viernes, enero 27, 2006

Sobre el sentido del humor



Últimamente cada vez que me cruzo con una casualidad la acaba pagando -literalmente- mi cartera. Así me sucedió ayer, sin ir más lejos, cuando fui a comprar ciertos libros que me hacían falta y, una vez en la librería, me dejé llevar de manera nada inocente hacia un rinconcillo en el que se amontonaban los preciosos volúmenes de la editorial Acantilado, ninguno de los cuales tenía previsto traerme a casa, ninguno de los cuales en realidad necesitaba más allá del placer, que es en el fondo la auténtica necesidad del lector. Como suelo pensar que cada persona se parece a un té, debo advertir que a mí me recomendó dicha editorial una persona que cada día me confirma más que es un té rojo, y un té rojo no suele tener mal gusto precisamente. Los volúmenes del Acantilado, digamos, te los recomendaría siempre una persona que cuida tanto su biblioteca como intento yo cuidar la mía. De los dos que compré ayer, uno de ellos era una colección de ensayos de Chesterton maravillosamente editados que me precio ya de tener en casa, aunque si he de ser sincero, no para hincarle el diente enseguida, sino para engordar la nómina de los libros posibles que a este escribiente siempre le gusta tener cerca. Como eso no cura de la impaciencia, ya en el autobús de regreso le eché un vistazo al índice y me llamó la atención un ensayo titulado "El humor". Por la noche, cómodamente en mi sofá, me lancé sobre dicho texto para ofrecerle una fiesta a mis neuronas.

Y es que parece que el tema este del humor me persigue estos últimos días. Justo la noche de antes compartía una caña con una amiga mientras hablábamos de la necesidad de tener sentido del humor para moverse por la vida sin agredir. Esta misma semana recuerdo haber visto en El loco de la colina, el programa de entrevistas de Jesús Quintero, a Alejandro Jodorowsky decir que aquellos que carecen de sentido del humor no es que sean bobos, es que son peligrosos. Esta última observación me pareció espléndida. En el ensayo que ya he mencionado nos dice Chesterton que humor es "un término que no sólo se resiste a ser definido, sino que en cierto sentido se precia de ser indefinible; y en general se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor". Como sospecho que esta afirmación no es desacertada, escribo esto sabiendo que por hablar de este tema, precisamente, me arriesgo a quedar como el escribiente más pusilánime del mundo, pero aclaro que no pretendo dar con ninguna definición del sentido del humor, ni tan siquiera ponerlo en práctica más de lo habitual, sino sencillamente llevar a cabo mi pequeña apología sobre algo que considero esencial.

Me valgo de un símil futbolístico que creo que puede ilustrar perfectamente mi parecer al respecto: para mí el sentido del humor es como el regate ante la vida, algo así como la suma de todos los recursos de la inteligencia en el momento más apropiado. El jugador que sabe regatear no sólo tiene posibilidades de salir airoso, sino que evita con elegancia el envite de la fuerza bruta del contrario que trata de arrebatarle el balón. El arte del regate, por otra parte, implica incertidumbre, pues siempre puede salir mal, pero también una determinación que está más allá de los resultados. Humor es tentar a la vida incluso sin garantías de éxito. Por eso me gustó lo que dijo Jodorowsky. El jugador que no sabe regatear es como una persona sin sentido del humor, y seguramente pertenece a la categoría de los destinados a correr detrás del balón en lugar de a tenerlo. Ese jugador no valora tanto las posibilidades porque su camino es una línea recta y acomete directamente hacia su objetivo. Es el que reune más condiciones para acabar haciendo falta y, por lo tanto, el más peligroso para el contrincante, el que más lesiones puede causar. Una persona con sentido del humor se parece al buen regateador: ve varias posibilidades, piensa rápido, ejecuta la más idónea, consigue escaparse limpiamente, sin dañar, y encima le queda bien la jugada consiguiendo de paso que el juego nos guste.

Por eso creo que el sentido del humor es la capacidad para regatear a las espesuras de la vida, a sus brutas acometidas, y transformar nuestra existencia en algo hermoso. Cada vez que veo circunspectos rostros apelando a la responsabilidad, a la seriedad de sus acciones, a la transcendencia de las grandes y airosas (por llenas de aire) palabras, me imagino a un morlaco a punto de embestir o, con más frecuencia, a un mediocre futbolista al que ya se le pone la cara de los expulsados por tarjeta antes incluso de ejecutar la entrada. Cada vez que me cruzo con uno de estos individuos, por supuesto, opto por intentar el regate perfecto. No siempre se sale bien parado, pero la indecisión no sólo es taciturna, sino la manera más probable de perder el balón o, en el peor de los casos, dejarse romper algún hueso. No olviden que un gesto adusto es peligroso.

Añadamos que el sentido del humor puede derivar en la manifestación más claramente corporal, más visiblemente física, del intelecto, que no es otra que la risa. La risa nos pone en nuestro sitio porque en un visto y no visto nos aleja de la abstracción de las cosas solemnes y nos pone del lado del placer más apegado a la tierra, al cuerpo. La risa es como los cuerpos graves aristotélicos, que siempre buscan la tierra (no en vano es bella y muy plástica la expresión tirarse al suelo de la risa, ¿verdad?). Como digo, es una sensación física que vive en el presente. Yo, que me río bastante, vivo desde hace tiempo con la impresión de estar perdiendo el partido. Cuando miro hacia el futuro veo que el equipo contrario, el de los marcialmente serios, nos va ganando con su apelación al orden, y que el árbitro va a pitar el final en cualquier momento. Ahora bien, si perdemos, es un poner, por 5-1, creo que la victoria del rival debe seguir siendo pírrica. ¿Que cómo se hace eso? Se me ocurre que uno puede coger el balón lo más lejos posible del área rival, dar por hecho que va a perder, y calcular el trayecto necesario para el más bello zig-zag hasta la red de la portería contraria. Una vez hecho todo eso de la manera más rápida posible (recuerden que el sentido del humor también es una cuestión de rapidez) ya todo será pan comido. Disponemos de un gol para armar la de Maradona.

lunes, enero 23, 2006

Sobre Brokeback Mountain, de Ang Lee

Imagínense a un cowboy con sombrero tejano y pantalones ajustados; es decir, imagínense a un tío con un bigotazo enorme y patillas al estilo de Don Pantuflo Zapatilla diciéndole a otro vaquero: "Todo lo que tenemos es esta montaña". ¿Verdad que la imagen puede resultar ridícula y hacer que uno se parta el bazo? Pues resulta que en Brokeback Mountain, Ang Lee no sólo llega a estos extremos tan arriesgados sin rozar siquiera lo risible, sino que además en la escena en cuestión consiguió que, al menos a un servidor, se le rompiese el corazón en mil pedazos, que se emocionase hasta extremos de esos que sólo el talento puede tocar. Porque si algo derrocha este taiwanés en esta película no es precisamente el morbo encaminado a la polémica, ni la provocación facilona, sino talento. Talento de ese que deja entrever a un ser humano lleno de sabiduría, yo casi diría que a un humanista que no esconde su respetuoso buen hacer, una inteligencia amable, de esas que tanto escasean en estos tiempos.
Era fácil hacer una película provocadora en el peor sentido de la palabra, cayendo en el tono panfletario o sentimentalista, hablando con la mirada puesta solamente en el público gay. Pero no. Brokeback Mountain es mucho más -y lo más grande es que ni siquiera tendría por qué serlo- que una película gay, etiqueta que inevitablemente le viene impuesta al público incluso antes de verla, y que irremediablemente conlleva todo tipo de opiniones, polémicas, griterío, y pataletas de lo más contundentes. Craso error, a mi entender, porque la provocación que hay en Brokeback Mountain es la más elegante, y la más difícil de contrarrestar: la provocación de la sutileza. A uno tal vez hasta puede parecerle abrupta la idea de desarrollar el tema de la homosexualidad desde la inversión del icono americano por antonomasia, que no es otro que el del cowboy. Desde luego es arriesgada, pero todo sucede tan sutilemente en esta película, con un ritmo tan lentamente emocionante, que uno se deja atrapar con un abandono casi erótico, y se sorprende de la gama de emociones que en poco más de dos horas experimenta en una sala de cine, desde el orgullo a la tristeza, pasando por la desolación, la pena, la rabia...
Son cosas, todas esas, que se agradecen en estos tiempos de crecientes miradas turbias y adustos ceños, porque uno no necesita ser homosexual para apreciar la belleza física, y nada estilizada, que hay en esta película. Uno simplemente tiene que haber amado para entenderla, o querer entender lo que es amar, con todas sus turbulencias. Hay cosas en esto del amor que dependen del sexo de los amantes, y hay otras que no. Todas están en Brokeback Mountain. O digo yo que deben de estar, cuando uno es tan heterosexual y nada de lo humano le es ajeno.
Por eso a mí se me ocurre que la mejor manera de verla es la más cursi de las maneras, esto es, yendo al cine con alguien a quien se ama. Porque hay determinados estremecimientos que merecen la esperanza de una mano en la oscuridad de una sala de cine. Sin duda Ang Lee sabe mucho de eso. Lo de menos, en el fondo, es que se trate de dos hombres. La cercanía de la pantalla de cine está para ver más lejos y por suerte aún queda gente capaz de ver, además, más hondo. Qué bien que algunas películas todavía puedan provocar con tanta elegancia. Qué necesarias son en estos días de imparable vulgaridad. Y qué suerte que Ang Lee nos haya dejado esta hermosa historia ya para siempre.

lunes, enero 09, 2006

Sobre Narnia, la Tierra Media y otros territorios

Hoy he vuelto al trabajo entre caras de bostezo (eso incluye la mía), el resfriado y la conciencia del placer vivido estos días en compañía de amigos, libros, discos, películas y lecturas a cuál más apetecible. Fui hace un par de días al cine a ver la adaptación del segundo de los libros (El león, la bruja y el armario) de las Crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, pero en realidad la idea de este post ya venía de unas semanas antes, de una de esas típicas cenas navideñas que esta vez tuvo la fortuna de desembocar en una animada conversación en un café lleno de humo -yo que no soy fumador ya empiezo a sentir que esa espesura debí dusfrutarla más por lo infrecuente que parece va a ser a partir de ahora-. Una conversación sobre libros en la que alguien me dijo lo mucho que había disfrutado leyendo en su momento El señor de los anillos, y lo mal libro que era, no obstante, por la plana psicología de sus personajes, por el maniqueismo de la historia y la simplificación excesiva de la fábula. Al parecer no debía escribir esto hasta ahora, tenía que pasar antes por el cine, por Narnia, para encajar lo mejor posible las piezas de este puzle. Vayamos por partes.
Lo primero que debo aclarar es que tengo enormes lagunas en eso que se llama -etiqueta redundante donde las haya puesto que toda literatura es producto de la fantasía- literatura fantástica. Posiblemente este género se distingue de los otros, entre otras cosas, por la tendencia de sus lectores a llevarlo siempre mucho más allá de los libros, a practicarlo dentro de los códigos del juego y, por tanto, a erigirse en una suerte de logia que requiere de sus ritos, sus símbolos, y sus ceremonias iniciáticas. Mi contacto con la literatura fantástica, aclaro, no va más allá de lo que puede ir la experiencia intermitente de un mero lector, un lector tardío, además. Espero que sepan perdornarme los entendidos mi desconocimiento de su lenguaje.
Y ahora sí. Debo admitir que fui a ver la película sobre Narnia acompañado de toda la desconfianza del mundo. He leído algunos de los libros de Lewis -entre ellos el de la película- y sigo leyendo con placer hasta completar las siete crónicas; pero precisamente porque conocía la historia y las posibilidades que ofrece a los azucareros idéológicos de la Disney, unido al entusiasmo que había detectado en ciertos foros ultracatólicos de internet, y al aburrimiento que algún amigo que la vio antes que yo me había confesado pasar en la sala de cine, no esperaba demasiado. Ahora, tras haberla visto, creo que todos tenían razón (aunque yo no me aburrí en absoluto). Las crónicas de Narnia. El león, la bruja y el armario es a todas luces un producto destinado al público infantil, que de manera más o menos velada desarrolla una temática cristiana (la salvación por el sacrificio, por ejemplo), una película en la que la dicotomía Bien/Mal queda resulta sin demasiadas complicaciones, aparentemente. En otras palabras: la película es como los libros de Lewis y, por tanto, también creo que es mucho más que todo eso que acabo de decir. A Narnia, como a la Tierra Media de Tolkien, le debo poco menos que el haberme regalado un espacio que se llena en cada lectura con el placer de las historias bien contadas.
Porque eso es precisamente lo que nos suele ofrecer este tipo de literatura de manera inequívoca. Uno puede tomarlo o dejarlo, pero no me parece justo buscar en estas narraciones precisamente lo que de raíz nunca pretendieron darnos. Uno es mínimamente maduro para detectar que los buenos de Narnia sólo son posibles desde una lógica que tiene a la divinidad como referente. El sacrificio tiene sentido en ellos, la lucha es legítima, porque los malos siempre son los otros, y no hay relatividad posible. Y ese es precisamente su fuerte. Alguien dirá que es un truco demasiado fácil, y tal vez lo sea, pero a diferencia de la moralina que uno detecta en el prosaico discurso de la vida, yo veo honesto este proceder. Y lo veo honesto porque Narnia, la Tierra Media, etc, no tienen vocación de desentrañar la conciencia de nuestro mundo desde el realismo, sino que son espacios que se sitúan "al margen" del mismo. Son espacios morales, ante todo, en el que sus actores hacen siempre lo que moralmente se les supone.
Tanto Narnia como la Tierra Media son como agujeros negros por los que nuestra manera moderna de concebir el espacio literario queda literamente tragada. Pensemos por ejemplo en el Macondo de García Márquez, un espacio que se construye imaginariamente desde el no es, pero podría ser. Narnia y la Tierra Media son los territorios del no es, pero debería ser. Al lector que busque la complicidad con su entorno moderno no pueden, tal vez, ofrecerle mucho, porque la tradición desde la que están construidos estos textos es una tradición ajena a nuestra forma de pensar: la de los textos medievales. Uno puede ignorar ese caudal si le resulta molesto, incomprensible o ideológicamente detestable. Yo encuentro su riqueza precisamente en este aspecto, en el gusto imposible por la narración "al margen", en la franqueza de las historias que no pretenden desarrollar complejas psicologías, sino simplemente personajes que actúan de acuerdo con su función. Añadamos además que C.S. Lewis posee la maravillosa prosa que ha dado, entre otras cosillas, su conmovedor Una pena en observación o el más envidiable libro de divulgación, el que más amor muestra por su objeto de estudio, que es su Imagen del mundo. Introducción a la literatura medieval y renacentista. Al convertirse al catolicismo por influencia de su amigo Tolkien sin duda acabó por hacer suya la energía del converso, ¡pero qué energía! A mí me recuerda que puede haber belleza en las contradicciones, pues el mundo que él muestra en su alegoría, como la Tierra Media de Tolkien (imposibles retornos ambos a un estado preindustrial de la civilización) también tiene numerosas trampas. No pocas de ellas soy capaz de verlas. Lo que le debo es su capacidad para hacerme olvidar esas trampas por momentos a través del poder irresistible de las narraciones más esenciales, más desprovistas de complejos psicologismos. Les debo su forma de diluir aquello que no comparto de la historia en aquello otro que mantiene atento a ella. Mi abuela también me decía que había que ser bueno, porque si no el Señor te castiga. Yo siempre creí que había que ser bueno por otros motivos (y hoy casi estoy convencido de que con ser regular basta), pero era maravilloso escuchar unas palabras junto al fuego.

martes, enero 03, 2006

Sobre El Doctor Zhivago



Hace un año y unos cuantos días me quedaba sin Nochevieja, y sin gran parte de las vacaciones navideñas, por culpa de una gripe que me tuvo en la cama varios días. Aproveché para leer El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Sólo puedo decir que ha sido una de las más gratas experiencias de mi vida como lector, experiencia que se ve doblemente compensada si tenemos en cuenta que ya conocía -y amaba- la versión cinematográfica de la novela que hizo David Lean. En ese año que media entre aquella gripe (nunca pensé que el recuerdo de unos días de gripe pudiera ser tan grato, pero lo es, gracias a la compañía de la novela) y el día de hoy he vuelto a ver en algún momento la película. El título de esta entrada bien podría ser Sobre el doctor Zhivago, de Boris Pasternak o Sobre el doctor Zhivago, de David Lean. Me es indiferente: es el propio personaje Zhivago el que ahora me reclama algo de atención.

Son días extraños estos. Leo en la prensa local una noticia que me acaba por parecer grotesca. Ayer, en el día de la toma, los de siempre irrumpieron en la fiesta (ciertamente es ponérselo demasiado fácil con este tipo de celebraciones) para hacer lo que todos sabemos que saben hacer. Al parecer venían de todas partes de España, y entre ellos se encontraba cierto individuo que este verano, sin proponérselo, nos dio para tanto cachondeo al irrumpir en Roquetas -pecho lobo al aire- con su pistola y su pinta de hormiga atómica por bandera. Lo cierto es que ésta es sólo la parte más chusca, más risible (sin gracia) de cierto transcententalismo histórico que en los últimos años ya va resultando cada vez más cansino, por omnipresente.

Para mí, en la palabra Zhivago se cifra la historia de un hombre que no se siente llamado a protagonizar la Historia, costumbre odiosa donde las haya. Vemos a menudo a los políticos cobijarse bajo la neciamente recurrente frase de la Historia pondrá a cada uno en su sitio, forma cobarde de atribuirse los laureles del vencedor, del iluminado, sin nombrarlo; lenguaje místico de las tribunas que equivale públicamente al mucho más barriobajero a mí por la verdad me cortan la cabeza, fórmula magistral del mentiroso por excelencia, cuando no del tonto, que necesita agrandar su imagen cien veces para no darse cuenta jamás de que lo único importante es estar vivo, sobrevivir. Pedir que se tome conciencia de eso, que se celebre con asombro, con alegría, con dadivosidad, quizá sea demasiado pedirle a una mente -valga la redundancia- mentecata.

Zhivago es un anacronismo que me gusta. Engendrada la novela a imagen y semejanza de esos novelones decimonónicos que tanto nos gustan, y de cuya estructura no difiere demasiado, fue escrita sin embargo en 1957, en pleno estalinismo, e inmediatamente prohibida. No me parece casual que ante una ideología totalitaria se plantase Pasternak -sutilmente- con una novela total: un elefante no se aplasta con un matamoscas. Pero eso al mismo tiempo le confiere cierta ironía, cierta ternura al acto mismo de su existencia, pues era probablemente un vano intento de vivir a través de la escritura lo que la Historia y sus vigías, negadores de todos los alrededores posibles siempre, no veían con buenos ojos. La imagino ahora como un bello acontecimiento literario que conserva, convertida ya en clásico, la altanería de un Cyrano que se apaga exhibiendo su orgullo. Sólo que quienes la hayan leído sabrán que esas páginas no se apagan, a pesar de su lenguaje idealista hasta lo cursi, a pesar de todos los anacronismos que la pueblan, a pesar de todo y de todos: El doctor Zhivago merece la pena leerse, al menos, una vez en la vida.

Sabrán perdonarme quienes me lean -puesto que el amor es ciego- que quiera aplicar el mismo juicio que aplico a la novela a la película de David Lean, y quizá con más pasión, pues sumemos que este escribiente no ha visto jamás en una pantalla una belleza más hiriente, más pavorosa por intocable, que la de Julie Christie. Es famoso el deseo de Woody Allen de querer reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty (quien entre sus amantes contó, cómo no, con la propia Julie Christie). Yo recuerdo una escena de la película en la que Rod Steiger pasa sus dedos por los labios empapados de vino de la joven Lara y me conformo, no sé si más modestamente, con querer reencarnarme en las yemas de sus dedos. Y pienso que ese deseo es mi revolución, por la belleza que encierra, por lo incomprensible que resulta, y porque sí.

En fin, que me enrollo demasiado. Amoríos mitomaníacos al margen, entre el compadre que me pega un tirón de orejas por blando, entre el político que se preocupa por mi moral y el iluminado que me llama al sacrificio, entre el moralismo de unos y de otros, entre todos los no es suficiente con del mundo, ando buscando ese espacio necesario -llamémosle consuelo- que para mí representa Yuri Zhivago, una figua que defiende, en palabras de Mario Vargas Llosa, "su derecho a ser como es: un hombre débil, amante de la verdad, de la ciencia, de la naturaleza, de la poesía, perplejo ante la historia, desconfiado de los dogmas, incapaz de entusiasmarse por ninguna reforma social que borre al individuo concreto y lo transforme en esa abstracción, la masa, el pueblo".

Un hombre que lucha, en suma, aunque algunos no lo entiendan.