Sobre 300, de Zack Snyder (o cómo quedarse pasmado)
Prácticamente me habían abandonado las ganas de volver a escribir en este blog cuando de pronto me da por pensar en cosas sencillitas, como la amistad. La amistad, sí, esa cosa que suelo cultivar cada vez que puedo, por ejemplo, en los bares. Y es sabido, ay, que en ese juego de azares de los afectos cuesta lo suyo mantener un día sí y otro también las simpatías de aquellos a los que uno quiere, y muy poco prender la mecha. Para eso último casi que ya tengo este blog. Pues bien: mecha al canto. Pese al entusiasmo más o menos general que detecto a mi alrededor, el jarro de agua fría que me supuso ver 300 tardaré mucho en olvidarlo. Tanto que hasta me he decidido a escribir para ver si me libero de cierto regusto -más que amargo, amarguísimo- que me dejó la peliculita de marras de una puñetera vez. Es una paradoja de psiquiatra la mía, puesto que de todo lo que he visto últimamente, pienso que es la adaptación del cómic de Frank Miller lo que más méritos ha acumulado en mi revuelto cerebro para ser olvidado. Pero para eso también se puede escribir, ¿no?.Lo primero, mi experiencia al ver la película está afortunadamente muy mediatizada: me encontraba yo en Madrid, pasando la semana con mis trabajillos, una última tarde de lunes tras haber terminado lo que tenía que hacer, pensando excusas para volver pronto a la capital, donde si uno quiere no se aburre, y en esto que salgo por la boca de Metro de Tirso de Molina sin ningún plan cuando paso junto a la puerta de los Cines Ideal, cuya cartelera ya había explotado todo lo que había podido y más en días previos, y veo que la única copia en versión original de todo el país la exhiben precisamente allí. Perfecto, ¿por qué no? Cuando vi los trailers ya me habían dejado un tufillo que no me gustaba demasiado, pero hay que viajar antes de opinar, dicen, y al fin y al cabo soy feliz yendo al cine a cientos de kilómetros de mi casa, y solo, que así de snob, superpedante y lleno de poses, acaba por ser uno. Total, compro la entrada, pero aún quedaban dos horas.
En esto que vuelvo al Hostal a tumbarme en la cama y caigo en la cuenta de que el martes es justamente el día que cierra el Museo Reina Sofía. Mal asunto, porque el martes por la tarde volvía a Granada y tenía bastante interés por volver a ver el Guernica. Echando hostias cojo el Metro, pago mis 6 eurazos a toda velocidad, puesto que no me parece tener tiempo suficiente para tratar de colarle a la empleada de la taquilla que soy estudiante o menor de edad, cada vez me parezco más a lo que soy, me temo, y encima la parada de Atocha junto al Museo en obras, para tardar más y darle un brillo repentino, como de amor verdadero o de aventura contrarreloj, a mi rapidísima incursión. Veo el cuadro apenas tres minutos, suficiente para confirmar que es tan espléndido como lo recordaba, pero muy corto, cortísimo, para poder quedarse allí pensando en algo más o menos coherente. Vuelvo sudando a mares a través de ese adelantado e indiscretísimo verano madrileño hasta el cine. Total, ya llego cinco minutos tarde, pero ha sido una proeza llegar, así que me premio con unas palomitas, por aquello del cine espectáculo. Mi deslucido y sudado cuerpo se ve de pronto ante un festín de músculos que en mi fuero interno me hacen sentir levemente humillado (levemente siempre es un eufemismo, claro), pues además de no ser precisamente un Adonis, uno había llegado al cine hecho un auténtico despojo.
Menos mal que compré un botellín de agua, vuelvo a convertirme en un ser debidamente hidratado, con mi típica composición de casi el 80 % de agua, o lo suficientemente hidratado al menos como para recuperaz la lucidez mínima que no tuve ante el Guernica. Había oído hablar del tono fascistoide de la película. Pues bien, no comparto esas críticas en absoluto. Igual es que estoy fatal, que todo puede ser, pero también hay suavidad en lo de "fascistoide"´. A 300 le cabe el mérito de haberme mostrado en mi vida, al menos, la diferencia visual entre lo fascistoide y lo directamente fascista. Una película excesiva, dicen, así que yo tampoco, ¡ay Espartanos nacidos para la gloria!, estoy por suavizarme demasiado.
Del antifascismo al fascismo en menos de media hora (concretamente en lo que va de Atocha a Tirso de Molina), demasiado para mi maltrecho y acomplejado cuerpo. 300 me ha deprimido con el paso de los días, porque veo hasta qué punto la espectacularidad anula nuestra percepción de ciertos fenómenos. Y en esta enfermiza deriva de llevar la contraria en la que me he metido, ¡ay otra vez Espartanos cenando in Hell!, oigo que si es que es que está basada en un cómic, que si sólo por su poderío estético ya merece la pena, que si la historia dice esto o lo otro... Calma, corazón. Calma y ve por partes, anda.
Del antifascismo al fascismo en menos de media hora (concretamente en lo que va de Atocha a Tirso de Molina), demasiado para mi maltrecho y acomplejado cuerpo. 300 me ha deprimido con el paso de los días, porque veo hasta qué punto la espectacularidad anula nuestra percepción de ciertos fenómenos. Y en esta enfermiza deriva de llevar la contraria en la que me he metido, ¡ay otra vez Espartanos cenando in Hell!, oigo que si es que es que está basada en un cómic, que si sólo por su poderío estético ya merece la pena, que si la historia dice esto o lo otro... Calma, corazón. Calma y ve por partes, anda.
Vivimos en un mundo que produce imágines de manera tan vertiginosa que, como no hace mucho le oí decir a José Saramago, nuestra experiencia es ya más una experiencia de las imágenes de las cosas que una experiencia de las cosas mismas. De modo que esta exaltación de la imagen la ha llevado a una suerte de endiosamiento tal que parece que cualquiera de ellas que surja con cierta vocación estética, como es el caso de las imágenes de cine, por sí misma nos pone ante la contemplación abstracta, ingrávidamente suspendida fuera de toda conexión externa, de una suerte de belleza intemporal, desprovista de toda ideología. No sé si una imagen vale más que mil palabras, pero al menos contiene tanto como una palabra. De manera que el argumento que pasa por la "cautivadora" estética de la película, con ese tono sepia y demás, parece que ya de por sí la salva de sí misma, y de toda conexión con cualquier tipo de ideología. Es más, pese a ser 300 una de las películas que con más rotundidad, y creo que también convicción, juega con determinados conceptos (el honor, la guerra, la virilidad, el sacrificio, etc.), navegando un poco por internet he detectado una cierta tendencia a considerarla una película estéticamente llamativa pero vacía de contenido o todo lo más frívola e intranscente.
El hecho es que parecemos olvidar con demasiada frecuencia que las ideologías totalitarias nunca le han hecho ascos al poderío estético de las imágenes, sino todo lo contrario: lo han cultivado hasta extremos delirantes. Y en el caso concreto de 300 creo que estamos ante un caso de película más que comprometida con una ideología, la del ultraconservadurismo yankee y su consabido belicismo, y el potencial estético de la película también juega sus bazas en ese sentido. De ahí la continua exaltación del físico perfecto, del atleta como perfecta máquina de guerra, la invasión de la sangre, los tonos rojizos, la sospechosa forma de los malvados persas, así como la deformidad de algunos malos malosos, entre mil detalles de ese corte. Baste observar esos títulos de crédito finales, con música estridente, y motivos militares trazados con rasgos sencillos, muy lineales, pero agresivos, donde predomina la superposición de los colores rojo y negro. No sé lo que les habrá recordado a los demás, pero a mí todo eso no me parece precisamente inspirado en la tripleta dórico, jónico y corintio, sino en algo mucho más reciente, y cuya sola mención me da pavor.
Por otra parte, debo decir que yo no he leído el cómic de Frank Miller, pero movido por la curiosidad tuve la oportunidad de echarle un vistazo en la FNAC de la calle Preciados y me pareció que bastaba con hojear un poco para darse cuenta de que ideológicamente no es nada ambiguo, como tampoco lo es la estética por la que opta. Y conste que yo no digo que el tipo no sea un genio, puesto que gentes mucho más puestas que yo en el tema así lo consideran, pero eso no quita que lo que me muestra me dé bastante grima. Observé que el guión de la película alternaba entre unos descaradamente divertidos guiños al público gay (antológico aquello de "no es la fuerza de mi látigo lo que teme mi pueblo", que si no recuerdo mal así lo subtitulaban) y una serie de motivos que se repetían a la manera de una ópera. Entre estos últimos la continua definición de los personajes como espartanos o persas, con una especie de esencialismo inherente a una u otra condición, y otro no tan comentado, pero que me llamó mucho más la atención: el personaje cuya voz en off cuenta la historia repite cada cierto tiempo un obsesivo leit motiv ("marchamos, marchamos"... we march, we march...); pues bien, no pude evitar acordarme de que una vez oí por la radio un reportaje sobre la música neonazi y había una canción cuyo estribillo repetía prácticamente lo mismo, con voz agresiva acompañada de una música que no distaba tanto de la que se oye en los créditos finales. Se da el caso de que cada vez creo menos en la casualidad de las afinidades electivas.
En cuanto al argumento que pasa por defender que lo que nos cuenta la película es un episodio histórico, basta recordar que tanto el creador del cómic como el director han declarado abiertamente que su propósito no era recrear con fidelidad el episodio de las Termópilas, pero eso no me importa demasiado, de no habernóslo advertido ellos mismos, la propia desmesura de lo que se plantea ya se hubiera encargado de hacerlo. Sí me importa mucho más aquello que nunca se dice y que casi siempre suele estar detrás de casi cualquier argumento que se basa en el verismo histórico. Pongamos por caso la costumbre espartana con la que arranca la película, consistente en deshacerse de los débiles desde el nacimiento y dejar sobrevivir sólo a los más fuertes. Nadie puede negar que se trata de una costumbre confirmada por la historia, al fin y al cabo. Ahora bien, lo que me ha movido a escribir esta entrada son dos preguntas cuya respuesta no me atrevo a aventurar por miedo a lo que intuyo que hay detrás: ¿por qué precisamente, entre milenios y milenios de historia, fijarnos de pronto en eso? Y lo que me deja con la sensación de estar interrogando a aquellos que me hayan seguido hasta aquí desde el borde de un abismo, la más insidiosa y preocupante de las preguntas... ¿por qué precisamente ahora?

