lunes, noviembre 06, 2006

Sobre la monotonía de la lluvia (en los cristales)

La verdad es que en mi vida de estudiante universitario jamás imaginé que llegaría a ver el mundo, no ya desde el otro lado del cristal, sino frente al mismo. Fui en alguna ocasión alumno en el aula donde ahora trato de no aburrir a mis pacientes -y propios- alumnos; por entonces la cristalera que la cierra quedaba a mis espaldas, y salvo que volviese la cabeza disimuladamente vivía poniéndole rostro al bostezo ante mis (nunca tan comprendidos como ahora, por cierto) profesores, pero volviéndoselo al mismo tiempo a aquellos que, felices, pasaban de largo por la calle visible tras la cristalera, rumbo a casa, o rumbo a cualquier parte. Ahora esta misma cristalera dota de un brillo que no es tan literario como literal a mis alumnos, les confiere aura, y yo, al fin de cara a la cristalera, me esfuerzo por disimular la curiosidad que a cada instante me suscita el paso relampagueante de cientos de joveznos dirigiéndose a destinos más oportunos que el que uno tontamente se esfuerza en ofrecerles.
Tal vez pensaba en esto esta mañana mientras leía en la sección de Cartas al Director de El País una breve pero enjundiosa polémica acerca de la conveniencia de implatar o no la asistencia obligatoria como modo de combatir el absentismo universitario. Por supuesto no he resistido la tentación de hablar del tema con mi clase, un tanto contrariada si tenemos en cuenta que hoy tocaba empezar a hablar del Cantar de Mio Cid. Los símbolos casi siempre se construyen sobre los vacíos; ese era en realidad el pretexto secreto de la clase, la suposición que trataba una vez más de demostrarme en las palabras de los otros. El peligro es que si uno menciona los vacíos, estos pueden irrumpir de pronto. Lo digo porque el tema del absentismo universitario, del que, cruzo los dedos, todavía no soy víctima, a la mayoría de mis alumnos, plin.
En el periódico alguien apela a la responsabilidad adulta del alumno universitario. En mi pequeña experiencia alguien no puede evitar convertirse en un niño por momentos. Ese alguien, por supuesto, soy yo, aquel al que mis alumnos llaman -para mi extrañeza- "profesor". Yo les cuento que Menéndez Pidal dijo esto o lo otro, que Colin Smith le replicó que si tal, que merece la pena detenerse en no sé qué pasaje. Me entusiasmo, unos se aburren, otros me siguen, la mayoría son tenaces... ellos creen que yo les enseño algo, yo aprendo a ver cómo el compañero se enamora de la compañera a golpe de cantar de gesta, observo el brillo que aparece cuando se enciende la luz de la curiosidad, me conmueve el gesto del que trata de reprimir un bostezo, el asentimiento cómplice del que siempre está de acuerdo aunque nunca lo diga. Y, para qué negarlo, resultó que la universidad era tan sólo una excusa, porque el regalo es poder verme sin tener que ser yo.
Mientras mi pequeña cuadrilla de inquietos indiferentes atravisesa la hora y media que estipula la organización docente observo al otro lado de la cristalera que Granada se resiste a entrar del todo en el otoño. El aire tiene un indefinido color de asfalto y pienso, mientras les hablo de otra cosa, que ahora me gustaría más que nunca aquello que escribió Machado: "Monotonía de lluvia tras los cristales". Me cuesta distinguir quien es en realidad el colegial cuando miro a mis alumnos: ellos solemnemente indiferentes ante el tema algo pueril del absentismo, yo despreocupadamente interesado en recordárselo. A pesar de esta frontera musical, pues es una cuestión de tono, siguen ahí. Esperan que les hable del mundo "serio" de la literatura medieval mientras observo infantilmente (esto es, sin que nadie lo sepa) el mundo menos serio que pasa por detrás de las cristaleras.
No me han calado; alguien sonríe. Sé que estoy de paso en esta situación, pero por algún motivo no puedo decir que me esté aburriendo, todo lo contrario. Descubrimos que el Cid no es suficiente para llenar los vacíos. Hay que seguir pensando, hay que darle más vueltas todavía. Hay que buscarles las cosquillas a los conceptos, estar atento a las ideas, porque son como las carcajadas, que saltan de pronto de entre la multitud y uno se pregunta quién ha sido. Alguien vuelve a sonreir, tal vez porque empieza a detectar lo pueril de mi entusiasmo adulto. No está mal -me digo para mis adentros- en tiempos en los que la lluvia ha dejado de ser monótona para ser como siempre: insinuante, extraña. No está pero que nada mal.