martes, enero 03, 2006

Sobre El Doctor Zhivago



Hace un año y unos cuantos días me quedaba sin Nochevieja, y sin gran parte de las vacaciones navideñas, por culpa de una gripe que me tuvo en la cama varios días. Aproveché para leer El doctor Zhivago, de Boris Pasternak. Sólo puedo decir que ha sido una de las más gratas experiencias de mi vida como lector, experiencia que se ve doblemente compensada si tenemos en cuenta que ya conocía -y amaba- la versión cinematográfica de la novela que hizo David Lean. En ese año que media entre aquella gripe (nunca pensé que el recuerdo de unos días de gripe pudiera ser tan grato, pero lo es, gracias a la compañía de la novela) y el día de hoy he vuelto a ver en algún momento la película. El título de esta entrada bien podría ser Sobre el doctor Zhivago, de Boris Pasternak o Sobre el doctor Zhivago, de David Lean. Me es indiferente: es el propio personaje Zhivago el que ahora me reclama algo de atención.

Son días extraños estos. Leo en la prensa local una noticia que me acaba por parecer grotesca. Ayer, en el día de la toma, los de siempre irrumpieron en la fiesta (ciertamente es ponérselo demasiado fácil con este tipo de celebraciones) para hacer lo que todos sabemos que saben hacer. Al parecer venían de todas partes de España, y entre ellos se encontraba cierto individuo que este verano, sin proponérselo, nos dio para tanto cachondeo al irrumpir en Roquetas -pecho lobo al aire- con su pistola y su pinta de hormiga atómica por bandera. Lo cierto es que ésta es sólo la parte más chusca, más risible (sin gracia) de cierto transcententalismo histórico que en los últimos años ya va resultando cada vez más cansino, por omnipresente.

Para mí, en la palabra Zhivago se cifra la historia de un hombre que no se siente llamado a protagonizar la Historia, costumbre odiosa donde las haya. Vemos a menudo a los políticos cobijarse bajo la neciamente recurrente frase de la Historia pondrá a cada uno en su sitio, forma cobarde de atribuirse los laureles del vencedor, del iluminado, sin nombrarlo; lenguaje místico de las tribunas que equivale públicamente al mucho más barriobajero a mí por la verdad me cortan la cabeza, fórmula magistral del mentiroso por excelencia, cuando no del tonto, que necesita agrandar su imagen cien veces para no darse cuenta jamás de que lo único importante es estar vivo, sobrevivir. Pedir que se tome conciencia de eso, que se celebre con asombro, con alegría, con dadivosidad, quizá sea demasiado pedirle a una mente -valga la redundancia- mentecata.

Zhivago es un anacronismo que me gusta. Engendrada la novela a imagen y semejanza de esos novelones decimonónicos que tanto nos gustan, y de cuya estructura no difiere demasiado, fue escrita sin embargo en 1957, en pleno estalinismo, e inmediatamente prohibida. No me parece casual que ante una ideología totalitaria se plantase Pasternak -sutilmente- con una novela total: un elefante no se aplasta con un matamoscas. Pero eso al mismo tiempo le confiere cierta ironía, cierta ternura al acto mismo de su existencia, pues era probablemente un vano intento de vivir a través de la escritura lo que la Historia y sus vigías, negadores de todos los alrededores posibles siempre, no veían con buenos ojos. La imagino ahora como un bello acontecimiento literario que conserva, convertida ya en clásico, la altanería de un Cyrano que se apaga exhibiendo su orgullo. Sólo que quienes la hayan leído sabrán que esas páginas no se apagan, a pesar de su lenguaje idealista hasta lo cursi, a pesar de todos los anacronismos que la pueblan, a pesar de todo y de todos: El doctor Zhivago merece la pena leerse, al menos, una vez en la vida.

Sabrán perdonarme quienes me lean -puesto que el amor es ciego- que quiera aplicar el mismo juicio que aplico a la novela a la película de David Lean, y quizá con más pasión, pues sumemos que este escribiente no ha visto jamás en una pantalla una belleza más hiriente, más pavorosa por intocable, que la de Julie Christie. Es famoso el deseo de Woody Allen de querer reencarnarse en las yemas de los dedos de Warren Beatty (quien entre sus amantes contó, cómo no, con la propia Julie Christie). Yo recuerdo una escena de la película en la que Rod Steiger pasa sus dedos por los labios empapados de vino de la joven Lara y me conformo, no sé si más modestamente, con querer reencarnarme en las yemas de sus dedos. Y pienso que ese deseo es mi revolución, por la belleza que encierra, por lo incomprensible que resulta, y porque sí.

En fin, que me enrollo demasiado. Amoríos mitomaníacos al margen, entre el compadre que me pega un tirón de orejas por blando, entre el político que se preocupa por mi moral y el iluminado que me llama al sacrificio, entre el moralismo de unos y de otros, entre todos los no es suficiente con del mundo, ando buscando ese espacio necesario -llamémosle consuelo- que para mí representa Yuri Zhivago, una figua que defiende, en palabras de Mario Vargas Llosa, "su derecho a ser como es: un hombre débil, amante de la verdad, de la ciencia, de la naturaleza, de la poesía, perplejo ante la historia, desconfiado de los dogmas, incapaz de entusiasmarse por ninguna reforma social que borre al individuo concreto y lo transforme en esa abstracción, la masa, el pueblo".

Un hombre que lucha, en suma, aunque algunos no lo entiendan.

4 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Doctor Zhivago son dos palabras que sugieren, casi de forma instantánea, una de las más bellas melodías cinematográficas que recuerdo. Es imposible desligar esa historia tan verosímil (la mirada hipnotizadora de Sharif lo certifica) de unas notas que dicen tanto y anuncian aún más casi sin que el espectador se dé cuenta.
Podríamos hablar horas y horas (no sería raro) sobre los detalles de la película, sobre los efectos que produce su banda sonora o sobre el magnífico papel secundario de Geraldine. Mas... Me quedo con el vestido rojo de Lara, los ojos de Yuri, el ramo de flores marchitándose y las páginas de un libro que algún día, para hacerle justicia a tu afirmación, tendré que leer.
Un beso.

04 enero, 2006 19:35  
Blogger Montaigne granadino said...

¡Uyy, si me diera por hablar de la música de Maurice Jarre! Un beso.

04 enero, 2006 19:43  
Anonymous Anónimo said...

Entiendo perfectamente esa adoración hacia una obra artística. Es estupendo poder adherirse a unos personajes, a una historia...crear un mundo y pasear por él. Te entiendo. A mí me pasa lo mismo con "las tortugas ninja" (la primera). Besos níveos.

04 enero, 2006 20:52  
Anonymous Anónimo said...

Bueno, sobre Las Tortugas Ninja hablaré largo y tendido en mi blog algún día... (¡Pizza, pizzaaaa!). Pintores italianos al servicio de Splinter, la rata con batín. Le falta el tema de Lara de fondo para ser una estampa aún más idílica si cabe...

04 enero, 2006 22:43  

Publicar un comentario

<< Home