
Un amigo mío, con su habitual inteligencia, me ha mantenido esta tarde alejado de las fotocopias y el sinfín de notas, así como de otros menesteres laborales no menos dañinos, que habitualmente me rodean, y lo ha conseguido gracias a que es un conversador insuperable. Añadamos que el tema que hoy nos traíamos entre manos es uno de mis favoritos, tanto que, una vez mi amigo se ha ido, en lugar de retomar la obligación he optado por darle trabajo una vez más a Montaigne con la esperanza de que a algún otro amigo -que ya ni siquiera me creo con derecho a llamarlos lectores- le dé por visitar este sitio que, de tan descuidado como ha estado, casi ha visto cómo se le llenaban de telarañas las paredes. Y el caso es que de pronto estoy de humor, lo suficiente como para abandonar la obligación por el placer.
Una vez leí en el periódico una curiosa noticia que seguramente alguien recordará: un millonario alemán, caballero de considerable edad (y digo "considerable" como contrario de "despreciable", o mejor aún "desdeñable"), se declaraba aburrido por no tener otra preocupación en la vida que la de decidir qué coche iba a conducir cada día y a qué mujer se iba a llevar al catre cada noche. Decía este individuo estar dispuesto a dejar en herencia su copiosa fortuna a aquella amante, a aquella elegida entre las elegidas, que fuera capaz de matarlo de placer mediante un polvo, perdón por la redundancia. El tipo aparecía en la fotografía con un aspecto estudiadamente juvenil, rubio y bronceado (bueno no, en realidad era rojo gamba como los alemanes de Almuñecar en agosto, pero da igual, aunque sospecho que éstos últimos deben pasárselo muy bien, y no sólo por el sol), sonriente y satisfecho de haberse conocido. En la noticia, eso fue lo que me llamó la atención, era descrito como un excéntrico hedonista, dispuesto a llevar el placer hasta sus últimas consecuencias.
Entre las preocupaciones mucho más barriobajeras de esta ciudad que habito figura, entre otras, la de levantarse todas las mañanas. Aquí, que procuramos disimular la excentricidad, solemos saltar de la cama y, una vez desayunados y vestidos, y muy a pesar de la cara de madrugón que se nos queda, salir a la calle. No solemos hacerlo saltando por el balcón porque nos mataríamos. Yo al menos vivo en un tercero, así que no me queda otra que utilizar el mucho más tradicional método de bajar las escaleras o el mucho más cómodo de llamar al ascensor. Una vez en la calle prestamos atención a los semáforos, porque de lo contrario se nos puede quedar una bonita silueta pintada en tiza en el suelo por la policía, o cogemos el coche y nos paramos cuando la lucecita está en rojo para no estamparnos. Los más afortunados hacemos garabatos en el trabajo disimuladamente para no aburrirnos, al tiempo que nos da un cierto gustirrinín procurar que no nos pillen, y comemos a mediodía para no morirnos de hambre. Por la tarde el ritual es parecido, semáforos y calles. Y por la noche, sin entrar en asuntos íntimos, casi siempre acabamos intentando dormir para que el cansancio no acabe con nosotros. Más o menos se resume en que nuestros actos cotidianos, aunque no seamos conscientes la mayoría de las veces, son una cadena continua de pequeños gestos de supervivencia. Como no quiero ponerme demasiado aburrido balanceándome en la abstracción, simplemente diré que cada vez que me paro en un semáforo estoy de alguna manera afirmando la necesidad de vivir para cruzar al otro lado, como poco. De ahí que mi idea de la supervivencia sea, creo yo, razonablemente positiva, y de ahí también que no la saque a colación cada vez que me topo con un semáforo (por aquello de no ponerme aburrido, como antes avisé).
Si me pusiera aburrido o transcendente podría esgrimir que el placer es un ramalazo de luz que nos sitúa ante la conciencia inevitable de la muerte como el dolor podría convertirse en un golpe de conciencia sobre la urgencia mucho más necesaria de la supervivencia. Uno vislumbra fácilmente la gracia de las cosas, y se aferra a su disfrute, cuando por un momento intuye que al final hay un reverso mucho más tenebroso. Lejos de ser algo despreciable, el placer se convierte así en algo necesario para soportar la dureza del dolor, del mismo modo que el dolor lleva de alguna manera implícita la posibilidad expectante del placer recobrado. Uno y otro me parecen necesarios por un sencillo motivo: se necesitan mutuamente para convertirse en algo razonable. Nadie que conozca podría, perdón por el sadismo, en este barrio de bajas y laborales pasiones, vivir con un cuchillo atravesándole las vísceras todos los días de su vida, pues sería sencillamente insoportable. Ahora bien, apuesto a que nadie podría tampoco soportar, nuevamente perdón por el sadismo, un orgasmo que durase cincuenta años. A menos que la de la guadaña lo impidiese, una y otra hipotética situación resultarían un castigo sólo concebible por los más airados dioses imaginables (en realidad creo que algunos hombres ya la imaginaron, ¿no?, pero igual disimulaban su crueldad adjudicándosela a los dioses, como estoy haciendo yo).
Abandonando la metafísica ficción y volviendo a nuestro germano millonetti, creo que aquel hombre -que no sé si andará todavía por el reino de los vivos o sí una desconsolada amante lo llora en estos momentos agradecida- podría ser perfectamente un excéntrico, pero jamás un hedonista. Y digo jamás porque tratar de llevar el placer hasta lo que hay más allá del placer tal vez sea, justamente, una forma de negarlo. El placer nos genera fugazmente la conciencia de la muerte para plantarnos los pies en el suelo, pero no nos ofrece la muerte como fin, o de lo contrario dejaría de ser placer. El placer nos vuelve amables, pero no nos deja cara de fiambres. El placer se soporta porque es breve, o de lo contrario se convertiría en dolor, pero su brevedad no lo hace despreciable, sino todo lo contrario. Si nuestro millonario amigo aún anda por este planeta tal vez ya se haya dado cuenta de que la brevedad del placer no anula su intensidad, sino todo lo contrario, la vuelve soportable, digerible, al hacerla momentánea. Más bien sería su continuidad la que no podríamos sostener sin quedarnos tiesos (mira que estoy grosero hoy, ¿no?). Dicho esto, no creo que lo bueno sea dos veces bueno por ser breve, como tampoco lo sería por ser interminable u obsesivo. Lo bueno, si frecuente, fetén.