martes, febrero 14, 2006

Sobre el amor (I)

Aquellos que, como yo, se hayan formado en alguna disciplina humanística y, por lo tanto, encuentren como requisito indispensable para su quehacer cotidiano un cierto trato con el pensamiento impreso en unas páginas seguramente sepan de qué les hablo cuando diga lo cansina que resulta esa advertencia repetitiva que con frecuencia se nos hace en beneficio de nuestras alfabéticas cabezas, me refiero a eso de "no todo se aprende en los libros". En efecto, es una especie de muletilla asegurar que no todo está en los libros como lo es también lo contrario: aseverar que todo está en ellos. Con la segunda máxima no suelo tener demasiados conflictos. Con la primera, sin embargo, cada día me cuesta más estar de acuerdo. Fíjense que yo hoy no voy a escribir sobre un tema, sino sobre El Tema, y no se me ocurre otra cosa más original que empezar citando un libro.
En realidad ya conocía este pasaje de El barón rampante, de Italo Calvino, desde antes de leer la novela, cuando yo era estudiante de carrera y un profesor decidió lucirse -con éxito- leyéndolo en voz alta ante su entregado auditorio. Es tan delicioso que sería egoísta dejarlo amontonado en mi estantería sin reproducirlo aquí:
"Cogió el caballo, marchó hacia el bosque. Cosimo estaba en una encina. Ella se detuvo debajo, en un prado.
-Estoy cansada.
-¿De ésos?
-De todos vosotros.
-¡Ah!
-Ellos me han dado las mayores pruebas de amor...
Cosimo escupió.
-...Pero no me bastan.
Cosimo clavó los ojos en ella.
Y ella:
-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo...
Estaba allí en el prado, más bella que nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte de su figura habría bastado con muy poco para disolverlos y volverla a tener entre los brazos... Podría decir algo, Cosimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto...", y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
Viola tuvo un gesto de contrariedad que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía, más aún, tenía en la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero..." y subir de inmediato con él... Se mordió un labio. Dijo:
-Pues entonces sé tú mismo solo.
"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", eso es lo que quería decir Cosimo. Y en cambio dijo:
-Si prefieres a esos dos gusanos...
-¡No te permito despreciar a mis amigos! -gritó ella, y no obstante pensaba: "A mí me importas sólo tú, y sólo por tí hago todo lo que hago".
-Sólo yo puedo ser despreciado...
-¡Tu modo de pensar!
-Soy una sola cosa con él.
-Entonces adiós. Parto esta misma noche. No me volverás a ver."
A día de hoy he leído la novela un par de veces (junto con la totalidad de la Trilogía de Nuestros Antepasados, de la que forma parte), y es una de mis favoritas. Sigue dándome vueltas en la cabeza el dilema que se plantea entre Cosimo y Viola. ¿Es el amor entrega absoluta, renuncia a uno mismo, o es ser uno mismo con todas sus fuerzas?
En la calle hoy, 14 de febrero, he visto numerosas personas con ramos de flores y felizmente ajenos a los dilemas de este escribiente. Ignoro de qué lado de la balanza estaban, si es que estaban de alguno. Yo en lugar de con flores he llegado a casa con la memoria de este pasaje. Tan hermoso, por cierto, que de momento y hasta nuevo aviso dejo a mis hipotéticos lectores a solas con sus hipotéticas dudas.

lunes, febrero 06, 2006

Sobre personas y cosas

Tengo la creencia de que las personas se conocen mucho mejor vistas hacia fuera. Por lo general, creo que se puede saber mucho más acerca de alguien atendiendo a su relación con las cosas que por las detalladas descripciones que ese alguien pueda hacerte de su carácter, de su psique. Yo prefiero la palabra carácter para mis propósitos, entendido éste simplemente como el conjunto de cualidades o circunstancias que distinguen a una persona de las demás (o que la asemejan a las demás, por qué no). El carácter es una marca. Por ejemplo, Fulano puede decirme que es un entusiasta de los goles de Ronaldo y engañarme. Cuando vea a Fulano saltando, tirando la cerveza, golpeando la mesa tras un gol de Ronaldo, entonces Fulano difícilmente me estará engañando. Un golpetazo en la mesa puede mostrar más entusiasmo que todas las palabras. Nadie tiene por qué creerme cuando escriba en este blog lo mucho que me gusta, por ejemplo, una tertulia con café incluido. Pero quienes me acompañan con cierta frecuencia en esos lances cafeteros probablemente no necesiten que les diga lo mucho que me gusta una buena conversación. Les bastará con observar mi forma de dejar enfriarse poco a poco el café para entenderlo.
Por algún motivo me suelen gustar las personas que saben establecer una buena relación con las cosas. El mayor de los simplismos en este aspecto seguramente es pensar que cierto desprendimiento de todo lo material, cierto ascetismo ante el mundo para ofrecer a cambio simple y llanamente nuestra "alma desnuda" es mucho más profundo que comprar un colgante innecesario en un mercadillo. No sólo nunca lo he creído así, sino que muchas veces me pregunto si quienes de vez en cuando me tachan de materialista (hermosa palabra al fin y al cabo) e insisten en que mire en el interior de mi alma no olvidan que todo eso que pudiera encontrar en una hipotética alma no se reduce, también, a un conjunto de cosas. Por un momento voy a imaginar, ya puestos, que tengo alma. Juro que no sé qué delicadas sutilezas u horripilantes vericuetos encontraría en ella, pero con toda certeza no faltarían un buen puñado de canciones, películas, gestos, miradas, calles, páginas y un larguísimo etcétera que me llevaría a concluir este párrafo, tras una interminable enumeración, con la siguiente afirmación: "es decir, cosas".
Hay quienes consideran un plomo a una visita que tarda en irse. Para mí un plomo es fundamentalmente alguien que trata de definirse en abstracto en todo momento. Yo mismo soy un plomo al escribir este blog, como puede deducirse. Yo mismo intento evitar serlo al utilizar el mismo simplemente para hablar de cosas. Imagínense a alguien que loa su propia generosidad. Ahora imagínense a alguien que les presta un libro. En el segundo acto va incluida la consideración del otro, a mi entender, pues no es cierto que se sea generoso sin motivo. Si alguien te presta un libro, seguramente considera que lo que es bueno, o risible, para sí mismo lo es también para algún otro que conoce. Valora, por tanto, los gustos ajenos, escoge, tantea... y todo eso lo cifra en un objeto. No sólo pienso que ese proceder no es superficial, sino que es imperceptiblemente grandioso.
Para más señas, tengo tanta jeta que aprovecho para actualizar mi blog mientras vigilo a mis alumnos, que están haciendo un examen. Una de las preguntas consiste en que me hablen de un libro, que por supuesto pueden traer consigo. El resto no difiere mucho de lo que es un examen normal, con preguntas teóricas y prácticas. Cuando levanto la cabeza por encima de la pantalla del ordenador veo las mismas caras que me han acompañado durante todo el cuatrimestre, ahora concentradas pero ya no tan tensas, tras los primeros minutos. Cuando acaben dentro de un ratito no volveré a ver muchas de estas caras, supongo. Pienso conservar estos exámenes por lo que simbolizan para mí, por todo lo que se resume en cada uno de ellos. Al mismo tiempo, y aunque ellos no conocen -ni tienen por qué- mis auténticas intenciones, yo les he pedido una lectura obligatoria, pero no para joderles la vida precisamente. Dentro de unos días olvidarán todo aquello que han memorizado para el examen de ahora, pero me gusta pensar que les quedará, por lo menos, un libro. Cuando toda esa abstracción en la que en este momento están inmersos se difumine con el paso de los días, cuando todo eso se volatilice como el humo de un cigarro, sin que se note mucho, todavía quedarán cosas, al fin y al cabo. Y eso no es ninguna tontería.
Mentiría si negase que no encuentro cierto consuelo al pensar en las cosas. Y eso porque las cosas jamás me han parecido materiales banalidades que distraen a nuestra alma de las más exquisitas esencias de la vida. Soy más bien torpón y algo rudo, razón por la cual nunca he podido dejar de verlas como el efecto más humano de todas las acciones del mundo. Nada hay nuevo entre el sol y la tierra; aparte de eso, pocas cosas hay que no surgiesen del trabajo de dos manos.