes se encargaba de amargármelos un equipo de fútbol entrenado por Johan Cruyff al que se dio, con razón, en llamar Dream Team. Por aquel entonces resultaba muy difícil regresar al colegio después de cada exhibición dominical del Barça, mientras que el Madrid se convertía, semana a semana, en el equipo rico que casi siempre ha sido, y en el conjunto apático capaz de hacer un fútbol brillante sólo a veces (por suerte, muchas veces). Los lunes eran difíciles no tanto por lo que se dejaba atrás como por lo que esperaba entre el aburrimiento de las aulas: la eterna disputa del campeón que no tiene demasiada piedad con el mediocre, ni aún en el tono rebajado de las conversaciones.
Mañana no me esperan los de siempre para recordarme el tema. Ya no me entristece ver en un terreno de juego el triunfo del que, simplemente, ha jugado mejor. Lo que sí me inquieta -sin excesos- es el derroche de energía que pude observar a mi alrededor mientras veía el partido en un pub del que recuerdo momentos bastante mejores.
Que pocas cosas hay más inteligentes que la risa es algo que se ha dicho hasta la saciedad, porque es verdad. Ayer me preguntaba dónde van a parar los espejismos de la risa. Y de dónde, también, viene ese impulso innecesario de simular la carcajada. Quienes gusten de asistir a los bares durante los partidos de fútbol habrán observado que existe una cierta tendencia mecánica a reirle las gracias precisamente a los que no la tienen, como si reir cualquier ocurrencia fuera una tarea estrictamente obligatoria. Dudo mucho que haya algún resquicio de inteligencia en ese acto, en esa entronización del bobo.
He visto a gente, que sé que en otras circunstancias no lo harían, reir la primera ocurrencia racista y sin gracia del tonto de turno. Es algo que ocurre con frecuencia y que sigo sin poder explicarme. He visto al más ignorante opinar agotadoramente de todo y sin criterio y, lo que es peor, al más listo asentir con la cabeza ante lo que decía. He visto al más tímido llamar la atención a la desesperada, y a la guapa de la fiesta fingir un interés a todas luces inexistente por el fútbol para contentar al no tan guapo. He visto cosas que hemos visto todos. Y nunca -ni siquiera ante la contundente derrota- estuve con la cara larga. Me gusta el fútbol porque es una manifestación más de la alegría, pero a veces pienso en aquellos lunes tan temidos del colegio. La risa entonces tenía ese cierto componente de crueldad que caracteriza a la infancia (que raramente se reía con alguien y sí muy a menudo de alguien). Es posible que con los años nos volvamos más listos, e incluso más sinceros. Pero desde luego también algo menos francos, y mucho más absurdos.

jueves, noviembre 17, 2005

Sobre el sol después de la lluvia


Media vida huyendo de los tópicos y, sin embargo, hay días en los que son contundentemente útiles. El sol se me ha metido en casa hoy. Gracias por la luz.

miércoles, noviembre 16, 2005

Sobre un pasaje de El lobo estepario , de Hermann Hesse

Entre mis pasiones más confesables, sin duda, se cuenta El lobo estepario, de Hermann Hesse. La primera vez que lo leí era adolescente, y lo hice movido por el consejo de alguien que me aseguraba que había que leerlo porque era una paranoia de libro en el que los personajes se drogaban. Sin otras indicaciones que esas, no tardé en ir a buscarlo a una biblioteca, sospechando que tal vez la novela de Hermann Hesse iba a suponer mi iniciación en el mundo de la lectura adulta, y que me otorgaría cierta distinción el mero hecho de mencionar por ahí que lo había leído. No podía ser más tonto. Lógicamente, nada más empezar a leerlo, el libro se convirtió en un suplicio para mí. Me aburrió, me desesperó, me hizo plantearme por primera vez muy seriamente la posibilidad de dejar una lectura a medias (por aquel entonces aquello era algo casi traumático, qué cosas) y, por supuesto, no entendí nada y de nada me enteré. Huelga decir que enseguida empecé a alardear de haberlo leído, cómo no. El caso es que este primer encuentro con El lobo estepario no acabó, por suerte, marcándome para siempre. Hoy hasta lo recuerdo con cierta ternura, nunca con nostalgia.
Creo que fue esa especie de culpabilidad que me generaba mi actitud adolescentemente intelectualoide la que me llevó, algunos años después, a leer la novela de nuevo. Entonces sí que me fascinó. Supongo que porque me dí cuenta -lo sigo sintiendo así, de hecho- de que era una narración que uno nunca puede abarcar del todo. Es más bien la narración la que lo abarca a uno que, cuando se quiere dar cuenta, ya se ha rendido a sus fríos encantos. Yo siempre me siento vencido por El lobo estepario, pero no me disgusta en absoluto ese hecho. Supongo que es ese el halo que tienen las que uno considera grandes obras, que más que una lectura al uso, exigen que uno las convierta en una experiencia. Por eso sospecho que, en cualquier momento de mi vida, la novela de Hesse siempre sabrá explicarme una parte de lo que soy (de lo que somos). Siempre querré envejecer teniéndola cerca. Y conste que eso no se lo digo a todo el mundo, ni lo digo de todas las novelas.
Es mucho lo que podría decir acerca de El lobo estepario, pero siempre me resulta más gratificante pensar que quien me lee se va a hacer el regalo de leerla, si no lo ha hecho ya, para después hacerla suya o incluso odiarla. Creo sinceramente que tanto si se llega a una conclusión como a otra, la experiencia merece la pena ser llevada a cabo al menos una vez en la vida. Solamente escribo sobre ella porque estos días me ronda la cabeza cierto pasaje de la novela en el que Harry Haller, el protagonista, vuelve de una exposición (creo que era una exposición) y, mientras medita si suicidarse o continuar, entra en un bar para, mientras se toma una copa, acabar observando cómo quienes le rodean son tan esteparios como él. Tipos silenciosos que apenas se saludan con un ademán y de cuya historia no sabemos nada.
A mí este pasaje me liberó de cierta agotadora tiranía que también arrastraba desde mi adolescencia: la de valorar los libros en función del grado de identificación con los personajes. Lo digo porque, a pesar de que mentiría si no admitiese que me siento calado hasta los huesos cada vez que leo El lobo estepario, son muy pocas las cosas que siento que me unen a su protagonista Harry Haller. Nunca tiendo a sentir demasiada empatía con él, no necesito ser él cuando lo leo, y él no es yo. Y eso me libera.
Como creo que mi antología perfecta (de eso hablaré en otra ocasión) no sería un compendio de obras sino de instantes, siempre me ha gustado pensar que uno puede ser cualquiera de esos otros lobos esteparios que miran a Harry Haller desde otra parte de la barra del bar. Creo que de alguna forma siempre me he acercado así a la ficción, con la distancia del bebedor acodado en la barra cuya mirada furtiva abarca más de lo que parece, pero no llega del todo a tocar en lo más hondo. Ni lo necesita, porque tiene a su favor el presente, la contundencia del instante.
Es así como pasan siempre por mí las hermosas palabras de Hermine:
"-Por lo general, los animales son tristes -continuó. Y cuando un hombre está muy triste, no porque tenga dolor de muelas o haya perdido dinero, sino porque alguna vez por un momento se da cuenta de cómo es todo, cómo es la vida entera y está justamente triste, entonces se parece siempre un poco a un animal; entonces tiene un aspecto de tristeza, pero es más justo y más hermoso que nunca. Así es, y ese aspecto tenías, lobo estepario, cuando te vi por primera vez."
Es posible que, algún día, también aprenda a reir.

domingo, noviembre 13, 2005

Sobre ser el enemigo

Nunca, ni tan siquieta mentalmente, se me ha ocurrido llevar cuenta de mis posibles enemigos. No hay necesidad, pues sean los que sean no suelen dar demasiadas señales de hostilidad y la convivencia con ellos, hasta el momento, está resultando de lo más pacífica. Mucho menos, por tanto, he pensado en elaborar otra lista, si cabe, mucho más insidiosa: la de que quienes me consideran su enemigo. En los tiempos que corren, además de la propia maldad que el mismo hecho de hacer ese listado ya comportaría, me parece poco menos que imposible llevar inventario de quienes, en inabarcable anonimato, te consideran su enemigo. La mayoría de las veces, eso es lo peor, sin saber siquiera que existes.
Igual soy yo, que ya me estoy volviendo algo paranoico de llevar esta vida dedicada al estudio y casi por completo desligada de eso que llaman realidad (y que en el fondo es la televisión). El caso es que de un tiempo a esta parte detecto que son proscritas como hostiles, por determinados sectores, ciertas actitudes que yo practico. No veo por qué no practicarlas si me va bien con ellas (y decir esto es ya convertirme supuestamente en cínico, con lo que los enemigos del cinismo ya me considerarán su enemigo, en fin, así está la cosa). Pongamos como ejemplo que soy partidario de un estado aconfesional, incluso laico, donde el estudio de la religión católica sea una opción ofertable en los planes educativos para aquellos que la soliciten, pero en ningún caso obligatoria. El tema ya tiene ciertas contradicciones en las que no vamos a entrar, pero bueno. El caso es que, afirmándome en esa postura no haría sino participar en una tradición que, en la escuela española, a pesar de sus idas y vueltas, ya viene de antiguo. Pues bien, la sensación que tengo es que hoy en día me basta con decir esto para convertirme, automáticamente ante ciertas miradas, en un enemigo acérrimo de la Iglesia católica; y manifestar simplemente mi opinión en ese terreno sería poco menos que esgrimir, a sus ojos, mi visceral odio hacia el catolicismo y sus católicos. Habrá quien diga que exagero, pero me consta que estas cosas pasan.
Lo cierto es que uno no emprende por norma la agotadora tarea de odiar todo aquello de lo que no participa. En el ejemplo concreto que acabo de poner, sin ir más lejos, diré que nunca he sentido odio alguno hacia la Iglesia, ni hacia el catolicismo, ni hacia los católicos, ni casi hacia nada. Uno no debería ni molestarse en aclarar estas cosas pero, como digo, de un tiempo a esta parte, siempre tengo la sensación de tener que pedir perdón por ofensas que no cometo.
Habrá también quienes digan que ya con ese comentario me estoy definiendo ideológicamente, y que dichas actitudes se dan en ambos bandos. Cierto. Lo malo es que no quiero pertenecer a ningún bando, y no por pereza ni desidia, sino porque me da algo de repelús tener que aferrarme constantemente a la fuerza del grupo, a la ley de la tribu, para sobrevivir más de lo necesario. Únicamente, aparte de mí -que tengo tanto derecho como cualquiera a hacerlo-, me incluirán en un bando quienes ya de antemano necesiten convertirme en su enemigo para insultar sin tapujos desde el otro. Y eso es lo que, a mi modesto entender, resulta francamente molesto. ¡Quién pudiera dejar de ser objeto del esquematismo en estos tiempos!
Ayer, con motivo de esa manifestación en contra de la LOE (ley, por cierto, muy desgraciada a mi modo de ver), observé un hecho curioso en un informativo nada sospechoso de peloteo con el actual Gobierno. Un reportero se acercaba a pedir opinión a unos señores que habían acudido a Madrid para participar en la manifestación, justo antes nos habían explicado que una de las canciones que sonarían durante la marcha sería el inefable Borriquito como tú, del también inefable Peret. Mientras el reportero se acercaba, uno de estos señores, con una españolísima pinta de secundario en un tebeo de Mortadelo, vociferaba indescodificables gritos en contra de no sé quién de cuyo nombre no quiero acordarme, y ni siquiera hacía caso al reportero que, hábilmente y en la línea editorial de la cadena, dedicaba su trabajo a darnos una imagen triunfante de la manifestación. Y se supone que los borriquitos eran otros... ¡tururú!.
El hecho me hizo pensar. Hace mucho que no salgo a manifestarme por nada debido a que las ocasiones de hacerlo se multiplican como la maledicencia y he notado que el insulto brota casi espontáneamente, lo cual me da pánico. Hace mucho que no acabo de entender por qué discrepar es automáticamente pasar a ser el enemigo para algunos. Ayer me quedé pensando si eso que ahora con tanta recurrencia se ha dado en llamar crispación no es simplemente un forma de convertir al otro en enemigo sin saber siquiera quién es. Pensaba si quienes esgrimen cuando les conviene el derecho a la libertad de expresión se plantean alguna vez que, paralela a éste, nos topamos con una responsabilidad problemática, que no es la de repetir machaconamente y hasta la saciedad el propio discurso, sino la de escuchar al otro para poder calibrar después el alcance de lo que se dice. En resumidas cuentas, me quedé pensando si la enemistad no es en el fondo una forma burda de la sordera.

jueves, noviembre 10, 2005

Sobre El jardinero fiel, de Fernando Meirelles

¿Cómo explicarlo? Llevaba algunos días deseando encontrar unos minutillos, apenas los suficientes para escribir algo acerca del Doctor Zhivago (libro, novela, personaje), y ahora resulta que, mientras se demoraban, algo parecido a la casualidad ha querido que El jardinero fiel, hermosa película de Fernando Meirelles, se cruce en mi camino para aguijonearme en otro sentido al que tenía previsto con este gusanillo incurable del cine, para que me resulte ahora mucho más apremiante decir algunas cosas tomando como excusa esta demoledora historia que sé que ya estará irremediablemente unida a mi memoria en años venideros. A veces, la belleza lo hace a uno cambiar de planes. Y es maravilloso cuando eso ocurre.
Fue en Memorias de África (esa obra maestra a la que también tendré que dedicarle unas palabras más pronto que tarde) donde escuchamos a Meryl Streep (o Isak Dinesen) decir aquello de "si yo sé una canción sobre África... ¿sabe África una canción sobre mí?". El África de Fernando Meirelles no parece saber demasiado de canciones. Más aún, nadie parece saber de canciones sobre ese África. Quedan muy lejos de esta película aquellas sabanas de tiempo denso y ritmo reposado. El jardinero fiel nos muestra, entre otras cosas, la violenta hermosura de un país, de un continente, en el que hasta los pantanos han acabado por adquirir el rojo espeso de la sangre. Uno hasta se asusta de caer tan fácilmente en el truco de encontrar una belleza barroca en un escenario tan cruento. Sé que es un truco -pensaba mientras la veía- sé que todo forma parte de un plan, sé que esta sucesión de fotogramas está cuidadosamente dispuesta para dirigir mi mirada en una dirección muy concreta. Sé, además, que no puedo, ni quiero resistirme.
Aceptando la derrota de intentar parecer siempre más listo, agotado por tanto exceso de crítica y ganas de distinción, pegado simplemente a la butaca con el corazón en un puño... casi que lo más sensato a veces es dejarse seducir. En este caso por el cerebro que ha ideado todo eso, por la sensibilidad que no da concesiones al sentimentalismo. Por el viejo arte, en suma, de dejarse llevar por la eficacia de las hermosas historias bellamente narradas. No soy, ni lo pretendo, crítico de cine, así que no voy a entrar en demasiados detalles sobre la película para no convertirme tampoco en un destripador de historias a los ojos de aquellos que no la hayan visto.
Nadie se molestará, espero, si digo que son muy pocas las veces que uno experimenta en una sala de cine una sensación de anulación tan placentera, una impresión inequívoca de estar ante algo mucho más grande que uno. A mí me ocurrió con El jardinero fiel.
Por cierto, antes de entrar al cine, mientras esperaba a que la suerte viniera a sonreirme y meterse conmigo en la sala, noté que las hojas secas del otoño siguen esparcidas por la Carrera de la Virgen. Entretuve mi rato de espera jugando con una de ellas entre las manos. Es un hecho trivial que de alguna manera anticipaba lo que iba a ser la película. Y es que a veces no hay flores, y asusta pensar que una hoja seca también puede conmover.

lunes, noviembre 07, 2005

Sobre las buenas maneras

Leía el otro día en el 20 minutos que los conductores de la Rober, la empresa que gestiona el transporte urbano de Granada, van a recibir un cursillo de autocontrol y buenas maneras para mejorar el servicio a los usuarios, que somos muchos y gustamos de hacinarnos en las paradas llenos de prisas, citas y horarios. A priori, uno no pensaría que la ciudad por la que he estado todo el día deambulando hoy precisa de esas cosas. El frío que ya se deja notar en las calles -y que por cierto le sienta estupendamente- confiere a Granada cierto aire refinado, cierta belleza que la hace parecer civilizada. Y no es que no lo sea, que lo es. Es sólo que a veces se empeña en no parecerlo. La cara amable que ofrecen estas calles, seamos francos, no siempre concuerda con la que ofrecen sus ciudadanos.
Un día cualquiera podría empezar, pongamos, por ejemplo, en la línea 8. Recuerdo haber visto en ella esta mañana a una señora que ha saludado al conductor, cosa atípica por estos lares. Como se ha sentado enfrente de mí me ha dado por fijarme en ella. También su sonrisa era algo atípica por infrecuente. No es que aquí el careto nos llegue siempre al suelo, pero el contraste con la amalgama de caras más bien poco dispuestas al saludo era desde luego bastante notable. Sé que los usuarios de la línea 8 me comprenden.
Dicho esto, no dejaré de mencionar que comer en el Realejo un día cualquiera es todo un lujo apenas perceptible por sus afortunados vecinos. Para llegar a eso, es probable que uno antes haya tenido que enfrentarse a funcionarios malhumorados, a expendedores de tickets de la cafetería de una facultad de cuyo nombre no quiero acordarme, pero cuya fama -no precisamente de simpáticos- empieza a ser demasiado preocupante para todos. Continúo. Uno tiene la suerte a veces de comer en el Realejo: hermoso barrio, hermoso restaurante, y hermosa compañía. Y cómo no, camarero con pinta de pocos amigos.
Si no fuera porque uno ya tiene experiencia en ese modo de ser, la impresión que se llevaría no sería precisamente grata. Siempre puede haber cosas peores, y una de ellas la he vivido de cerca hoy. El café Alameda, sito en la Plaza de la Mariana, es uno de esos sitios que parecen uno de tantos y sin embago no lo son. No tiene nada de particular, es frecuentado por guiris y por lo tanto ligeramente más caro de lo habitual. Puedo entenderlo de los guiris, pero me causaba cierta tristeza estar allí esta tarde compartiendo delicioso café y mejor tertulia con otras personas que viven, como yo, en Granada. Digo lo de la tristeza porque he comprobado, sorprendido, que nadie sabía que estábamos en un café cuya vida cuenta ya más años que la suma de, al menos, la edad de tres personas de las que nos encontrábamos allí, si no más. Poca gente sabe que sobrevivió a un incendio y sigue en pie, que en sus buenos tiempos hubo en él un tablao flamenco (el actual, por desgracia, es un local pequeño que no llama excesivamente la atención), que era frecuentado por García Lorca, por Falla, por Gregorio Martínez Sierra. Que por él pasaron Ortega y Gasset, Pedro Salinas o Juan Ramón Jiménez (la nómina de nombres ilustres puede ser inexacta, pero sobre todo incompleta, pues cito de memoria). Poca gente sabe que en él se gestó la revista Gallo.
Y en realidad no tendrían por qué saberlo. Eso tiene solución. Lo más triste es encontrar allí la figura solitaria de un camarero que se empeña en hacerte sentir vulgar en un sitio que no lo es. Mi tristeza iba en aumento al darme cuenta que uno se puede tomar un café en el Alameda como se lo tomaría en el Bar Manolo (siempre sin ánimo de ofender, en caso de que la casualidad quiera, que querrá, que algún bar se llame así). Consumir y largarse cuanto antes, para no molestar, eso es todo. Nada de propinas, y nada de despedirse del camarero. Ocupar un rato un sitio especial y no compartir cierta amabilidad cómplice tal vez a algunos les parezca normal. Yo lo encuentro bastante burdo.
No me refiero a la sonrisa postiza que busca el dinero del cliente. No me refiero a la agotadora y tal vez imposible tarea de quedar siempre bien. Me refiero al placer del tiempo, por breve que sea, compartido. A los conductores del autobús me encantaría darle los buenos días todas las mañanas, y que eso no llamara la atención por extraño. A los que regentan acogedoras cantinas en el Realejo me encantaría que supiesen que el rato que permanezco en sus locales no es para mí un trámite, sino un coqueto placer, y que eso no llamara la atención por extraño. A la lánguida distancia que transmite un café en el Alameda me encantaría ponerle la calidez de la tertulia en lugar de un azucarillo servido con desgana, y que eso no llamara la atención por extraño. A todos, me gustaría recordarles -y que me lo recordaran- que en el fondo todo se reduce a una elemental, dicharachera, básica, e inteligente ley de convivencia: se recibe a medida de lo que se da. ¿Verdad que nadie se muere por dar los buenos días?

domingo, noviembre 06, 2005

Sobre Match Point, de Woody Allen

Reconozco que soy de esos que, cuando van a ver una película de Woody Allen, tienden a decepcionarse un poco (sin demasías) cuando no actúa el propio Woody Allen. No sé, ese personaje neurótico, que siempre es el mismo en realidad, es uno de los motivos por los que suelo acudir puntualmente a ver sus películas. Supongo que es uno de los motivos también por los que a mucha gente no le gustan, pues es tan personal que la antipatía por la persona se acaba materializando en cierto rechazo visceral hacia el personaje. Vida de Woody Allen al margen, lo cierto es que para mí la llegada anual de su última obra a la cartelera granadina supone un pequeño acontecimiento que sobrepasa lo cinematográfico.
Y lo sobrepasa no sólo porque suele venir en épocas que, como ésta, pueblan los cines de títulos que me apetece ver (maravillosa sensación, por cierto), sino también porque hay algo en el cine de Woody Allen que acaba por hacerse, a base de insistencia, extrañamente familiar. Uno va a ver sus películas como va a visitar a un pariente lejano. Rodar tanto tiene esas cosas, a veces te lo encuentras más animado, otras menos, pero el abuelo Woody suele casi siempre asegurarnos un buen rato. Ayer estuve viendo su última película, Match Point, y debo admitir que, pese a mi apriorística desconfianza hacia las pélículas en las que no aparece el Woody Allen actor, como decía al principio, la historia consiguió que tampoco me preocupara demasiado de echarlo de menos. Match Point está muy libre del pelirrojo ese de las gafas y su pequeña tiranía. De hecho, Match Point, en bastantes momentos, consigue estar bastante alejada de Woody Allen. Esa fue al menos mi impresión, y a pesar de lo que pueda parecer, fue una impresión bastante grata.
Una pelota de tenis que da en lo alto de la red, rebota, se debate unas décimas de segundo, y luego puede caer en el lado del contrario para hacerte ganar el partido, o en tu propio lado, dándote en ese caso un buen disgusto. En el tenis de mesa, cuando se da este hecho, el jugador que se ha visto favorecido por el azar pide perdón al contrario. Lejos del deporte, sin embargo, la vida no parece ser tan civilizada. Así nos lo muestra Woody Allen en una película que no destriparé aquí. Por eso en este punto me paro en seco, ahora que lo pienso.
Sí diré que a mí me gusta porque el tema del azar siempre acepta nuevas lecturas. Me gusta porque esa jungla humana que es Londres aparece vista con amor (yo también se lo profeso, sospecho, aunque aún no conozca esa ciudad), me gusta porque Scarlett Johansson me gusta, valga la redundancia. Y me gusta porque es otoño, porque Granada sigue oliendo a castañas asadas y una sala de cine (en este caso lamentable, de eso habría que hablar) sigue siendo una opción maravillosa en cualquier momento, pero más en esta época.

Sobre fútbol, miradas, intensidades y rectángulos

Resulta curioso pensar que los dos espectáculos de masas más populares durante el ya extinto siglo XX en Europa, a mi entender el fútbol y el cine, tengan ambos una duración media comprendida entre los noventa minutos y las dos horas. Eso ya nos da una pista de que ambos comparten, cuanto menos, un cierto gusto por la puesta en escena, una no siempre explícita recurrencia a la ficción. Es más, si bien es cierto que esa atroz costumbre de medir el tiempo no afecta tanto a la literatura, pienso sinceramente que estos tres maravillosos juegos, fútbol, cine y literatura, si pueden hermanarse en algo, desde luego pueden hacerlo por el hecho de ser los tres una limpia cuestión de miradas, intensidades, y rectángulos.
No tiene demasiado sentido un libro sin lectores, y sin embargo la tristeza que provoca ese hecho se puede quedar en nada si la comparamos con la íntima soledad de una sala de cine, que en el caso de un estadio vacío ya no sería ni tan siquiera eso, íntima. Ninguno de los tres elementos significan gran cosa si una mirada no se dirige jamás hacia ellos, creo yo. Desde la individualidad del lector, hasta la siempre sospechosa y masificada hinchada del estadio, pasando por la coincidencia cómplice del público de una película, todas las miradas se dirigen -¡hay que ver lo que es la casualidad!- hacia un elemento que las iguala, por muy distinto que sea su objeto: simplemente y llanamente un rectángulo.
Rectángulo de amistoso papel, en el caso de la página de un libro. Rectángulo coqueto, que sólo deja espacio para la oscuridad, aparte de él, en una pantalla de cine. Y rectángulo que diferencia entre colores, camisetas, números, pero no entre miradas, en el caso del terreno de juego. Y todo esto me hace sospechar que hay algo tiránico en el placer, algo excluyente, algo que pone límites con la sola intención de dejar fuera todo lo que no acontece en el orgásmico delirio del instante. Es lo que llamamos intensidad, porque en los casos a los que venimos aludiendo, cada rectángulo es un espacio en el que se pone en escena, es decir, se limita, el objeto de las miradas. Y para que dicho objeto sea complaciente, la ley básica es simple: no hay placer sin intensidad.
Es lo que diferencia la ficción de aquello que no lo es. Fuera de ella los tiempos muertos no sólo son probables, sino inevitables. En la rutina diaria las horas se acumulan con frecuencia sin otra pretensión, o eso falazmente nos parece, que la de acumularse precisamente sin más. La ficción nos salva de esos tiempos muertos simplemente porque los exlcuye. Son cosas muy distintas un endecasílabo certero, un plano memorable o un balón batiéndose en el fondo de una red. Pero el caso es que, al menos yo, experimento una sacudida similar con cada una de las tres cosas. Una sacudida que es puro presente, que tiene límites y se va para no volver. La rutina siempre tiene algo de incertidumbre gris. Pero por suerte aún nos queda el instante incalculable del placer.

sábado, noviembre 05, 2005

Sobre Blue in Green, de Miles Davis (o el viaje al principio de la noche)

Hoy toca casi hablar de música. No soy aficionado al jazz, cosa de la que no estoy particularmente orgulloso. Alguna veces lo he intentado, y no pocas de ellas con la sensación amarga de que mi paladar se pierde algo hermoso. Pero lo cierto es que, si he de ser franco, no sé nada de jazz, no logro entrar en el mundo que esa música ofrece. Sencillamente, no debe ser el mío, y es una pena. Como a cualquiera que no le guste el jazz, por lo tanto, he sido presa fácil de un disco maravilloso. Me refiero, por supuesto a Kind of Blue, de Miles Davis. Digo presa fácil y digo bien. Para los que no sabemos de jazz siempre será un disco del que oimos hablar alguna vez antes de escucharlo. Para los que no sabemos jazz y además lo hemos escuchado, resulta un disco amable, de fácil disfrute. Un disco generoso, pero intenso. Supongo que los entendidos dirán que es un buen disco para principiantes. Y de principios también va la cosa hoy.
No sé por qué suelo asociar la obra de Miles Davis con el Viaje al fin de la noche, de Céline. Sé que es extraño, pues cualquiera que los conozca sabe de la enorme distancia que media entre la disoluta belleza del Kind of Blue y las páginas desgarradoras del, al fin y al cabo, filonazi Céline. Personalmente, además, son dos obras que no puedo ligar mediante ninguna continuidad temporal. Las conocí en momentos distintos, con estados de ánimo diferentes. Pero entre ellas no se tocaron nunca. Lo que me hace pensarlas juntas, me parece, es una contraposición de imágenes.
Todavía no es invierno, y uno puede aún echarse encima de una cama sin necesidad de taparse y, aun así, no tiritar de frío. Es justo lo que he hecho muchas veces. En días de mucho trabajo, de mucha actividad, con alguna frecuencia me dejo caer sobre el colchón y espero a que fluya por el aire de una habitación a oscuras "Blue in Green", mi tema favorito del Kind of Blue. Es algo casi ritual. El truco consiste en sentir uno que su cuerpo se relaja mientras espera el principio de la noche acompañado de la música de Miles Davis. Muchas veces me han venido a la cabeza, por contraposición, los párrafos alucinógenos de Céline. Yo también estoy en una trinchera, pero mi labor no consiste en sobrevivir al menos hasta el fin de la noche, como el protagonista de la novela. Mi labor consiste en sentirme consciente de haber sobrevivido hasta el principio de la noche, lo cual es bien distinto. Y, dicho sea de paso, bastante más agradable.
Puede parecer trivial. Puede no, seguramente lo es. El caso es que la noche es una promesa en negro que la mayoría de las veces no se cumple. Supongo que para recordarnos el singular valor de las promesas cumplidas. Yo, por si acaso, voy a ir dejando este comentario por hoy. Aún debo acabar algunas cosas, y a la noche le gusta empezar por el principio.

viernes, noviembre 04, 2005

Sobre el último pensamiento

Me temo que, de seguir en esta línea, voy a tardar en ganarme fama de macabro (hoy tal vez hasta de escatológico) menos de lo que tarda un cura loco en persignarse. Lo cierto es que no me identifico en absoluto ni con una cosa ni con la otra, pero hoy soy víctima afortunada de unas calles. Granada todavía es una de esas ciudades en las que tener un encuentro no previsto con alguien que uno no se espera no resulta demasiado extraño, y eso merece como regalo que se le ponga un bar por escenario. Por eso mismo ayer tuve la suerte de disfrutar, sin ningun mérito por mi parte para merecerlos, de tres de mis placeres más queridos: la inteligencia, el vino, y la buena conversación. De hecho, tan buena, que podría sacar no pocos temas para esta entrada, pero de momento algunos me los guardaré en la manga para próximas ocasiones, pues uno de ellos me llamó la atención con más urgencia.
Me contaron que en no sé qué parte del mundo anglófono (mi memoria tiende a desaparecer en cuanto baja el efecto del vino) habita una peculiar araña conocida con el afectísimo nombre de Last Thought. El caso es que esta criatura, por lo visto, gusta de habitar en la indiscutible intimidad de los váteres movida por un excéntrico sentido del olfato, y desde su guarida ejecuta con maestría su estocada maestra que, según me cuentan, consiste en que una vez ya te ha picado, a uno le queda la rigurosa perspectiva de un minuto para el que, sin excusas que valgan, será su último pensamiento. La situación, no por ridícula, es menos heladora. Personalmente me aterra la paradoja de que mi último pensamiento fuese precisamente decidir cuál sería mi último pensamiento. No sé si me explico. No sé, palmarla con una abstracta expresión de melancolía, cual Doncel de Sigüenza, no me motiva demasiado pero, por suerte, como escribe Vila-Matas, "al otro lado de la balanza, encontramos París". Sí, París, la que hasta ahora, y mientras no se demuestre lo contrario (y se puede demostrar perfectamente, no creáis), es la que considero la ciudad más hermosa del mundo.
Hace tan sólo unos meses que estoy enamorado de París. Todavía recuerdo los detalles con pasión, por tanto. Estando allí tuve la felicidad de visitar, entre otras cosas, el Museo Rodin, y de estarme mis buenos minutillos sentado frente al Pensador. Resulta que la imagen que ha quedado de esta escultura es, diría yo, muy similar a aquella que Gabriela Mistral resumió en uno de sus poemas: "Con el mentón caído sobre la mano ruda / el Pensador se acuerda que es carne de la huesa". Queda esa idea de la melancolía del pensamiento, como si todo tuviera una trascendencia inevitable, como si el mundo alrededor no existiera. Y es curioso, porque estando allí experimenté una revelación que me hizo completamente feliz. Como se sabe, no hay un único Pensador, sino dos. En principio, Rodin colocó su figura en el dintel de las Puertas del Infierno, composición inspirada en La Divina Comedia. Más tarde, como ocurre con otras figuras de esa composicón, reprodujo en solemne e individual bronce al Pensador. Y es curioso, porque en realidad (evitaremos los chistes acerca de su postura y el ataque de la temible Last Thought) el Pensador no está tan abstraído como parece sino, como corresponde a alguien que ve entrar a los pecadores desde el dintel de las Puertas del Infierno, sencillamente mirando hacia abajo.
Ese hecho me encanta, pues subraya la materialidad del acto mismo de pensar. Por eso, si tuviera un minuto para desarrollar mi último pensamiento, no lo malgastaría con el metapensamiento. Pero eso sí, que los sentidos sumen los minutos de toda una vida. Que siempre haya un instante al día, por lo menos, para sentir la suave, incluso la violenta, envoltura del mundo alrededor. Que los perfiles que con tanto esmero me aprendo de memoria siempre encuentren cinco puertas para entrar por este cuerpo.

miércoles, noviembre 02, 2005

Sobre la existencia de las hadas

Sabe que existen, el que ha experimentado la cálida inconsciencia de sus gestos. Y con ella su sideral distancia.

Sobre el día de Difuntos en Granada

Supongo que se espera que uno empiece lanzando una diatriba contra la invasión del Halloween yankee y las costumbres más bien poco imaginativas (¿?) de los joveznos que con tanto entusiasmo lo practican, seguida de una encendida defensa del Don Juan, tan español y tan trágicamente olvidado. Pero he aquí que no soy demasiado chovinista -más bien nada- y el día cuyo fin ya presiento lo he pasado en la apacible compañía del legado de otros difuntos que, a falta de recuerdos, miradas, gestos, etc, nos dejaron un mundo que agradezco, porque no es el mío. Mientras media Granada hace cola en el aparcamiento del cementerio y la otra media se repone de una resaca que le supongo gloriosa después de una no menos gloriosa y enmascarada noche de farra (esta es una ciudad dividida por dos generaciones, como mínimo), en la soledad de mi casa, varios -variosísimos diría yo- siglos después sigo pendiente de si Roldán hace sonar el Olifante a su paso por Roncesvalles. El final del prefecto de la marca de Bretaña es conocido, y apropiado para un día que va acompañado del sintagma "de Difuntos", y por eso no me entretengo más en este asunto.
El caso es que hace ya bastante tiempo que este día me deja algo perplejo, en todos los sentidos en los que es posible celebrarlo. Demasiado tiempo libre sólo conduce a la calle, y eso me ha llevado a vivir en estos días algunos revivals de bares de otras veces, de conversaciones que no he decidido aún si echo de menos. Contemplo cómo la envidiable adolescencia (la que dura hasta los 30) se pone la careta y se lanza a las calles para no mostrar la cara, maquillajes que me recuerdan la sonrisa del payaso triste si no fuera porque, obstinadamente, se aferran a la práctica de la alegría franca en no pocos casos. Eso me rompe todos los pronósticos, pues uno quisiera elegantemente pensar, como Larra, que "el mundo todo es máscaras" y "todo el año es Carnaval". Pero hay algo irreprochablemente honesto en esas caras que se ocultan, algo que sólo vive en el presente, algo que no está hecho para la hipocresía.
Otros acuden con la excusa de recordar a sus muertos, lo cual es cuento viejo. Hace bastante que no logro quitarme de encima cierta culpabilidad por no visitar a los míos en el cementerio. Habrá que arreglarlo. El caso es que aunque no los visite los honro cada día con la tristeza que me produce saber que el mundo de momento sigue girando conmigo, pero sin ellos. Los honro con las palabras que a diario sé que les hubiera dicho, que les hubiera oído. Y aún tengo la suerte de tocar algunas de sus cosas. En fin, que no sé si en el fondo este día no es una paradoja, si no está pensado para olvidar a los muertos y recordar, por el contrario, simplemente la muerte. Es deprimente pensar que se necesita un día para la memoria, en esto y en todo. En este caso, una lápida, unas flores que dan escalofríos me parecen suficiente espectáculo, suficiente dosis de barroco para recordarnos nuestro destino final e inapelable. Mejor portarse bien, parece que nos dirán siempre ciertas cosas.
Y con la distancia que me otorga estar medio ajeno a todo, enfrascado en la comprensión de ciertos medievales, textuales asuntos, llego a la conclusión de que unos se ponen una máscara con la inconsciente pretensión de prolongar el presente eternamente, mientras que otros llevan unas flores a sus seres queridos para, eternamente, negarlo. Para unos no hay casi pasado, y no existe el futuro. Para otros, sin embargo, todo se mide en relación con lo que ya pasó, y el futuro para el que se preparan ya es una heladora certeza. Unos prolongan una risa perpetua, otros perpetuamente pretenderían llorar. Unos se ponen una máscara; otros, tal vez, también. Todos se aferran a la seguridad del grupo, de la ausencia mínima de distinción.
Tal vez, como mis medievales, siento hoy más que nunca que es un círculo el tiempo. Tal vez me mueve la repetición. No es nuevo para mí el olor de las castañas asadas en las calles de Granada (las castañas son un invierno adelantado al otoño), no lo es el sabor del té, ni las conversaciones con un viejo amigo. Ya conozco este dolor, este tiempo que no es ni frío ni calor, y hay perfiles que he logrado casi aprenderme de memoria. Antes ya viví esta ansiedad, y me sentí afortunado como me he sentido hoy. Todo eso es una rueda que conozco.
Y precisamente por eso, porque no tengo demasiadas ganas de fiesta hoy, ni de ponerme una careta, ni mis conquistas se cuentan por miles, ni mi vida es extraordinaria, no puedo decir "muy largo me lo fiáis". Ni ganas. Pero tampoco he comprado flores, y ciertas repeticiones todavía me gustan mucho, y las que no me gustan al menos me recuerdan que estoy vivo. Así que me aferro a otra repetición, a esa que he oído en casa tantas veces, saludablemente y sin ánimo de insultar, "que nos esperen allí mucho tiempo".