Sobre el amor (I)

Aquellos que, como yo, se hayan formado en alguna disciplina humanística y, por lo tanto, encuentren como requisito indispensable para su quehacer cotidiano un cierto trato con el pensamiento impreso en unas páginas seguramente sepan de qué les hablo cuando diga lo cansina que resulta esa advertencia repetitiva que con frecuencia se nos hace en beneficio de nuestras alfabéticas cabezas, me refiero a eso de "no todo se aprende en los libros". En efecto, es una especie de muletilla asegurar que no todo está en los libros como lo es también lo contrario: aseverar que todo está en ellos. Con la segunda máxima no suelo tener demasiados conflictos. Con la primera, sin embargo, cada día me cuesta más estar de acuerdo. Fíjense que yo hoy no voy a escribir sobre un tema, sino sobre El Tema, y no se me ocurre otra cosa más original que empezar citando un libro.
En realidad ya conocía este pasaje de El barón rampante, de Italo Calvino, desde antes de leer la novela, cuando yo era estudiante de carrera y un profesor decidió lucirse -con éxito- leyéndolo en voz alta ante su entregado auditorio. Es tan delicioso que sería egoísta dejarlo amontonado en mi estantería sin reproducirlo aquí:
"Cogió el caballo, marchó hacia el bosque. Cosimo estaba en una encina. Ella se detuvo debajo, en un prado.
-Estoy cansada.
-¿De ésos?
-De todos vosotros.
-¡Ah!
-Ellos me han dado las mayores pruebas de amor...
Cosimo escupió.
-...Pero no me bastan.
Cosimo clavó los ojos en ella.
Y ella:
-Tú no crees que el amor sea entrega absoluta, renuncia a uno mismo...
Estaba allí en el prado, más bella que nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte de su figura habría bastado con muy poco para disolverlos y volverla a tener entre los brazos... Podría decir algo, Cosimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto...", y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
-No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
Viola tuvo un gesto de contrariedad que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía, más aún, tenía en la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero..." y subir de inmediato con él... Se mordió un labio. Dijo:
-Pues entonces sé tú mismo solo.
"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", eso es lo que quería decir Cosimo. Y en cambio dijo:
-Si prefieres a esos dos gusanos...
-¡No te permito despreciar a mis amigos! -gritó ella, y no obstante pensaba: "A mí me importas sólo tú, y sólo por tí hago todo lo que hago".
-Sólo yo puedo ser despreciado...
-¡Tu modo de pensar!
-Soy una sola cosa con él.
-Entonces adiós. Parto esta misma noche. No me volverás a ver."
A día de hoy he leído la novela un par de veces (junto con la totalidad de la Trilogía de Nuestros Antepasados, de la que forma parte), y es una de mis favoritas. Sigue dándome vueltas en la cabeza el dilema que se plantea entre Cosimo y Viola. ¿Es el amor entrega absoluta, renuncia a uno mismo, o es ser uno mismo con todas sus fuerzas?
En la calle hoy, 14 de febrero, he visto numerosas personas con ramos de flores y felizmente ajenos a los dilemas de este escribiente. Ignoro de qué lado de la balanza estaban, si es que estaban de alguno. Yo en lugar de con flores he llegado a casa con la memoria de este pasaje. Tan hermoso, por cierto, que de momento y hasta nuevo aviso dejo a mis hipotéticos lectores a solas con sus hipotéticas dudas.


