Sobre abrir los ojos
Si en mi anterior entrada comenzaba recordando una amistosa (y deliciosa) conversación con un amigo, hoy me viene a la cabeza que debe hacer una semana que tuve otra -en absoluto amistosa- con un viejo conocido. Alguien había sacado el tema de Fidel Castro, personaje que me resulta bastante antipático, y la cosa acabó derivando hacia los derroteros del compromiso y el abrir los ojos a la realidad. Lejos de querer elaborar una tesis sobre la complejísima realidad de América Latina, esta mañana escucho en la radio a unos jóvenes hablando simple y llanamente sobre sus gustos musicales. Inmediatamente se forman dos bloques de opinión: los que opinan que la música es sencillamente algo con lo que relajarse y pasarlo bien olvidándose de los problemas y los que creen que la música debe contener un mensaje, porque -dice una de las contertulias más o menos- es una tontería "decir cuánto te quiero, porque hay que abrir los ojos a la realidad que nos rodea".Si no recuerdo mal, los últimos discos que he escuchado deben ser uno de Pasión Vega (¡la Voz!) y un recopilatorio de canciones de Billie Holliday. Según esa peculiar lógica que convierte el deleite estético -algo por otra parte tan necesario como mal visto- en un cerrar los ojos a la realidad debo ser un tipo de lo más tibio, cuando en el fondo, acusar a alguien de falta de compromiso por sus gustos estéticos es sencillamente caer indirectamente en uno de los tópicos más manidos de esa ideología burguesa a la que precisamente dicen oponerse esos dedos acusadores: el de la perfecta inutilidad del arte, el de su constitución como lujo, como objeto a lo sumo superfluo. El silogismo por el que se llega ahí no deja de ser de lo más simple: si la música moralmente aceptable es la que tiene un mensaje social y Pasión Vega canta una copla con mensaje amoroso, entonces la música de Pasión Vega no es moralmente aceptable (o es moralmente tibia).
Entre las varias maneras que hay de desmontar este argumento yo prefiero aquella que pone el acento en lo moral. Lo que con frecuencia se olvida es que una postura moral no tiene nada que ver con una postura moralista. La postura moralista acaba y empieza, por lo general, en la exposición de la propia moral convertida en dogma. Una postura moral se puede permitir el lujo incluso de no hablar de moral, lo cual no significa que se prescinda de ella. Un chico al que respeto me reprendió una vez por haber leído a Céline -del que alguna vez he escrito en este blog- por el filonazismo de éste. Él confesaba orgulloso no haberlo leído, e incluso se basaba en su impoluta condición moral a la hora de afirmar que no debía leerse, que no debía estudiarse. De alguna manera, el dogma no admite la contradicción, pero la duda razonable, sí. El moralista sólo reconoce el horror en los otros, pero jamás se plantea que pueda sucederle a él mismo. Por otra parte, sería un error de primero de filología pensar que la lectura de un autor filonazi convierte al lector automáticamente en un apólogo del nazismo, como si no existiera la distancia crítica, es decir, moral. Personalmente prefiero, por ejemplo, un libro que hable con estatura moral del gusto de su autor por la pesca, que otro que hable de la moralidad de la pesca misma.
Mi viejo conocido me reprochaba el otro día vivir de espaldas a la realidad y muy bien pudo ampararse en mis costumbres para sostener su visión. Hace años que dejé de escuchar los viejos grupos con mensaje social que nos unieron durante la adolescencia, y aunque menos, también hace tiempo ya que abandoné mi voluntariado en la prisión (donde daba clases de lengua), precisamente para dedicarme a la investigación literaria. Dejé una ONG y empecé a interesarme mucho más en serio por las correrías del Arcipreste. Dejé de hablar de moral ante los demás para reparar en que lo mío era hablarle a mis alumnos moralmente (como moralmente, creo, siempre intenté tener en cuenta a mis alumnos en la cárcel). No soy ejemplo, no hago nada que me convierta en el paladín de la justicia universal porque, entre otras cosas, hace tiempo que me interesa mucho más la justicia inmediata.
Uno de los chicos de la tertulia radiofónica afirmaba que el pirateo de música se debe, entre otras cosas, a que "a la gente le cuesta escuchar un disco entero, es mejor tener tu propio greatest hits". Lo cierto es que de pronto me he visto reconocido en esta ingenuidad. Hace poco que me regalaron el magnífico Dark side of the moon, de Pink Floyd, que supuso una buena cura de humildad ante mis tontorrones (ahora también empiezan a ser antiguos) prejuicios contra el rock sinfónico. Yo todavía escucho un disco entero con placer, agradezco su variedad, la impaciencia continua a la que me somete, y gracias a este regalo un prejuicio ha caído y un nuevo deleite atesoro ahora. Mi mundo, por tanto, se ha ampliado, y siento que eso me hace más permeable, más rico, menos dogmático. Ha caído una muralla, pero en su lugar ahora hay un parque donde los niños se balancean y corren. Cuando hablo sobre la actual situación de Cuba siento que me pierdo, que no sé nada sobre el tema, que soy un impostor, puesto que mi deseo de una solución justa y razonablemente pacífica es mucho más fuerte que mi capacidad de análisis para un tema que me supera. Formarse una opinión inmediata de las cosas es un ejercicio tan disparatado como agotador. En cambio, cuando hablo de música con Violante, que se lo ha escuchado todo, soy un adolescente que toma notas a escondidas. Hay conversaciones sobre temas serios que, además de no aportarme demasiado, han acabado con un buen tirón de orejas por mi falta de estatura moral, y conversaciones sobre temas la mar de frívolos para los serios de las que he deducido fácilmente la necesidad de aceptar, respetar, y hasta disfrutar la diferencia. Y, ¡diantres!, esto último no es nada desdeñable para moverse tanto en los terrenos serios, como en los tibios, como en los legítimamente distendidos.
Digamos que si me he decidido a escribir esto no es para loarme ni proponerme como modelo de nada. Sé que mi posición tiene puntos criticables y a menudo pienso en ellos, les doy constantes vueltas porque es mi responsabilidad. Pero eso sí, frivolidad de frivolidades, la verdad es que La Polla Records nunca me gustó, a pesar de sus buenas intenciones. En cambio, cada vez que en la oscuridad de mi cuarto suena la alcoholizada voz de Billie Holliday hay un chispazo, un estremecimiento que me hace -¡oh tibio entre los tibios!- tener los ojos más que abiertos: es la maltratada conciencia de tener la suerte de estar justo ahí.


3 Comments:
Veo que mis recomendaciones no caen en saco roto y la gran Billie ya es parte de ti. ¿A que después de escucharla nada es igual?
Curiosamente, en un blog he hablado sobre los prejuicios y en otro pienso tratar la música (llevo días madurando la idea). Creo que es porque se acerca Septiembre ;)
Como me siento en sintonía con nuestro huésped en esta polémica que a veces me exaspera, dejo aquí algunas observaciones (demasiadas, ay, me temo):
La mayor parte de la gente que dice gustar de la “música de compromiso” suele ceñirse a grupos que utilizan letras de contenido explícitamente izquierdista. Pasa igual con la poesía y con la narrativa. Confundir al arte con su argumento retrotrae a estos individuos a la era antidiluviana del marxismo.
Aceptando que una canción sin argumento comprometido puede ser comprometida e incluso aceptando que todas las canciones están comprometidas con alguna ideología (aunque no lo sepan), como nuestro querido Montaigne granadino afirma, leer literatura clasista (digamos Tolstoi) no nos convierte a lo Paulov en potenciales patrones explotadores como el insigne ruso lo fue. Y si no que se lo digan a Lenin. Suyas son estas palabras: “Tolstoi supo plantear tantos problemas importantes y elevarse a una altura artística tan intensa que sus obras ocupan uno de los primeros lugares en la literatura mundial”. ¿No tuvo Lenin algo que ver en la Revolución Rusa? Parece que la lobotomización literaria de la aristocracia falló esta vez con él.
Ese viejo amigo del que aquí se habla debe ser de los que piensan que el valor artístico de una obra es directamente proporcional a su compromiso. Por eso seguramente preferirá a Maiakovski frente a Rilke, como otros prefieren a Pemán frente a Eliot. Ellos sabrán.
Billy Holliday escribió “Strange Fruit”, canción comprometida donde las haya, pero su extremada conciencia racial no le ayudó mucho como mujer: también escribió decenas de canciones suplicando palizas de amor a su macho. Yo, que me considero una feminista militante, creo que es una cantante inteligente, conmovedora y llena de matices. De las mejores a mi gusto. Afortunadamente la ideología no se fragua sólo a base de modelos y su voz quebrada es, para quien sepa oírla, el más tenaz de los compromisos.
"Ese viejo amigo del que aquí se habla debe ser de los que piensan que el valor artístico de una obra es directamente proporcional a su compromiso."
Sin particularizar en mi viejo conocido, pues podría tener muchos viejos conocidos, me temo que esa polémica le resultaría del todo ajena. Es el propio valor artístico lo que se considera una frivolidad. Date una vuelta por foros varios y verás que a eso también puede retrocederse (que no llegar).
Si yo fuera mi viejo conocido ya te habrías ganado un buen tirón de orejas y la más recta de las correcciones, creo. El huesped, en cambio, vuelve a sentirse superado por los hospedados. Y eso se agradece. De seguir así voy a tener que comprometerme con el derroche de abrazos varios ;).
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