Sobre el comienzo de la temporada de fútbol 2006/2007 (o tan sólo lo probable)
Cuando el pasado sábado me dirigía a echar esa quiniela -la primera de esta temporada- en la que tantas esperanzas tengo puestas, la noticia futbolística era la lección de fútbol que la noche anterior le había dado el Sevilla al Barça en Mónaco ganándole la Supercopa de Europa con tres contundentes goles. Todavía se notaba que en verano la ciudad funciona a medio gas y las playas a pleno pulmón, pues en la administración de lotería, en la que en periodo laboral suelo hacer cola, sólo me encontré a dos tipos. Uno de ellos era el dueño, y el otro más que un cliente propiamente dicho, parecía un maltratado culé que pasaba por allí y se quejaba de paso por la intensidad con la que había jugado el Sevilla la noche anterior. "Seguro que contra otros no juegan así, contra el Barça es que parece que les va la vida", decía, y su comentario me pareció una divertida paradoja, porque uno puede quejarse de algo así sin el más mínimo problema y sin llamar en absoluto la atención si está en un bar, pero en una administración de lotería, donde sólo se acude para confiar en la incertidumbre del azar, quejarse de que los planes no salen como estaban previstos no deja de ser algo pintoresco. Pues el fútbol es un juego, y en el juego -si es limpio- más que la certeza rige tan sólo lo probable.El pobre hombre se había llevado un chasco porque el Sevilla no había ejercido su papel de víctima. Como si la intensidad competitiva -por otra parte habitual en el Sevilla- no fuera otra cosa que un accidente de mal gusto, una anomalía ideada para contravenir los planes de la normalidad, que al parecer sólo podían culminar con la victoria del Barcelona. Como si, en definitivas cuentas, el partido de Mónaco no fuese la disputa de -ni más no menos- un título europeo, sino una especie de homenaje veraniego, debido y obligado, al buen juego del Barcelona. Y es que, si algo echa de menos durante el verano un futbolero, no es otra cosa que la falta de sentido común que suele acompañar a la temporada futbolística. Porque pocas cosas se tejen tan apegadas a la lógica y al mismo tiempo a los razonamientos más excéntricos como la valoración de las victorias y las derrotas. Diríase a veces que el disparate lógico es la norma del futbolero, pero para muestra un botón.
Ya esa misma noche, José María del Nido, presidente del Sevilla Club de Fútbol (y abogado del ínclito Cachuli) hacía una peculiar valoración de la victoria ante los micrófonos de la prensa deportiva: que la victoria sobre el Barcelona no hacía otra cosa sino mostrar que el Sevilla era el mejor club de Europa, latiguillo que todavía a estas alturas de resaca debe andar repitiendo sin cesar. En principio parece algo lógico pensar que si los dos campeones de las competiciones europeas de la anterior campaña se enfrentan, el que gana es el mejor. Sólo que para llegar a esa conclusión hay que obviar por completo una serie de hechos que son de cajón y que cualquier futbolero con dos dedos de frente conoce a la perfección: el más clamoroso de ellos es que la Copa de la Uefa la juegan los equipos que quedan clasificados a partir de la quinta posición en el Campeonato Nacional de Liga y la Liga de Campeones la juegan justamente los que han quedado clasificados por encima de ellos. Eso no quita mérito al Campeón de la Uefa, por supuesto, pero sirve también para entender que la Supercopa, pese a ser un título importantísimo, divertido e intenso (como todos los que se juegan a partido único), no deja de ser un título menor europeo cuyo mayor valor reside probablemente en los méritos que se han hecho antes para poder jugarlo. Seguramente el señor del Nido cambiaría sin pestañear diez Supercopas a cambio de lucir en las vitrinas de su club una sola Copa de Europa, y desde luego no cambiaría la mismísima Copa de la Uefa por la victoria en la Supercopa. Son ese tipo de piruetas demagógicas las que hacen que en el silencio de la derrota del Barcelona haya una dignidad de la que los ruidosos discursos de del Nido no pueden presumir. El azar es un golpe que no entiende de campeones, me temo. Dicho esto, da gusto ver cómo el pez chico se merendó -sin más- al grande. Al margen de los discursos de los mandamases lo que queda es el buen rato que el Sevilla nos hizo pasar a los que lo vimos. Algún buen amigo mío, sevillista de los de toda la vida, se quejaría con justicia si no alabase los méritos de su equipo. ¡Bravo por el Sevilla!
Hará un año, Miguel Ángel, futbolista que lo fuera del Málaga, fichaba por el Betis, equipo que en la campaña anterior a la llegada de Miguel Ángel no sólo había triunfado en la Copa del Rey, sino que había acabado clasificándose en cuarto lugar en la Liga y jugando, por tanto, la Liga de Campeones. Recuerdo una entrevista en la que Miguel Ángel mostraba su entusiasmo por su nuevo club con el siguiente silogismo: "si estamos hablando de la mejor Liga del mundo, y el Betis ha quedado cuarto, entonces he fichado por el cuarto mejor equipo del mundo". Me asombró tanto la sencillez y contundencia impecable de su lógica como lo disparatado de la afirmación. Lo cierto es que al final el pobre Miguel Ángel acabó perdiéndose la temporada por una lesión grave, que el cuarto mejor equipo del mundo casi se va a la segunda división con un presidente fantasma, y que la mejor liga del mundo la ganó un todopoderoso Barcelona con una facilidad pasmosa, demostrando una gran diferencia de nivel entre él y todos los demás equipos.
Es un tópico afirmar que el fútbol no entiende de lógica. Yo creo que sus protagonistas, al menos técnicamente, la utilizan con maestría. Otra cosa es que una lógica impecable deba al mismo tiempo sustentarse en clamorosos silencios para ser posible. Pues para lógica, la de la triquiñuela.
Mi equipo, el Real Madrid, hizo ayer un partido espantoso en el que empató a cero con el Villarreal, y jugando en casa. Hoy leo en la prensa que los jugadores extraen una conclusión alocadamente optimista: destacan la solidez defensiva, lo difícil que es hacerles un gol. Una vez más, impecable. Pero yo, por mi parte, ya voy a empezar a meditar sobre la quiniela de la próxima jornada. Allí donde la lógica no llega es tan sólo probable que sí lo haga el azar.


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