sábado, diciembre 31, 2005

Sobre la víspera del nuevo año

To me, a dollar was a dollar in any language... lo dice Johnny Farrell (Glenn Ford) al comienzo de Gilda, y siempre me ha gustado ese arranque. De hecho, me gusta tanto que esta tarde me he enfrentado a uno de esos pequeños, tontos, evitables, y siempre presentes dilemas que tiene uno en los días en los que la normalidad es tan sólo aparente, porque hoy es el último día del año y me tenía que decidir por una película para la sobremesa. Ha sido la última -y por eso no podía ser cualquiera- que he visto en este 2005 que ya cobra la misma forma que la estela de un cometa; y le ha tocado, para bien o para mal, a la para mí sempiterna Gilda. La verdad es que yo quisiera igualmente lanzar los dados al suelo, simplemente a ver qué pasa, y que un segundo -a falta de dólares- fuese un segundo en cualquier idioma, en cualquier parte, en cualquier momento.
Pero sucede que no, que la tarde cobra de pronto una extraña pereza que invita al abandono del deber, y le da por ponerse el vestido de terciopelo negro de la Hayworth (¿existió alguna vez una belleza más martirizante en Hollywood?), que mañana no tendré la calma de un despertar sereno, a la que quizá me he acostumbrado demasiado pronto, y que esta noche debo cumplir con los ritos de obligarme a una alegría que no sé si siento, pero que no pienso negar. No es un día cualquiera aunque lo pareza. Y eso me inquieta.
Tiendo a pensar que las vísperas son la promesa de una vida que sigue igual, y por primera vez en mucho tiempo esa idea me disgusta sólo a medias. Es mucho lo que puede cifrarse con una fecha, y me produce algo de melancolía el saber que todo eso quedará finiquitado dentro de unas horas, justo cuando empiece a pensar -por no sé qué arte de magia- que aquello que me espera mañana ya es otra cosa, ya es nuevo, aunque sólo sea mañana.
Sin asomo de condescendencia seré de los que se entreguen a la mezcla, a la mano que se le estrecha a los otros, a la risa compartida. Da igual lo que quiera que sea un estado de ánimo hoy, porque el tiempo nos iguala. Pero si no diese igual, si el deseo del primer impulso pudiera imponerse como en casi cualquier día normal, hoy tal vez buscaría la soledad más que nunca. No por tristeza ni por fobia social, sino para cerrar los ojos en la oscuridad de una habitación y recordar todos los momentos que estoy a punto de embalar con una etiqueta en la que ponga 2005. Envidio al que sin tristeza -y supongo que no son muchos- pueda darse hoy a cierta gozosa melancolía, la de recordar las cosas que se han tenido, sin ruido, sin los otros, sin bullicio. Pero también con alegría, porque no todas las cosas que uno desea necesitan de la estridencia -ni la indiscreción- de un brindis. Aunque hoy yo también brindaré. Por lo perdido y lo vivido. ¿Acaso hay otra cosa?

viernes, diciembre 23, 2005

Sobre la Navidad de 2005 en Granada


Mientras en la calle los días se hacen densos y la ciudad adquiere la belleza cálida de un alumbrado navideño me retienen en casa, como casi siempre, los libros. Voy de un Cid medieval a otro francés, y de ahí a otro modernista tratando de sacar algo en claro mientras sólo pienso -y eso que este trabajo es grato- en abandonar y abandonarme. Abandonar los libros, los artículos, la letra impresa. Y abandonarme a las letras brillantes de los escaparates y las calles. No por casualidad creo que hoy recuerdo cierto poema de Joan Margarit que concluye diciendo que esto será París y yo Verlaine, quizá para atestiguar como nunca que ni esto es una cosa ni yo soy la otra. Y que quizá hoy no habría necesidad de que lo fuésemos si simplemente tuviera algo de tiempo para pasar a formar parte de lo más inmediato: una ciudad y unos días de fiesta.
Debe ser este encierro en parte obligado en parte involuntario lo que me encabrona, supongo, porque lo cierto es que estos días, con más frecuencia que otras veces, siento unos deseos, una necesidad casi, irreprimibles de taparme los oídos. No para no escuchar el alboroto callejero que no puedo disfrutar todavía, no para ignorar los petardos o los villancicos, o el ruido de las máquinas registradoras de los grandes almacenes, sino más bien para dejar de oir una vez más la machacona excusa de que la Navidad es un invento de unos grandes almacenes, o que es una época hipócrita en la que los buenos sentimientos no se ven corroborados luego durante el resto del año, y toda esa retahíla de moralina de bar que sin duda a nadie le es ajena en estos días.
Bien es cierto -y lo sé por experiencia propia como por experiencia sé también que puede ser preciosa- que esta fiesta puede ser triste, pero de ahí a ser hipócrita va un mundo. Lo digo más que nada porque se me ocurren pocas cosas más mezquinas, más absurdas, que mezclar la bondad o la maldad del ser humano con una fiesta. La Navidad, como todas las fiestas, tiene que ver con el paso del tiempo. Y como todas tiene su ornato, su manifestación externa. De modo que póngase quien quiera un gorrito de Papá Noel y celébrelo como le venga en gana, que este escribiente al menos no ha de mezclar la culpa con las merinas.
Y es que hay algo noble en eso de tomar conciencia de que un año se acaba y estamos aquí para contarlo. Algo que merece, en mi humilde opinión, toda la exuberancia que uno pueda permitirse. Frótense las manos los comerciantes, si quieren, que tengo el defectillo de considerar el hecho de regalarle a las personas que quiero cualquier cosilla un acto de lo más civilizado. Frótense las manos también quienes nunca están dispuestos al placer. Tienen motivos para darme un tirón de orejas.

lunes, diciembre 19, 2005

Sobre Rafael Álvarez, El Brujo

Lleva uno tiempo viendo películas que lo resguardan del frío del invierno en una sala pequeña, películas que transmiten la calidez de un bar pequeño de la América Profunda (o así la llaman), que casi nunca acaba por resultar cálido. Y sí, pienso por ejemplo en Una historia de violencia, de David Cronenberg. Albolote ayer, en un domingo por la tarde prenavideño, tenía algo de eso. Una cafetería llena de miradas que ni eran enemigas ni acababan de ser amables. Obviamente, no éramos de allí, españolísima y rural expresión con la que estoy más familiarizado de lo que quisiera. Al menos nuestra presencia parecía divertirle a un tipo que estaba sentado solo en una mesa, con los ojos medio cerrados, y sin duda alguna, por su aspecto, debía de ser el presidente del club de fans de El Arrebato, o algo así. Las luces de las calles, que tanto me gustan, eran ya como el prólogo a lo que se iba a ver en el teatro: descansa un poco, chico, se va a apagar la luz y tienes un par de horas para la ensoñación, y cuando salgas estas luces seguirán encendidas, el sueño continuará durante los próximos días.
Y he aquí que algo después El Brujo ya lleva un rato contándote cuentos como sólo saben hacerlo los maestros, y que no necesita tener las manos en los bolsillos mientras habla, ni caer en los topicazos acerca de la manida "crisis de los treinta" para hacernos reir con un monólogo, porque la belleza que él practica es vieja. Y honda. Nos recuerda que Don Quijote está hecho a imagen y semenjanza de Amadís de Gaula, y éste de Lancelot, y éste de Orlando, y así continuamente. Si eso es así -dice El Brujo- yo soy Don Quijote. Nos recuerda que esto es teatro, y que por tanto necesita una espada, pero no una espada metafórica, sino de las de verdad, de las que cortan; y coge un pergamino enrollado en el suelo y acomete contra unas pieles de vino invisibles, pero que sangran porque lo dice él. Y ya tiene una espada, de las de verdad. Y uno lo mira con la boca abierta, tras haberse reído lo suyo antes, para emocionarse con la valentía escénica de este hombre, que no es de las valentías metafóricas, sino de las de verdad.
Porque hay a quien no le gusta el teatro y esgrime -con toda la razón- que no se lo cree. Pero ver al Brujo es ver otra cosa. El Brujo hace malabares con las palabras, materia prima y casi única del espectáculo. A veces da la impresión de que sólo le falta coger cuatro o cinco y empezar a jugar con ellas con las manos como si fueran naranjas, o pelotas de tenis. Y casi puedes verlas, las escenifica, las vende como si fueran verdad. Gran negociante debe ser este, por tanto, que hace que uno se vaya con la impresión de haber salido ganando con el trato, pues cinco lerus a cambio de tan buen rato se antojan demasiado pocos. Él, sin embargo, supongo que no sólo se mete en el bolsillo ese dinero, sino también al público.
Lo ví algo menos contenido que otras veces, quizá cansado por una larga serie de actuaciones y viajes, pero espléndido como sólo él sabe serlo. Ironiza sobre El Quijote y sobre el Centenario, sobre la pesadez que puede conllevar el acto mismo de leer una obra tan densa. Pero se nota que lo ama tanto, que conoce tan bien esos textos del ignominiosamente llamado Siglo de Oro español, que ha acabado por parecerse a ellos porque la natura es tal que en ella cada cosa engendra su semejante. A mí me resulta fácil imaginarme ese bellísimo rostro en un grabado ilustrando un manual escolar de literatura española. Aquí tenéis a Rafael Álvarez, conocido como El Brujo, autor del Lazarillo de Tormes.
Y es que al salir del teatro había quien decía que realmente es un Brujo. Yo venero ese mundo que sucede en interiores. Yo dejo que mi memoria exagere y recuerde los días en los que mi abuela me contaba historias por estas mismas fechas al calor de una lumbre. Y sí, es un brujo, pues casi consiguió que saliese del teatro con el olor del humo en la ropa. Pero no un humo metafórico, sino de los de verdad.

viernes, diciembre 16, 2005

Sobre una lista que me manda hacer Violante


Es difícil hacer la lista que me pide Violante, y mucho, tanto que supongo que no podré dar una sola canción para cada apartado, por una especie de fidelidad sentimental que no acabo de saber de dónde viene ni hacia quién va dirigida. Como tampoco acabo de entender muy bien este fenómeno de hacer listas para todo. Si me preguntasen mañana no tengo la menor duda de que la lista sería bien distinta. La que me sale hoy, de momento, es la que viene a continuación:
Una canción que te emocione hasta las lágrimas: bueno, no soy nada lacrimógeno en lo que a la música, el cine, la literatura o cualquier clase de ficción se refiere, y supongo que lo más esperable aquí es poner una canción más o menos triste. De ser así, la paradójica My funny Valentine en la preciosa interpretación de Chet Baker sería una de las candidatas, como lo sería otra que casi comparte título, Blue Valentines, de Tom Waits (y siento también casi copiarte, Violante); algún tango como Mano a mano cantado por Gardel y casi cualquier composición de Antony and the Johnsons no desentonarían, y nunca mejor dicho. Sin embargo, creo que lo que más me emociona últimamente -casi hasta las lágrimas- no es la tristeza sino la bondad. Por eso, creo que me quedo con algo que me toca muy hondo, algo que ya le deseé a mi amigo Tejedor en su blog, pero que me gustaría decirle a todos mis amigos uno por uno, pues creo que es el mejor de los deseos. Me quedo con Forever young, de Bob Dylan.
Una canción que te ponga a mil (activo, con pilas): casi todas las de Manu Chao, pero hay una en especial, de su etapa en Mano Negra que además -y quienes la conozcan igual me desprecian por ello o les resulto demasiado incomprensible o exagerado- creo que es una de las más bellas canciones de amor que he escuchado nunca, aunque esté escrita con rabia, y se llama Love and hate. Algo más cercano al rock and roll que me funciona bien en este sentido es Lola, de The Kinks. Bueno, sí, y el Hey Jude de los Beatles siempre será un himno para mucha gente, entre la que me incluyo.
Una canción para dormir: sin lugar a dudas cualquiera de Presuntos Implicados me provoca mis buenos bostezos (que sí, que ya sé que Soledad Jiménez tiene una gran voz y eso, pero que me aburre mogollón). Si de lo que se trata es de que Morfeo te abrace suavemente y te regale bellos sueños, y aunque no sé muy bien por qué ni habría que buscarle demasiada relación con el tema, quizá me dejaría arrastrar por la nostalgia de It was a very good year, en la maravillosa voz de Frank Sinatra. Es una canción que tiene el poder de mecerte como a un bebé.
Una canción para hacer el amor: pues no sé si entra exactamente en la categoría de canción, pero siempre he pensado que la Danza Húngara Nº 5 de Johannes Brahms merece un polvo glorioso. Lujuria pura. Además creo que los canadienses han escogido como mejor canción canadiense de la historia Hallelujah, de Leonard Cohen. Sin duda que ellos son sutiles. Sin duda que saben que un cuerpo que se ama requiere de ese ritmo.
Una canción para recordar la mejor época de tu vida (o la peor): la peor época de mi vida tuvo, no obstante, la energía de Bob Marley (Iron Lion Zion es especial), así que puedo salvar de ella, por lo menos, la música. Creo sinceramente que la mejor época de mi vida es la actual, así que ya veremos qué es lo que en el futuro me servirá para recordarla. Ahora mismo, 100000 remords, de Manu Chao (otra vez), me hace soñar con que mi vida tiene el mismo ritmo que los metros de París, pero también me trae a la cabeza alguna ausencia notable en aquellas estaciones. Lo que no ha solido fallar a lo largo de los años, en lo bueno y en lo malo, es esa cosa sencilla, optimista, emotiva, fresca, etc, etc... y preciosa, que Los Rodríguez titularon Dulce condena.
Y esto es todo, no se me da bien ser breve. Ahora invito a que continúen con esta cadena a mis dos vecinos, por supuesto:
Tejedor, venga, que sabemos que de esto de la música sabes un rato y seguro que se me cae la babilla leyéndote.
El hombre que ríe, sabes que siempre me sorprendes. En esto no será menos.
Y a quien quiera dejarme algún comentario.
Y a alguien más, pero eso será en privado.

viernes, diciembre 09, 2005

Sobre la lentitud

A veces me acusan de ser lento y joven. No les falta razón a quienes me recuerdan con frecuencia esa doble condición, o eso al menos me gustaría. Por ejemplo, ahora mismo he tenido que hacer una excepción para actualizar este blog y dejar lo que en realidad tenía previsto. Por ejemplo, también, dentro de un rato podría ponerme a estudiar inglés y francés, pues la prisa apremia (gran contradicción, además, pues la prisa se da de bruces con el estudio de una lengua extanjera), o simplemente podría escuchar lo que tenga que contarme la Reina de las Hadas, ver cómo una hermosa tarde de un viernes de diciembre que no se volverá a repetir pasa como un caracol ante mis ojos. Probablemente me decante por la prisa, por lo que debo y no por lo que quiero. ¿Verdad que todo esto no es sólo algo que me pase a mí?
Una buena amiga, cada vez que menciono La lentitud, me apostilla la conversación advirtiéndome que no es la mejor novela de Milan Kundera. Y efectivamente yo tampoco creo que lo sea. Lo que sí creo es que es una gran idea de Kundera, una yuxtaposición magnífica de historias: un motorista que se aleja a toda velocidad de un castillo en el que ha pasado el fin de semana con su mujer, que deja atrás esa experiencia sumada con celeridad; y un cortejo del siglo XVIII que, entornando los ojos, se aleja también, pero en un coche de caballos, durante una mañana posterior a un encuentro amoroso clandestino. Uno suma la experiencia y rápidamente pasa página; otro se recrea en el recuerdo de lo que acaba de vivir, en la consciencia del placer que ha tenido, que acaba reconvirtiéndose en un nuevo tipo de placer.
Me inquieta la amable voracidad de los que siempre piden más y más rápido, me inquietan los que constatemente me recuerdan mis deberes de persona joven, porque quizá ya están temiendo demasiado dejar de serlo. Me inquietan aquellos que no se conmueven con el tic tac de las agujas de un reloj. Y me inquietan los que a veces huyen para no pararse a pensar de qué están huyendo. No prefiero la calma de los libros, de las buenas conversaciones, o de la música en un salón a oscuras porque me gusten más, sino por infrecuentes.
Por eso ahora podría alejarme rápidamente hacia lo que tengo que hacer, y seguramente lo haga, porque uno se rinde diariamente, porque uno hace siglos que tenía una derrota esperándolo como herencia. Y por eso ahora me gustaría hacer lo que quiero hacer. Es decir, afirmarme en que soy joven... y lento.
Porque la velocidad se ha convertido en un factor externo, en algo que ya nos viene impuesto, sólo quiero ser veloz para evitarla. Y porque la lentitud no se elogia, sino que ella misma es un elogio, quiero ser lento para disfrutarla. ¿Cómo podría explicarlo? Me gustaría ir acabando ya este artículo, apagar el ordenador, y empezar a caminar hacia algún sitio que no tenga que explicar. Y una vez allí, apagar las luces y dejar entrar la luz. El ruido, la velocidad, la juventud incluso, por un momento, se los vamos a dejar a los demás.