miércoles, septiembre 20, 2006

Sobre los libros

A casa suelen llegarme muchos libros. Vienen desde París, Londres, Madrid, Turín, Barcelona, Michigan, Toledo, Nueva York, Buenos Aires... Se quedan a vivir en unas estanterías cada vez más sobrecargadas pero no están demasiado tiempo quietos, pues me gusta recordar lo que dejó escrito Susan Sontag: "En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte", y por eso me animo a tocarlos mucho, a llevarlos de un sitio a otro y buscarlos dondequiera que se encuentren cuando viajo, como se busca la compañía en un bar (incluso cuando la compañía se queda en casa yo siempre llevo el deber de un amante en el corazón). Sé que los guardo pensando en alguien que aún no alcanzo a saber quién será, y sé también que no soy yo aquél al que se quedan esperando cuando les otorgo la quietud. Yo sólo soy el hacedor del polvo y la humedad -sin dobles sentidos- que los asedia. Por ahora permanecen conmigo aunque vengan de lejos y por eso, algunos, suelen prolongarse sobre los destinos más variopintos: unas veces su suerte se hace pública en el aula tristona de algún congreso, otras sus efectos van a confundirse con el humo denso de las cafeterías y, las más, acaban animando una conversación en algún sitio bonito, con buena comida y mejor bebida. El último, por ejemplo, fue una segunda degustación de Chesterton. La primera de ellas me llevó varios meses, muchos ratos perdidos, y casi mil páginas en total. En la segunda los libros ni siquiera estuvieron físicamente presentes, y me supo igual de bien que la primera -o incluso mejor- acompañada de un suculento pincho de cordero. Y es que los libros no se quedan en el punto y final, sino que van a terminarse en las conversaciones que nos animan, que ésas son el cuento de nunca acabar. Por eso recomiendo, a ser posible, buscarse un restaurante no muy caro pero apetecible (que los hay), preferiblemente con manteles de cuadros, pues éstos, además de invitar a la familiaridad, suelen dar alegría, y emplazado preferentemente en un entorno urbano, rodeado de idiomas varios, para ponerle fin a una lectura que no nos haya dejado indiferentes. No existe mejor guinda. Tampoco mejor pastel. O casi.

martes, septiembre 05, 2006

Sobre la mentira de la panadería

Los motivos que tengo para escribir este blog y contribuir así tontamente a la avalancha de bitácoras que circulan por la red sin rumbo fijo siempre han sido estrictamente personales: me gusta escribir. Añadamos además que escribir forma parte de mi trabajo, y que este formato -infrecuente para mí- me gusta especialmente. El hecho de que sólo lea este espacio un pequeño grupo de amigos de manera ocasional nunca me ha desanimado, más bien al revés, pues escribo como quien prepara una cena para alguien que aprecia: con toda la dedicación del mundo. Por eso creo que es la primera vez que realmente escribo lamentando no tener más lectores, pues el tema me causa una especie de dolorcillo machacón que tal vez sólo encuentre remedio en la necesidad de difundirse. Y me explico.
El sábado por la mañana estaba en casa estudiando cuando mi madre llegó de la panadería con dos noticias bastante inquietantes. La primera de ellas era que el día de antes, en mi barrio, dos magrebíes habían degollado a un hombre en plena calle, en una zona muy conocida del barrio. La segunda hacía alusión a una pareja que había entrado en un bazar chino en una céntrica zona de Granada, donde la chica había sido apresada y amordazada en un almacén destinado al tráfico de órganos. Es evidente que no hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que ninguna de las dos noticias estaba en absoluto libre de cierto tufillo racista, así que con la mosca detrás de la oreja me puse a buscar enseguida en las ediciones digitales de los periódicos para ver qué había sucedido realmente. Como ya habrán supuesto los lectores no encontré ni rastro de ninguna de las dos noticias, lo cual no significa que no encontrase nada.
Tristemente pude comprobar que en el mismo lugar donde se suponía que un hombre había sido degollado sí que había ocurrido un asesinato, pero no ése. Era el asesinato de Lourdes Rodríguez en un nuevo caso de violencia de género. De la misma manera, la historia del bazar chino, como pude comprobar, no era sino la versión granadina de una leyenda urbana al parecer muy difundida en este país.
En los últimos días se han sucedido los actos de protesta por el asesinato de Lourdes Rodríguez, que además de legítimos, son necesarios. Ahora bien, los vecinos del Zaidín sabemos que la reacción inmediata a lo ocurrido no fue tan digna. Llevo unos días con cierto pesar preguntándome quién y cómo le dio la vuelta a un caso de violencia de género hasta convertirlo en un asesinato en el que los asesinos eran, cómo no, un par de magrebíes. Hay algo horrendo detrás de todo eso que me temo que dejará su poso cuando las protestas cívicas por la muerte de Lourdes cesen, porque sin el miedo a los que llamamos otros no se explica que prolifere un bulo tan disparatado como injusto. Algo huele a racismo en este barrio. José Luis Murillo era taxista y al parecer hacía tiempo que no ejercía porque sufría una depresión. Que la salida a una depresión fuese el maletín con la escopeta que empleó para matar a Lourdes es un problema que debería hacernos pensar mucho acerca de los modelos de familia, supongo que católica y de las de toda la vida, que somos capaces de generar amparados en la autoridad patriarcal.
Todo el mundo parece haber olvidado ya el rumor malintencionado que mi madre se trajo de la panadería. Yo sigo pensando estos días acerca de la incapacidad para asumir nuestros propios horrores trasladándolos a los otros. En mi barrio hay muchas personas que bien pueden proceder del Magreb, y durante unas horas todas ellas fueron puestas bajo una sospecha sin sentido, cuando en realidad el problema de verdad tiene mucho más que ver con la materia en la que la mayor parte de nosotros hemos sido formados.
Cuando traté de explicarle a mi familia que me preocupaba el problema racista que había detectado en la reacción a un caso de violencia de género nadie pareció darle demasiada importancia. Cuando expliqué que lo del bazar chino era en realidad un cuento chino pareció que estaba contando un chiste de lo más gracioso, y hubo incluso quien me aseguró que conocía por el amigo de un amigo a la chica secuestrada. Más allá de la gracia que involuntariamente pude causar queda una desconfianza que, si bien no es del todo inconsciente, sí que exhibe una indulgencia alarmante a la hora de afrontar sus propios peligros.
Fíjense si no en la ilustración que acompaña a esta entrada, que he recogido en Google tras teclear la palabra "difamación". Unos labios pintados de rojo, claramente de mujer, "difaman" ante un oído azul, color distintivo de lo masculino. El dibujo lo he sacado de un artículo que habla desde el punto de vista católico acerca de la difamación sin caer en la cuenta de que ya desde el lapsus de colocar ese dibujo hay una difamación sexista en sí misma. Ni el dibujo es, por tanto, inocente, ni yo lo he sido al elegirlo. Tampoco lo era cuando intentaba este fin de semana llamar la atención sobre un problema que me produce mucha tristeza y que a veces nos hace mirar para otro lado. He pasado un fin de semana entre hamletiano y confuso tratando de explicarme, y todo para llegar finalmente a la evidente conclusión de que el disparate cala mucho más profundo que el sentido común. Creo que ya no debería insistir más, creo que yo también debería poner fin al monólogo. Así pues, "sean todos mis pecados recordados".