sábado, mayo 13, 2006

Sobre los españoles

Son muchos los kilómetros que he recorrido estos días. Estoy contento de haber frecuentado incontables carreteras, paisajes, sitios, gentes... desde Granada hasta la capital del Principado. El trayecto ha sido suficiente para derribar una de mis más firmes convicciones de los últimos meses, y es que yo pensaba que si había algo invariablemente común entre los españoles desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico era el 20 minutos. Se me ocurrió soltar la gracia mientras almorzaba con algunas personas en una zona preciosa de Oviedo, cerca del mercado del Fontán. Me miraron raro, con cara de no enterarse de nada. Algo embarazosamente me dí cuenta entonces de que el periódico gratuito que cada mañana me procura mi vecino no se reparte por allí. Hay otros similares, pero el 20 minutos no es desde luego la suma de la unidad de España, como yo pensaba. Y en el fondo bien poco que me importa.
Me estoy especializando en hablar de cosas que nadie entiende, ni siquiera mis colegas de profesión. Algo deprimido por haber hecho cientos de kilómetros para constatar una vez más ese sinsentido decidí no ser congresista la mayor parte del tiempo, coger algo de dinero y dirigirme a la estación de autobuses con toda la intención del mundo de salir por patas, pero sin ninguna prisa por regresar a casa, ni a ninguna parte. Hay cierta tristeza inevitable cada vez que se hace eso, y sin embargo creo que casi nunca me siento mejor que estando en el camino. Mientras me esforzaba por no parecer turista observaba a través de la ventanilla del autobús a los peregrinos de Santiago que abundan por aquellos lares. Yo iba motorizado y casi con más intención de acumular pecados que de purgarlos, pero creo que nunca los he entendido tanto.
En estos viajes solía escuchar la radio, ver fugazmente las portadas de la prensa por ahí dispersa, ver igualmente las noticias en la cafetería de regreso al hotel. Los españoles vemos demasiado la televisión, y eso, más que las tan traídas dos Españas, nos está volviendo dignos de todos los tópicos. Hay que viajar mucho para darse cuenta de que toda esa maledicencia, todas esas acusaciones, todo el transcendentalismo del mundo se vuelve un ruido de fondo, más bien incomprensible y molesto, cuando se está en mitad de una carretera entre dos ciudades, ninguna de las cuales es la tuya. Para tomarse esas cosas demasiado en serio hay que estar sentado en casa, e imaginar que el mundo de ahí afuera se corresponde punto por punto con el que se tiene en la cabeza. Nada más cerril, en el fondo, y nada más cotidiano en esta piel de toro.
De ahí que me reafirme en mi impresión de que la música de Van Morrison enriquece la carretera. Yo he sido, humildemente, feliz. Y lo he sido porque la televisión de mi casa estaba lejos, porque los acordes magistrales del Moondance sonaban mientras cambiaba de provincia, porque a veces España se materializaba en españoles. No precisamente el agitador que micrófono en mano adiestraba a las multitudes en alguna calle, sino otros. Esos otros son fugaces, inadvertidos, ni más guapos ni más feos de lo que pueda serlo yo. Comparten las miserias de los próceres a los que apoyan, exhiben la violencia sin tapujos cuando hablan, su falta de respeto hacia el otro, su reticencia a comprender. Y sin embargo esas mismas personas son capaces de ofrecer una palabra amable, una sonrisa, un tiempo a fondo perdido. Recuerdo al señor que me sirvió un espléndido cocido maragato, de media sonrisa y amabilidad infinita, a cierta fumadora de aspecto andrógino que en la cafetería del hotel le preguntó una noche por lo bajini a la camarera que quién era ése refiriéndose a mi, a un matrimonio de asturianos que cada vez que me veían me preguntaban qué tal estaba saliendo eso del congreso, y si me estaban tratando bien. Recuerdo a la chica que dejó volar el billete de la cuenta en un precioso cafetín de Oviedo, y que supo aguantar estoicamente mi sentido del humor quizá no muy oportuno... la lista sería intermible. Y sería injusto no acordarme de Mirtha, que aparte del banco de una iglesia románica en el que sentarme para pasar un buen rato charlando con ella, fue la única en ofrecerme, además, un nombre para recordar.
Ahora estoy de nuevo en casa. España se estremece ante los últimos escándalos, la antepenúltima bronca en el congreso, la ruptura del tripartito catalán, y no sé cuántas cosas más que se llevará el viento. Parece que no fueramos capaces de ser amables estos españoles, de no escuchar más que lo que nos interesa oir. Algunos me abroncarían si supiesen que España cabe en una canción de Van Morrison, que es hermosa a través de ella, que luce espléndida cuando se viaja solo y uno se olvida de enarbolar banderas.
En Oviedo me paré un momento ante la estatua de bronce que la ciudad ha dedicado a Woody Allen, del cual recogen unas palabras como recordatorio en las que éste dice, entre otras cosas, que Oviedo es una ciudad tranquila. Le han destinado una de sus calles más espléndidas. La calle se llama Milicias Nacionales y al abuelo Woody algún desaprensivo le ha arrancado la mitad de sus gafas de bronce en la tranquila -que sin duda lo es- Oviedo. Pensé entonces que se parecen sospechosamente a los españoles estos asturianos. Yo, por si acaso, ya estoy pensando que a no mucho tardar haré de nuevo la maleta. No vaya a ser que me aburra tanto que me acabe dando por andar por ahí rompiendo gafas. And it stoned me into my soul...

martes, mayo 02, 2006

Sobre las maletas

Hoy he comprado mi primera maleta. No es que antes no tuviera ninguna. En mis últimos viajes me las he visto putas para mover una vieja maleta que mi tía abuela tuvo a bien regalarnos. Era incómoda y acababa con ampollas en las manos. La que he comprado hoy es la primera que yo pago con mi propio dinero, y por tanto no tiene el valor sentimental de la otra, pero sí un valor simbólico mucho más alto e inexplicable. Hoy he comprado mi primera maleta y esto es casi un hecho contraproducente. En Granada es día de la Cruz, y a esta hora mucha gente se entrega al jolgorio en las calles. Durante todo el día he visto gente arrastrando maletas por la ciudad, de manera que lo lógico hoy parece traerse la maleta para Granada, pero no comprarse una maleta en Granada. Tengo que aclarar que me la he comprado para emprender un pequeño viaje a una ciudad del norte, donde en estos momentos casi lo único que espero es huir de la fiesta, de la tradición, de la idea para mí cada vez más molesta de pertenecer a un sitio.
El fulano que se inventó a este Montaigne se siente perdido y en un arrebato de orgullo se ha comprado una maleta. Sueña con una rutinaria estación de autobuses y una carretera, con cientos de kilómetros para no ser de ningún sitio. Planea tontamente elegir un buen libro para soportar las muchas horas de autobús, imagina paisajes capaces de distraer las heridas. Ya medita las cosas indispensables para llenar la maleta. Se entristece de pensar que basta con apenas algo de ropa, algún dinero y lo básico para oler más o menos bien.
Hay quienes hablan de encontrarse consigo mismos. Hay también, por el contrario, quienes compran una maleta para tener una excusa, un pretexto para desatarse de vez en cuando de todo lo que cotidianamente les rodea. Tengo una maleta porque hay una carretera que está dispuesta a separarme de los pasos que he dado hoy mismo, de las calles donde a veces tengo la costumbre de ser feliz. Hoy me he comprado una maleta como me podría haber comprado un látigo. Montaigne tiene alguna esperanza de ver la lluvia en las paredes de piedra de una ciudad que no es la suya, de tumbarse en la cama de un hotel con la sola compañía de un libro y dejar que fuera el mundo siga siendo ancho y ajeno. Montaigne quiere descansar unos días del fulano que lo inventó. Sólo unos días. Lo malo es que me he comprado una maleta precisamente porque presiento que voy a querer utilizarla muchas veces.